Un Tigre americano

Tiger Woods
Tiger Woods Fuente: LA NACION
Ezequiel Fernández Moores
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16 de abril de 2019  • 23:59

Veinticinco días después de enterrar a su padre en Kansas, en una tumba sin nombre, Tiger Woods volvió a entrenarse con los Navy SEALs. Había conocido a la principal fuerza de operaciones especiales del Ejército de Estados Unidos dos años antes, en 2004. Disparó y saltó con paracaídas y, al tocar tierra, papá Earl, un excombatiente, le dio un fuerte abrazo. "Ahora entiendes mi mundo".

Al volver en 2006, ya sin padre, Tiger probó con rifles de francotirador, se ató una pistola a la pierna derecha y entró en Kill House, simulador de combate de alto estrés. Debía distinguir entre terroristas y rehenes. Se equivocó y disparó contra un "fotógrafo". Se justificó bromeando sobre su aversión histórica a los paparazzi. Uno de los instructores le preguntó por qué estaba ahí. "Mi papá -respondió Tiger- me dijo que tenía dos caminos por elegir: golfista o soldado de operaciones especiales". El instructor entendió que Tiger estaba mitigando algún "dolor", que estaba "buscando algo".

El formidable informe que Wrigth Thompson escribió en 2016 para ESPN muestra a Tiger acaso mejor que la veintena de libros sobre la vida del golfista que renació este domingo en el Masters de Augusta a los 43 años, en una de las vueltas más celebradas en la historia del deporte mundial. Tiger creció inseparable de la mano de su progenitor. Papá Earl lo llevó a la TV como golfista precoz cuando tenía apenas 3 años. Veinte años después, Earl declaró orgulloso que la sangre tailandesa, china, africana, indoamericana y europea de su hijo ya famoso era "un puente" entre Oriente y Occidente. Y que "Tiger hará más que cualquier hombre para cambiar la historia de la humanidad", más que "Mandela, Gandhi o Buda". Su libro sobre la educación de su hijo (Empezar Algo) fue base del instituto de educación de la Fundación Tiger. "Be like Tiger" (Sé como Tiger), decía Nike. De niño, Tiger lloró al hablar con una amiga sobre las infidelidades de su padre. En un torneo en Sudáfrica pagó para sacarlo de un problema. Tiger, todavía superprotegido por todos, ya lidiaba con su fama. "Se exactamente cómo te sentís hijo", buscó consolarlo su padre después de un incidente. "No papá, no lo sabés", respondió Tiger.

Tras la muerte de su padre, Tiger volvió varias veces con los SEAL. Dio charlas sobre preparación mental y les dijo que sería uno de ellos si no hubiese sido golfista. Simuló un ataque nocturno a un pueblo afgano, arriesgó maniobras aéreas y ensayos, disparos y agresiones. Salía a correr con botas de combate. Confió el secreto de su entrenamiento militar a su gran amigo Michael Jordan . El exrey de la NBA le contó que él, en su retiro, también buscó consuelo imitando viajes de deportista anónimo como los que había hecho de joven su padre fallecido. El entorno de Tiger, que ya había anunciado oficialmente la paternidad del golfista, ordenó que ya basta de jugar a Vietnam. Desaparecieron los SEAL pero llegaron las amantes. Una tras otra. Viejas y nuevas. Tiger playboy. "Adicto sexual". Delicia de tabloides y TV. Disculpas públicas con su madre en primera fila. Curioso, porque, una noche, en un club de Nueva York, Tiger, algo desorientado, le preguntó a Jordan de qué modo iniciaba él conversación con las chicas. "Andá -le dijo Jordan- y deciles que sos Tiger Woods".

Todo se desmoronaba. Y llegaron las lesiones. La confesión a la revista Time de que se había caído en el patio, sin teléfono a mano, y debió acostarse en el piso, esperando que llegara su hija para pedir ayuda. Otra confesión a Nick Faldo de su retiro inminente. La policía que lo encontró en mayo de 2017 dormido al volante de su auto a las 3 de la mañana, sin saber dónde estaba. Un periodista le preguntó qué ejercicio hacía. "Camino". "¿Y?", insistió el periodista. "Camino y camino un poco más". Tiger esperó unos segundos y se preguntó: "¿Dónde está la luz al final del túnel?". "Haberse sentido exjugador -me aceptó Francisco Alemán, especialista de ESPN- tal vez lo ayudó a quitarse presión". Tiger, budista introvertido y distante, sigue conservando "Privacy", el yate en el que pasaba buena parte de su tiempo "porque los peces -dijo una vez- no piden autógrafos".

No es lo mismo ganar un Major con 22 que con 43 años. Su amigo, y socio en algunos negocios, el presidente Donald Trump, anunció que distinguirá a Tiger con la Medalla Presidencial de la Libertad, el honor civil más alto de la nación, ya concedido antes a otros deportistas célebres. American Hero. La noticia enojó a los opositores a Trump. A los que recuerdan inclusive el libro reciente de Rick Reilly que desnuda las trampas groseras de Trump golfista. Desde manipular su hándicap a recibir el apodo de "Pelé" por su habilidad para patear pelotitas propias o rivales. Otros cuestionan la distinción por los desbordes pasados de Tiger. La quinta coronación del domingo en Augusta -primera en un Major tras 11 años- ayudará a aliviar dolores. No estuvo su padre, claro. Sí sus dos hijos, ambos admiradores de Leo Messi, a quien conocieron en 2017 en Miami. "Qué genial conocer a una leyenda viviente", le dijo ese día Tiger a Sam, su hija futbolista. "Sí -le respondió ella- vivimos con una".

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