Tres kamikazes apasionados doman montañas sobre una tabla y comparten sus historias

Crédito: Gza. J. Lausi
Nicolás y Fernando Natalucci e Iñaki Odriozola se suben a la adrenalina del snowboard, un deporte que desafía terrenos vírgenes y peligros escondidos; sus sensaciones y recuerdos más fuertes
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28 de julio de 2016  • 18:37

Faltan sólo cinco minutos para las 9 del mejor día de la temporada. El sol empieza a asomar detrás del Valle de Las Leñas y el equipo de snowboard que forman Iñaki Odriozola y los hermanos Nicolás y Fernando Natalucci está primero en la fila aguardando que los medios de elevación abran. Dicen que quieren ser los primeros en subir y rayar la montaña, apartados de la zona en la que la mayoría de los mortales que llegan a esa zona pasa sus días de vacaciones en el cerro. Ellos disfrutan el terreno de una forma distinta y juegan a la mancha con el peligro. Y hasta con la muerte.

El destino está fuera de las pistas. Los espera la cumbre del valle, a 3.700 metros, y una nieve virgen y de la mejor calidad. Las risas y cargadas atraviesan tres aerosillas y una caminata de 40 minutos hasta el Cerro Martín, un lugar peligroso y de difícil acceso, un desafío que asustaría al más corajudo. Allí, una ladera con piedras gigantes y una pendiente que llega hasta 50º, murió un chico hace algunos años y adquirió su nombre. Y mayor respeto. Acaso por ello es que pasan otros 40 minutos de análisis de riesgos y rutas de bajada junto al resto del team Quiksilver/DC hasta verlos largarse.

La adrenalina, emoción y hasta el miedo se palpan en el ambiente. Aunque sean profesionales. Fernando, de 33 años, es el más experimentado y el primero en lanzarse. Su línea es perfecta, desgarrando el polvo con fluidez. El hielo y la nieve se rompen con su paso. Luego asoma su hermano Nico, de 28, el más osado, pasando por dos piedras de unos 15 metros de alto que se parecen a dos dedos. Entre ambas no hay más de 5 metros y él las atraviesa como un rayo a unos 50 km. Todos contienen la respiración por un segundo y suspiran cuando pasa. Y, lejos de asustarse, va por más: en un labio que forma la nieve salta buscando un giro de 540º que no puede completar, pero igual se lleva la ovación del grupo. El cierre es para Odriozola, de 20, considerado la nueva gema del snowboard nacional, y arranca por el lugar más difícil y flota en la nieve con una combinación de estilo y velocidad. Su bajada tocó una máxima de 90 km/h y termina a los gritos. Los tres se abrazan y nacen las historias.

Hace cinco años, el menor de los Natalucci casi queda paralítico por un accidente en Austria. Un golpe con una piedra le provocó fracturas de fémur y la cuarta vértebra lumbar. Fue sacado en helicóptero y, luego de 12 horas en cirugía, todos volvieron a respirar. "Fue el peor momento de mi vida, incluida la muerte de mi viejo", dice Fer, el hermano mayor. No tardó un año en volver a la montaña. "Es especial, tiene demasiados huevos. Otro no seguía andando…", asegura Iñaki. "Mi vieja me repetía a cada rato que estaba loco. La verdad es que después tuve un poco de miedo, pero la pasión por este deporte es más fuerte. Yo siento paz arriba de la tabla; es algo terapéutico", confiesa Nikito.

Odriozola, 2º en el ranking nacional y con ambiciones tras las becas que recibe del Enard y de la Secretaría de Deportes, ya tuvo su primera lesión importante, en Suiza. "Salté desde una rampa muy grande y me pasé de largo. Si bien aterricé parado, me quebré el húmero", recuerda, mientras exhibe una imponente cicatriz en el brazo izquierdo. Hay algo que no dice: debía saltar 30 metros y voló 50. Terminó, como Nico, en la sala de operaciones. Le dijeron que la recuperación le demandaría seis meses pero sólo han pasado tres desde entonces.

"Hablamos de un deporte extremo. El peligro está. Y el miedo también. Y es lo que te engancha. También te acostumbrás a trabajar con el miedo. Te mantiene alerta. Y eso es bueno porque la montaña no te perdona, te obliga a estar en el presente, a concentrarte a full en esos metros que siguen... Pensá que bajamos a 80 ó 90 kilómetros por hora, muchas veces por fuera de pista y a la vuelta de la esquina te puede estar esperando el accidente", dice Fernando, que a los 6 años se mudó junto a su familia de Quilmes a San Martín de los Andes. "Si no estás enfocado, podés matarte. Literalmente. Por eso nosotros buscamos minimizar los riesgos", agrega Nico. Los tres, kamikazes de las nieves, tienen el don de la lectura de la montaña. "Se adquiere con los años. Vemos cosas que el resto no, como las condiciones de la nieve, dependiendo de si hubo humedad, viento o lluvia. Es muy importante porque la nieve esconde peligros como el de las avalanchas", explica Fer.

"¿Qué hacemos si hay 40% de posibilidades de avalancha? Vamos igual", afirma Nico, y se ríe. Si es mayor, depende de las ganas que tenemos de andar por ese lugar, de cómo estamos ese día", agrega Nikito. Y el ambiente cambia por completo cuando recuerda accidentes que no terminaron bien. "Fuimos a un fuera de pista que estaba cerrado en Bariloche y todo terminó con un amigo (Nacho Luque) enterrado bajo seis metros. No pudimos sacarlo y murió. Fue durísimo pero, a la vez, un antes y un después para nosotros y para los centros de nieve en el país".

La tragedia fue hace 10 años y logró que se tomara una mayor conciencia. Ahora todos deben llevar herramientas para salir de la avalancha o sacar gente que quede enterrada: una pala, un dispositivo llamado A.R.V.A. que emite un sonido que ubica el lugar donde quedó la persona y, por último, una sonda para el rastreo más fino. "Tenés entre 7 y 10 minutos. Después de eso se producen daños cerebrales y a los 20 hay pocas chances de rescatarlo con vida", explica Iñaki, cuyos tíos son guías de alta montaña y uno de ellos ascensió 13 veces al Everest.

Los hermanos Natalucci tienen vasta experiencia en Europa. Odriozola es el presente. "Quiero entrar a la Copa del Mundo, en la que el país sólo tiene un cupo. Y en 2018 estar en las Olimpíadas de Corea del Sur", dice Iñaki. Mientras, disfrutan juntos de flotar sobre nieve perfecta, volar y enfrentar los peligros que convierten al snowboard en un arte. Ellos hacen pensar que es posible domar la montaña.

Crédito: Gza. J. Lausi

cd/ae

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