Una derrota que ahonda la crisis del boxeo argentino

En la desigual pelea con el mexicano García se advirtió la falta de profesionalismo
En la desigual pelea con el mexicano García se advirtió la falta de profesionalismo
Diego Mazzei
(0)
21 de agosto de 2000  

CORDOBA.- El ojo derecho entumecido, las pupilas aún ardientes por el castigo recibido, José Rafael Sosa acomoda su dolorido cuerpo sobre la cama de su cuarto de hotel y describe con hablar dificultoso recuerdos cercanos que bien preferiría olvidar. Trata de absorber la paliza sufrida pocas horas antes, cuando un tal Isidro García, de México, le quitó la última oportunidad de consagrarse campeón mundial y se llevó de vuelta el cinturón mosca de la OMB, tal como se informó en la seunga edición de La Nación de ayer. Fue sobre el ring del Polideportivo Carlos Cerutti, salpicado por la sangre del Monito, cuya nariz empezó a transpirar de color rojo cuando un terrible uppercut zurdo de García en el tercer round le advirtió que tendría problemas.

El resto fue un calvario para Sosa, víctima de la tardía reacción tanto de su rincón como del árbitro, puertorriqueño José Rivera, que sólo se dio cuenta cuando iban 1m13s del sexto asalto de que el rostro del cordobés era anfitrión irrestricto de cada mano enviada por García.

Fue entonces, después de ese final dilatado, cuando llegaron los interrogantes ¿Era conveniente que Sosa, a los 31 años, peleara en un peso que no daba desde hacía mucho tiempo? Hasta el mismo pugilista lo puso en duda tras la pelea. "Estaba muy duro. Siempre me cuesta soltarme. No sé si estaba nervioso o fue porque bajé de categoría. Yo di bien el peso, pero igual no soy de dar pretextos. Me ganó bien. No es un pegador, metió las manos justas y a mí no me salió una", dijo aún perturbado. Y remató: "Tenía impotencia, porque no podía esquivarle ni una mano. Me entraban todas, pero yo jamás pensé en abandonar", recordó Sosa.

Se habló de esa mano decisiva del tercer asalto. Y en el siguiente capítulo Sosa soportó estoicamente contra las cuerdas una andanada de, al menos, diez golpes limpios.

La izquierda de García tuvo visa para entrar y salir cuando quería de la cara de Sosa, que curaba a golpes sus dolores. Y una de esas manos dejó al Monito tambaleando en el quinto round. Allí debería haber finalizado la pelea. La escena estaba al borde del absurdo: Sosa deambulaba sin estabilidad por el ring; García, intuyendo que el suplicio del cordobés tendría fin, buscaba el rincón neutral; y el árbitro -impedido por la errónea reglamentación de la OMB de no permitir la cuenta de protección a un pugilista que está de pie-, que no se animaba a detener el choque, tal vez por ese malacostumbramiento a ser más flexible con los locales.

Fue otro round de más el sexto, en el que hasta el público pedía que todo se acabe. Un nuevo vendaval del mexicano derivó en el exigido "no va más" del referí. "El árbitro arriesgó la vida de Sosa. Lo que hizo fue un acto de inconsciencia", sentenció García.

La derrota ahonda aún más el profundo pozo en el que está sumergido el boxeo argentino y se suma a la posibilidad que hace unos meses dejó escapar Pablo Chacón en Mendoza. Desnuda, también, el extraño criterio que se tiene en nuestro país para elegir los pugilistas que afrontan circunstancias tan especiales como es la de ir por un título mundial. Lo que pasó con Sosa fue elocuente: un campeón mundial de segundo orden -García- es ampliamente superior a los hombres teorícamente más competitivos de nuestro medio.

En otras dos ocasiones había fracasado por una corona mundial y se esperaba que esas experiencias le servirían a Sosa. Pero no fue así.

La época de las hazañas enfundadas en un golpe salvador parecen haberse consumido con los últimos rounds mundialistas del Roña Castro y Julio César Vásquez. Hace rato que se necesita mucho más para poder ser campeón mundial, aún de entidades de menor valía. Ya no basta con tener el beneficio de pelear en casa ni con escasos treinta días de preparación exigente. El boxeo profesional en nuestro país retrocedió varios escalones y anteanoche recibió un nuevo empujón hacia abajo. Y ya se está haciendo costumbre, lamentablemente, el híbrido conformismo por las derrotas dignas, por el esfuerzo desencarnado que deja al descubierto las deficiencias técnicas y físicas.

En lo va de este año, Sosa protagonizó el 11º intento de un argentino por ganar una corona mundial.Y sólo uno, Darío Matteoni, semipesado UMB, pudo llevarse el cinturón. El mes próximo será el turno del chaqueño Eduardo Alvarez, por el título supergallo de la FIB. Después del traspié de Sosa, parece que habrá que resignarse a esperar sólo milagros.

MÁS LEÍDAS DE Deportes

Esta nota se encuentra cerrada a comentarios

Descargá la aplicación de LA NACION. Es rápida y liviana.