Un viaje a la altura: cómo puede afectar a Boca la excursión a Quito

Diego Latorre
Diego Latorre LA NACION
El Boca de Alfaro ya jugó un partido en la altura; fue en Cochabamba (2500 metros), vs. Wilstermann (empate 0-0), por la actual Libertadores 2019
El Boca de Alfaro ya jugó un partido en la altura; fue en Cochabamba (2500 metros), vs. Wilstermann (empate 0-0), por la actual Libertadores 2019 Fuente: Reuters
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17 de agosto de 2019  • 23:59

Los futbolistas no acostumbran a mirar mucho más allá del siguiente partido. Es un aprendizaje que la experiencia convierte en hábito: no tiene sentido poner la cabeza en algo que ni siquiera se sabe si va a suceder.

Pensar en los cuartos de final de la Copa Libertadores que darán comienzo esta semana como una antesala de un nuevo duelo River-Boca es, por eso, una especulación que les cabe a los hinchas e incluso al periodismo, pero no a los protagonistas, que bastante tienen con preocuparse por las dificultades que deberán sortear para ganar sus respectivas series. Y en ese sentido, el equipo de Gustavo Alfaro tiene más razones para el estudio profundo que el de Marcelo Gallardo.

En primer lugar, porque la altitud de Quito genera más inconvenientes que cualquier clima hostil que pueda existir en Asunción. Trazando un paralelismo, puede decirse que los contratiempos de la altura son inevitables. Están todo el tiempo, quieras o no, mientras que la hostilidad es más variable e incluso puede disiparse en algún momento.

Las recomendaciones para moverse por encima de los 2.800 metros nunca son suficientes porque la sensación de asfixia en el cuerpo aparece y condiciona. La escasez de oxígeno en el aire te bloquea, no podés pensar suficientemente bien y sentís que no estás jugando de manera natural. Cambia la velocidad de la pelota, los cálculos se distorsionan, no se puede sostener el ida y vuelta o ir a presionar arriba, por lo cual los visitantes terminan metidos atrás, aguantando y jugando de contraataque.

Liga de Quito ha sabido siempre capitalizar muy bien la condición de local. Incluso ahora, aunque no sea el equipo arrollador de otros años. Para sus rivales, la clave pasa por estar muy enfocados en aprovechar las tres o cuatro jugadas aisladas que genere su ataque en el partido. Y por supuesto, replegarse, no perder el orden y ser muy eficientes en defensa.

Al insalvable problema de la altura, Boca le agrega su indefinición. Da la impresión de ser un conjunto que está siempre en obras. Alfaro ha dicho que maneja un plantel sin titulares ni suplentes. Esto puede ser saludable por la rotación que es preciso hacer en las distintas competencias y el hecho de mantener activos a jugadores que serían fijos en cualquier otro club del país, pero también implica entrar en el resbaladizo terreno de creer que el equipo no se va a resentir juegue quien juegue, presunción que no se condice con la realidad.

El ejemplo más notorio de esta afirmación es lo que ocurre con Tevez y Zárate, quienes parecen estar siempre en disputa por un puesto, cuando entre ellos existe una diferencia incluso conceptual. No es igual un futbolista que se tira atrás, arma el juego, maneja las pausas y en ciertos momentos puede transformarse en un volante más, que otro más individualista, con mucha más influencia en las jugadas que en el juego mismo.

Hay un punto en el que un equipo necesita de la estabilidad, de la confianza, del conocimiento entre compañeros para la conformación de sociedades adentro de la cancha. La línea entre tratar a todos por igual y no garantizarle la titularidad a nadie es muy fina y deja entrever dudas. El rendimiento de un jugador tiene relación directa con el estado de seguridad que el técnico le transmite en cuanto a su presencia en el equipo.

Llega entonces para Alfaro la hora de tomar decisiones, momento aún más trascendente en una situación como la de este Boca, en el cual el aspecto emocional multiplica su importancia. Se nota, flota en el ambiente, que es un equipo con demasiadas deudas, que carga una obsesión sobre sus espaldas, y la obsesión -como la ansiedad- no se llevan bien con el placer ni con el deseo, porque los contamina hasta conducirlos a veces al caos.

La mochila de River, en cambio, va mucho más liviana. El largo receso no ha producido modificaciones sustanciales en el equipo, y cuando le toque ir a La Nueva Olla de Asunción ya llevará consigo el resultado de la ida en el Monumental, un escenario donde la predisposición y el estímulo que provoca jugar en casa le hace lucir dominante, agresivo y en constante búsqueda del arco de enfrente.

Además, este River ya sabe de ambientes difíciles y nunca ha jugado mal por el rigor o la intimidación del público rival. Es un plantel con experiencia de la que vale, ese aprendizaje inconsciente que se va adquiriendo al acumular partidos decisivos. Por supuesto que puede ser superado por un rival que juegue mejor, y de hecho sus buenos partidos aparecen salpicados entre aquellos en los que futbolísticamente no supera a sus rivales. Pero tiene a su favor que nunca le falla el oficio, un sustento que muchas veces lo hace ver como más de lo que es.

Boca deberá luchar contra la altura y contra sus propias inseguridades, pero tiene la ventaja de definir de local. A River lo avalan los resultados y el rendimiento de los últimos años, aunque deba cerrar la serie en Asunción. Solo una cosa está clara: un nuevo Superclásico eliminatorio, esta vez en semifinales, todavía queda un poco lejos.

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