Cada día te quiero más

La jornada concluyó con una celebración intensa en el vestuario; 150 seguidores argentinos se destacaron entre 12.000 hinchas serbios que se lamentaron por la caída del número 1
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19 de septiembre de 2011  

BELGRADO (De un enviado especial).–Como se esperaba, la última jornada iba a tener todo el color que acaso les faltó a los dos primeros días de acción. Es que, en cierto modo, el público serbio estaba ansioso por ver a Novak Djokovic. Nole tuvo una entrada con una parafernalia digna de un combate en Las Vegas, con 12.000 seguidores que gritaban su apellido inmediatamente después de que el locutor y arengador oficial pronunciaba "Novaaak…", y dejaba el vacío para que lo llenara la multitud. Pero la solvencia de Del Potro cerró unas cuantas gargantas, y lo que era una fiesta en rojo, azul y blanco, los colores de la bandera de Serbia, mutó en creciente preocupación, en la medida en que los palazos del tandilense mellaban la resistencia de Nole.

Al mismo tiempo, surgía la hinchada argentina, con unos 150 compatriotas que llegaron desde diversas ciudades de nuestro país, reunidos en la platea lateral a la izquierda del umpire y detrás del banco argentino. Los simpatizantes enfundados en celeste y blanco colgaron una docena de banderas, incluida una que rezaba "Nole tenemos miedo". Hasta que el grito de Djokovic paralizó el Belgrado Arena, generó sorpresa y dolor, incluso de su propio rival, y desató un tibio festejo argentino en la cancha. "Estar saltando y festejando cuando un tipo está destruido es difícil; festejamos, pero no con la algarabía que podíamos haber tenido", admitió Tito Vázquez. El capitán, como lo hizo frente a Rumania, cumplió con su celebración de la pose de yoga, cabeza abajo, pero esta vez lo logró sin ayuda, mientras que el masajista Walter Alfonso debió cumplir una prenda y debió hacer una serie de flexiones en medio de la cancha.

Las postales del triunfo se creaban una tras otra. Delpo, después de recibir las felicitaciones de Nalbandian, que estaba siguiendo el partido en el vestuario, aprovechó para regalarle su camiseta –lo mismo había hecho en la semifinal de 2008– a Enrique Morea, ex presidente de la Asociación Argentina de Tenis (AAT) y siempre presente en los compromisos coperos.

Más intensa fue la celebración en el vestuario, al grito de "a ver si ponen hue…/ que no juegan con nadie", con la ironía de saber que se le había ganado nada menos que al número 1 del mundo. Definitivamente, la fiesta en el Belgrado Arena había cambiado de colores… En aquel camarín estaban todos, revoleando camisetas y banderas argentinas: Delpo, David, Pico, el Flaco Chela, el asistente Caio Rivera... El íntimo festejo fue una suerte de desahogo, luego de tantos desencuentros, duelos verbales, algunas deserciones y el repetido dolor de asistir a tantas ocasiones perdidas para atrapar la Ensaladera.

Seguramente ese eufórico momento grupal entre cuatro paredes haya sido el combustible para lograr el último gran salto. Y los cánticos, por qué no, resumieron una hazaña inolvidable.

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