La experiencia de ir a ver a Federer y sentir miedo

Fuente: LA NACION - Crédito: Fabián Marelli
Un relato en primera persona de un espectador que fue anoche a Tigre a la tribuna que se hundió.
Jorge Pandini
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13 de diciembre de 2012  • 19:11

Como tantos miles de personas fui a vivir una fiesta y una experiencia única: ver al gran Roger en vivo. Y la presunción de que tal vez nunca más vuelva a tener una oportunidad así lo hacía más especial todavía. En mi caso había algo más: llevar a mi hijo Gianfranco que, con apenas 14 años, hizo del tenis la gran pasión de su vida.

Con la experiencia de años y años de ir a la cancha, sabía que los accesos serían algo complicados y que siempre llegar al estadio requiere paciencia. Pero finalmente estábamos ahí y las imágenes gigantes de Roger y Delpo nos daban la bienvenida.

Desde lejos, el estadio es intimidante. Pero como en esas grandes escenografías de Hollywood, de cerca no todo es como parece. Una media sombra cubría la estructura tubular que sostenía las gradas. No soy ingeniero, y es muy probable que me equivoque. Pero no daba la suficiente sensación de solidez.

Tenía mis lugares en la platea media A, en la fila 18. Las plateas eran unos tablones con el número pintado y cada fila de tablones donde uno se sentaba era a la vez apoyapiés de los ocupantes de la fila de arriba. Ahí estábamos sentados en el estadio, junto a miles de personas, entusiasmados, felices, ilusionados.

Pero todo cambió en un segundo. De repente escuchamos un crujido metálico y nuestro asiento cayó unos centímetros con un golpe seco. Pensé en mi hijo y en mi mujer que me acompañaban. Nos miramos con la gente que estaba alrededor con esa estremecedora sensación de que la estructura podía ceder.

Nadie entró en pánico y en segundos cientos de personas comenzamos a bajar para salir del estadio. En ese momento hubo otro movimiento y crujido de la estructura. Otra vez el buen criterio de la gente evitó una tragedia. No hubo empujones ni pánico, pero tampoco nadie de la organización para poner orden en la evacuación.

Salimos con cuidado y sucedió lo que todos saben: la postergación del partido hasta que todo estuviese revisado. Algunos se fueron y no quisieron volver; para muchos de los que nos quedamos, conseguir un lugar fue complicado. Nadie de la organización se hacía cargo; nadie daba respuesta sobre dónde veríamos el partido. En nuestro caso la ayuda vino de un ángel corporizado en una espectadora llamada Melina que con una generosidad sin límites nos invitó a compartir su palco y finalmente pudimos ver el partido. Pero confieso que sentí miedo como pocas veces. Fue una experiencia que no me gustaría repetir, y mucho menos acompañado por mi familia.

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