Un nuevo torneo, impregnado de lo bueno y lo malo de nuestro folklore futbolístico

Diego Latorre
Diego Latorre LA NACION
Fuente: LA NACION - Crédito: Diego Lima
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13 de abril de 2019  • 23:59

Nada mejor que un clásico de mucha tradición como San Lorenzo-Huracán para decorar el fin de semana de estreno de una nueva competición. La Copa de la Superliga hizo su debut en el fútbol argentino y, como suele ser norma, lo hace impregnada de características propias de nuestro folklore. Promete emociones e incertidumbre, pero llega para tapar una malformación original y desconociendo cuál va a ser su futuro.

Empecemos por lo positivo. El formato, por ejemplo, que se me ocurre atractivo, tal como ocurre con las liguillas que definen los dos torneos anuales en México y tuve la oportunidad de jugar. El ida y vuelta, además de respetar la localía, da una oportunidad añadida, una revancha respecto a lo que ocurre en la Copa Argentina, donde una mala noche o una circunstancia te deja afuera. En ese sentido, podría ser el término justo entre la rutina de un campeonato largo o la lotería en la que a veces se transforma un partido único.

Por otro lado, convivir con la sensación de que la eliminación está a la vuelta de cualquier esquina es parte de esa dosis de nervios y angustia que necesitamos como combustible cuando nos sentamos a ver un partido frente al televisor. Como espectáculo deportivo, la falta de grandes jugadores limita mucho la emoción o el asombro que podamos experimentar en nuestro fútbol. La realidad es que no ocurren demasiadas maravillas dentro de la cancha y ya casi ni las esperamos. Tocar la teclita de la adrenalina y llevarla al límite es el modo de sustituir esas carencias, y una competición de este tipo cumple perfectamente esa función.

El hecho de no chocar con ninguna otra competencia -apenas los últimos partidos del semestre de las copas continentales- también juega a favor del nuevo torneo. En la Argentina ganar se ha transformado en una imposición y la Copa de la Superliga es una oportunidad extra para alimentar esa inexplicable sed de títulos. Racing se llevó la Superliga sin discusión, pero al mismo tiempo dejó a la mayoría de los demás equipos rezagados. Entre ellos a los otros cuatro grandes, que siempre se ven obligados a pagar la factura de serlo levantando cualquier trofeo que se les cruce en el camino.

Es cierto que en la actualidad el hincha se identifica más con los torneos internacionales incluso hasta el punto de restarle importancia a los logros locales, pero como tanto en este caso como en la Copa Argentina se recuerda permanentemente que el incentivo de salir campeón es clasificar para la Copa Libertadores , levantar el trofeo encuentra un motivo más para calmar a las fieras y hacer más respirable el ambiente.

Por una u otra razón cabe entonces suponer que nadie le quitará trascendencia al certamen. Además, todos son conscientes de que en las competencias cortas las opciones de alcanzar el final del túnel aumentan y hasta por penales se puede llegar lejos.

Nace como un antídoto contra un error

Las cuestiones negativas caminan por la vereda de la organización. El torneo no nace como algo propio creado para enriquecer, acomodado al calendario anual, sino como un antídoto contra un error que comenzó con el campeonato de 30 equipos y se prolonga desde entonces. En principio parece condenado a morir pronto y de esa manera su valor pasa a ser relativo.

No es la primera vez que en la Argentina se juegan copas que aparecen y desaparecen. Recuerdo la Copa Centenario que ganó Gimnasia en 1993 o la misma Copa Argentina que tuvo dos ediciones en 1969 y 1970 y después demoró 40 años en volver. Nuestro fútbol no debería permitirse experimentos sin antes poner en orden todo lo que está mal hecho, pero como somos expertos en crearnos conflictos después no queda otra alternativa que improvisar para paliar los déficits.

Cabe preguntarse, además, qué van a hacer los equipos que caigan eliminados en las primeras rondas, porque la brecha que se les abrirá sin competencia hasta el arranque de la próxima Superliga será demasiado larga para mantener planteles inactivos. Se trata de una incógnita que ningún dirigente se preocupó en aclarar cómo piensan resolver, pero que se convertirá en realidad para muchos clubes dentro de una semana.

El fútbol queda en medio de las preguntas sin responder y las emociones por vivir, con el clásico de Boedo y Parque Patricios como primera gran cita. San Lorenzo parece llegar un poco mejor parado, como si a partir de los buenos resultados en la Libertadores empezara a asomar algo de lo que pretende Jorge Almirón en el juego del equipo. Para el Turco Mohamed, en cambio, el doble duelo contra el rival de siempre tiene aspecto de última carta. La dinámica del Globo es negativa, tal como se vio esta semana ante Cruzeiro y más allá del penal que le negaron, pero puede ser una rueda de auxilio y servirá para comprobar cuán comprometidos con el técnico están sus jugadores.

En otras latitudes, la Copa de la Liga no suele incidir en el futuro de los entrenadores. Acá, en el caso de Mohamed, podría ser decisiva. También en esto el nuevo torneo comienza impregnado de todo lo bueno y lo malo que encierra el folklore de nuestro fútbol.

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