Diego Schwartzman, el demonio que superó sus límites

Sebastián Torok
Sebastián Torok LA NACION
Diego Schwartzman
Diego Schwartzman Fuente: AP
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2 de septiembre de 2019  • 23:59

Diego Schwartzman, de chico, tenía "alma de destructor", siempre cuentan mamá Silvana y papá Ricardo. Un día, casi quedan paralizados del susto al ver cómo Diego le arrojaba una tijera en la cara a Andrés, su hermano mayor. Era un demonio. En el Náutico Hacoaj, cuando ya jugaba al tenis, les lanzaba raquetas, botellas y hasta sillas a sus compañeros. Claro, el propio Peque aún sonríe al rememorarlo, pero se defiende diciendo que a él también lo "volvían loco". Esa misma picardía e hiperactividad fueron moldeando su personalidad. Ese empuje y efervescencia, también, lo ayudaron en los momentos de billeteras flacas, austeridad y falta de apoyo. De una familia que estuvo bien económicamente antes de los '90 y luego se fundió (comercios de indumentaria y bijouterie), vivió las limitaciones en primera persona. Aprendió a valorar cada logro.

Profesional desde 2010. Campeón de un torneo Challenger en 2012, en el por entonces Vilas Club (hoy, Racket), con 20 años. Jugó su primer partido a nivel ATP en Viña del Mar (perdió con Horacio Zeballos), en febrero de 2013. Una semana después, aprovechó un wild card del ATP de Buenos Aires y obtuvo su primera victoria en el tour (ante Thomaz Bellucci). En 2014, debutó en Roland Garros y entró en el Top 100. Ya en 2015 empezó de otra manera, ingresando directo en los torneos de Oceanía; alcanzó su primera final en dobles (en San Pablo) y debutó en la Copa Davis. En 2016, siguió evolucionando, ganó su primer título (Estambul) y terminó el año como 52°. Allí, Schwartzman, protagonizó uno de los instantes de mayor madurez y lucidez de su carrera. Tenía dos opciones: seguir igual (le alcanzaba para mantenerse en el Top 60-70) o invertir e intentar dar el salto, con las dudas lógicas que ello implicaba. Y eso hizo. Buscó salir de la zona de confort.

En escena el PF Martiniano Orazi (el mismo que había manejado el cuerpo de Juan Martín del Potro siete años). Y Juan Ignacio Chela como coach, en quien el Peque halló una suerte de orden descontracturado. ¿El objetivo? Mejorar la resistencia y los desplazamientos. Focalizarse. Ganar intensidad. Crecer estratégicamente. Potenciar los sentidos. Todo eso fue llegando. Alcanzó el N° 11 en 2018, ganó más títulos y jugó finales, potenció su figura en la Copa Davis, pasó a jugar las segundas semanas de los Grand Slam, los mejores lo respetan y lo eligen para entrenarse. Ya nadie habla de su altura. ¿Para qué? Si es gigante.

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