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Las Pollas son clásicos especiales. Son carreras en las que todo profesional y propietario quiere estar. Correrla es un sueño, ganarla significa meterse en la historia grande del turf argentino. Para pocos está la oportunidad de vivirlas dentro y fuera de las pistas, como sucede con Pablo Sahagian, con antecedentes de festejos en tiempos en los que las tribunas de Palermodesbordaban de público y muy buenas expectativas para este sábado.
A casi tres décadas del triunfo en las riendas de Taba entre potrancas, tendrá un examen especial como preparador entre potrillos. De jinete precoz a entrenador que se ilusiona con levantar la copa desarrollando otro oficio. "Fui el primer aprendiz en ganar una Polla", se enorgullece Pablo, con la mirada puesta en el partidor simulado en una pantalla de Led durante el sorteo de gateras. Allí aparece Cerezo, su potrillo, con el 8.
Vaya si pasó tiempo. "Tenía 20 años cuando gané con Taba, en 1976, y 23 cuando repetí con Manzanera, en 1979. Ahora soy igual de responsable, pero antes me cagaba de hambre", asegura. Ya no debe cuidarse para dar el peso a los 59 años, pero reconoce que lo necesitaría hacer. "Tengo que bajar un poco, estoy gordo", acepta, con una sonrisa pícara.
"Por la experiencia que tengo de haber corrido, las Pollas son carreras difíciles. Lo positivo es que mi caballo está bien; con un poco de suerte los voy a tener en un arco", analiza Sahagian, que siente que "la presión como cuidador es otra". Y amplía sus sensaciones: "Cuando sos jockey, terminás de correr y tirás la montura; no te preocupa más que la carrera siguiente y hasta ni tomás conciencia de lo que significa ganar una Polla. Pero el entrenador está pendiente del caballo todos los días, a toda hora".
Al desnudo quedan sus hazañas, su entusiasmo, los sueños. Y la añoranza, claro. "Cuando gané con Taba, su entrenador, Gurí Ojeda, que era un fenómeno, me dijo que no corriera ninguna carrera antes ese día y no había firmado ningún compromiso. Pero me ofrecieron una monta en el hipódromo para la carrera anterior, acepté porque era muy indicado y casi me caigo: quedé colgado del cogote del caballo. Tenía razón Ojeda, pero menos mal que no me vio y se enteró después de que ya habíamos festejado", confiesa, pasando de la picardía de un novato a la pícara sonrisa de un experimentado entrenador.
cd/jt
