Un River demoledor tuvo el sello de los cuatro fantásticos

Goleó a Central por 4 a 1; la vuelta de Ortega potenció la sociedad ofensiva que formaban Aimar, Angel y Saviola.
Claudio Mauri
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28 de agosto de 2000  

Para los que creen que en el nacimiento de algo están las señales que ayudarán reconocerlo en un futuro, el alumbramiento de esta versión de River multiplica los buenos augurios y los vaticinios de un porvenir futbolístico muy rico y saludable. Se da algo curioso. Existe la tentación de hablar de un nuevo River, cuando en realidad sólo se produjo el debut de un hombre y hubo ligeros retoques tácticos. Esta impresión no hace más que exaltar la importancia y el valor que tuvo el segundo ciclo que Ariel Ortega inauguró ayer en River. Por inspiración propia y natural asociación con las otras tres individualidades ofensivas, el Burrito se iluminó con ganas para marcar aún más el contraste con sus tres años y medio de oscurantismo en Europa.

De por sí, River ya tenía un potencial ofensivo considerable, bastante por encima del estándar de mediocridad que campea en nuestras canchas. La suma de Ortega le dio al equipo un estreno impactante, demoledor en el juego y cargado de virtuosismo. Será porque el fútbol es contagio, o porque los grandes jugadores no necesitan más vínculo que una pelota para entenderse; lo concreto fue que Ortega, Aimar, Angel y Saviola se buscaron sin egoísmos y se encontraron con el brillo y la naturalidad que cada uno es capaz de darle a un toque -Aimar-, a un enganche -Ortega-, a una gambeta corta y a un pique profundo -Saviola- y a una definición exquisita -Angel-. El temible trío le dio cabida a un cuarto integrante de lujo, para que se empiece a hablar de los cuatro fantásticos. Eso ocurrió ayer y se sabe que el fútbol, con su ilógica y carga de imprevistos, derrumba muchas predicciones y a veces es cruel con los elogios que limitan con la exageración, pero este River se ganó el derecho a que le reconozcan su función ante Central. Y una ponderación de más no será tan desubicada como retacearle el reconocimiento porque hay que ver si lo pueden repetir o si ante un rival más fuerte hacen lo mismo. Con una vez alcanza para sacarse el sombrero. Fueron cuatro goles y pudieron ser ocho, o diez o una docena. Buljubasich se equivocó sólo una vez -en el segundo gol de Angel-, pero salió airoso en ocho mano a mano. Las dos expulsiones de Central limitaron aún más a un equipo que ya se sentía menos y superado con once.

Remozado planteo el de River: con Placente casi convertido en lateral volante por la izquierda, Husain y Berizzo para rastrillar el medio, Ortega sobre la derecha -pero no muy abierto y con libertad- y Aimar por la izquierda, en las mismas condiciones que el jujeño. Y un equilibrio colectivo -ayudado por una cuota de sacrificio de los más adelantados- que lo puso a salvo de descompensaciones defensivas. Aunque es cierto que a Central no le dieron tiempo para nada -en 27 minutos estaba 0-3- y se fue desmoralizando y desarmando con tanto toque, descarga y llegadas.

Para estar a tono con la producción, la diferencia se gestó con golazos -especialmente los tres primeros-, con participación decisiva en todos ellos de Ortega y un acompañamiento no menos deslumbrante de Aimar, Saviola, Angel y también Placente. El partido fue un suplicio para los rosarinos y un festival sin nervios para River, que les sacó varios oles y aplausos a sus hinchas. Plasmó la presunción de superioridad con holgura y brillantez. Le hizo lugar a Ortega y él se lo agradeció con el fútbol que hace rato tenía guardado.

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