Un domingo cualquiera

Tokio ofrece innumerables alternativas para divertirse y olvidarse por un rato de la nostalgia que mañana causarán Brasil y Alemania al cerrar la 17a Copa del Mundo
Tokio ofrece innumerables alternativas para divertirse y olvidarse por un rato de la nostalgia que mañana causarán Brasil y Alemania al cerrar la 17a Copa del Mundo
Hugo Caligaris
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29 de junio de 2002  • 09:17

TOKIO.– ¿Se imaginan qué mañanita de domingo hubiera sido ésta si la Argentina hubiera llegado a la final? Seguro que la noche del sábado se hubiera alargado sin remedio, ya que dormir hubiera sido un trastorno inútil.

A las cinco, café con algo sólido para engañar el estómago. Truco, tal vez. Comentarios políticos apasionados, algún ronquido para matizarlos, y después el partido. Y si ganábamos, a comenzar con la fiesta. A la 9 de Julio en grupo, y no para tocar la cacerola. Pitos, bombos, matracas. ¡Atención con los descuidistas de siempre! Muchas horas saltando y gritando, corriendo sin objetivo cierto, caminando hasta caer rendidos en un rincón cualquiera de la ciudad. A decir verdad, mirándolo desde un punto de vista positivo, al no tener que incurrir en ninguno de estos excesos nos habremos cobrado en salud lo que perdimos en honor y gloria.

Así como se han dado las cosas, éste no será un domingo tan diferente. A lo sumo, en lugar de leer el diario en la cama habrá que hojearlo en la cocina, mientras se espía por la pantalla del televisor, plácidamente y entre sorbo y sorbo de café, cómo va el partido entre Brasil y Alemania. Después la pasta y la siesta feroz, sin teléfono y sin ruido, como diría Eladia Blázquez...

Aquí, en la capital de Japón, la jornada transcurrirá también normalmente, con toda certeza. Ahora bien: ¿cómo es la normalidad de un domingo japonés? Lo primero que llama la atención es la cantidad de gente que anda de saco negro y corbata oscura paseando por esta ciudad en su día de descanso. Ni hablar de esas mujeres de punta en blanco. Algunas avenidas se cierran al tránsito , y en las calzadas hay tantos oradores como vendedores de mascotas.

Los peatones corren peligro a causa de la manía por la bicicleta. Una reciente ordenanza, que entrará en vigor en octubre, veda el consumo de cigarrillos por ciertas calles céntricas, para evitar que alguien se queme sin necesidad con alguna colilla que quedó encendida. Mientras tanto, se alienta la posibilidad de que estos locos de las dos ruedas anden a velocidades inopinadas por entre medio de los distraídos peatones.

Cerca de Ginza, en Akihabara, el barrio de los electrodomésticos, no hay paz. Parece que los buenos consumidores consagran el domingo a satisfacer su sed y su hambre de comprar cualquier cosa, todo, acompañado por la persistente música de los parlantes de alta potencia.

Fuimos a una isla. La que está más de moda es Odaiba, y a ella se llega en tren, a través de la línea Yurikamome, con un cruce espectacular sobre el puente Rainbow. Aquí viene la gente que quiere respirar un poco de aire menos contaminado, estirar las piernas mirando el mar y, por qué no, divertirse en algunos de sus modernísimos shoppings y centros de entretenimiento. También hay playita.

Los jóvenes más sensibles a los dictados de la moda occidental se reúnen a unas decenas de kilómetros de la citada isla, en el barrio de Harajuku. Hay contraste entre lo tradicional y lo nuevo. En la plazoleta desde la cual se accede al palacio del emperador Meiji (un dechado de cultura y serenidad) se reúnen japoneses de última generación. El conjunto de lo que podría definirse como extravagante y provocativo (mucha ropa de cuero, disfraces mortuorios, tacones con plataformas desmesuradas, pelos teñidos de rojo Ferrari, etcétera) se da cita allí.

Los turistas van hacia ellos como moscas hacia la leche, y los chicos y chicas –a los que se tachará de ridículos pero jamás de agresivos– posan para las fotos con todo esmero.

No lejos de Harajuku, en Shibuya, las reinas son las grandes tiendas. Hay muchísimas, y cada una tiene varios pisos con artículos de rubros diversos. Como en su hora la vieja Gath Chaves en la Florida dorada, son un imán para las familias en pleno. Grande o pequeño, cada miembro del grupo familiar encuentra diversión a su medida, para redondear un día perfecto.

Al caer la noche, no hay como Shinjuku, pero antes conviene dejar a los niños en casa, para que no vean nada inconveniente. Hay demasiadas luces de artificio para sus ojos inocentes, y animación al por mayor, de la que contribuye a engrandecer el espíritu y de la que contribuye a empequeñecerlo. De los muchos centros que tiene la ciudad de Tokio, Shinjuku es el más brillante y el más travieso.

Indiferentes al éxito o fracaso futbolístico de Brasil y Alemania, a esos centros volarán cual mariposas los habitantes de esta urbe gigantesca también este domingo. Para ellos será uno más, como para nosotros. No una jornada histórica, como será calificada, sin dudarlo, en Berlín o en Río de Janeiro. Es que la aldea global existe, pero todavía no está del todo unificada, para beneficio de los campeonatos mundiales de la FIFA. En todos los países se baila al compás uniforme del rock, pero todavía existe la posibilidad elegir entre el ritmo de Kahn y el ritmo de Cafú y Ronaldinho, o la posibilidad de quedarse a un costado del pentagrama, como es el caso de Japón. Y el nuestro.

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