Sufrimiento rojo

Unos 7.000.000 de coreanos salieron a las calles; la derrota les rompió la ilusion de copar las calles japonesas
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25 de junio de 2002  • 11:34

SEUL (De nuestros enviados especiales).– ¿Cómo explicarles a estos coreanos que de a poco se habían ilusionado con la hazaña que, después de todo, lo que hicieron igual resultó maravilloso? No, no hay caso. La marea roja no tiene consuelo. Aplaude y les agradece a sus jugadores, pero no puede esconder tanto dolor.

Los miles que colmaron el estadio aquí, en Seúl, y los aproximadamente 7.000.000 que inundaron las calles de todo el país para ver el partido en pantallas gigantes, sufren ahora con la derrota.

Corea perdió y se quedó fuera de la final. No habrá invasión a tierras japonesas, entonces. El sueño de copar las calles de Yokohama quedará para otros tiempos.

La caída llegó justo cuando los anfitriones habían dejado de vivir el fútbol sólo como una fiesta y lo habían convertido en un espectáculo en el que su protagonismo formaba parte del juego. Dicho de otra manera: hasta aquí, nunca habían silbado a los rivales, pero hoy se dedicaron a abuchear a los alemanes. La diferencia es que ahora el resultado no era secundario, sino fundamental.

Corea empezó a creer que se podía lograr la hazaña cuando eliminó a Italia. Creció la locura cuando dejó afuera a España. Y ahora se ilusionaba con matar a otro grande de Europa: Alemania.

Pero no pudo. El fútbol lógico esta vez no se quebró.

El fanatismo coreano, sin embargo, no llegó al extremo de criticar al entrenador, Guus Hiddink, por no haber incluido al ídolo local, Ahn. En realidad, quizá resultó así porque Hiddink pasó a ser el gran personaje de la Copa para los locales.

“Hiddink for president (Hiddink presidente)”, decía un bandera, por ejemplo. El holandés, de todas maneras, aclaró que no se presentará en las elecciones del próximo 19 de diciembre.

No importa. “Gracias, Reino de Holanda, por Hiddink”, agradecía otra pancarta. En la pantalla gigante un audiómetro medía los decibeles de los gritos, que eran ya casi insoportables. Desde las tribunas bajaba un mosaico: “Los sueños se hacen realidad”.

No esta vez, al menos, porque Corea se quedó afuera. La marea roja no encuentra consuelo.

La reventa de siempre

SEUL (De nuestros enviados especiales).– El simple hecho de no ser iguales a los miles de personas que caminan rumbo al estadio con sus camisetas rojas convierte al extranjero en un tentador cliente y, pese a que uno no tiene ninguna intención de comprarle alguna entrada a los revendedores, el encuentro se produce de manera inevitable.

“You need tickets? (¿Ud. necesita entradas?)”, pregunta el malayo, que, con disimulo, muestra los boletos que guarda en una guía turística. A su alrededor, cinco coreanos intentan una rebaja en el precio, pero no hay caso y el revendedor los deja de lado e insiste con los extranjeros. Con alguna dificultad ensaya el español y anuncia los precios para tentar al posible comprador: “Los tickets de tercera categoría cuestan US$ 400 y los de segunda, US$ 600.”

La operación no se cierra (la FIFA los vendía a 175 y 300 dólares, respectivamente), aunque a su lado unos coreanos parecerían tener más suerte y guardan el millón de wones (unos 800 dólares) que les entregó una pareja por dos entradas.

Los revendedores se ven por todos lados y los boletos de primera categoría tienen un valor de US$ 1000 (US$ 500 en el mercado oficial), el mismo precio que se pidió para el partido inaugural entre Francia y Senegal, en este mismo estadio.

“La reventa, si el valor de la entrada no es muy elevado y si no responde a una organización, no es considerado un delito grave y no hay prisión para el que la practica. La persona que tiene una entrada puede hacer lo que quiera con ella”, dijo el inspector Seon Sik Heo, sorprendido por la consulta del cronista.

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