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Cristian Grosso
Cristian Grosso LA NACION
Fuente: LA NACION - Crédito: Juan López / Enviado especial
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26 de junio de 2014  • 00:51

PORTO ALEGRE.– ¿Qué sería de la Argentina sin Lionel Messi ? Asusta pensarlo. El seleccionado, que arrastra déficits muy anteriores al ciclo de Alejandro Sabella, estaría retrasada en el contexto global sin el crack. Sería un equipo de reparto. Si todavía en pleno Mundial es una formación en laboriosa construcción, sin el rosarino directamente se trataría de un conjunto complementario. Como siempre, él se escapa de la lógica y de las referencias. En nuestro fútbol destartalado estéticamente, desmantelado de triunfos y envilecido en sus valores, Messi es un héroe contracultural porque sostiene a la marca Argentina en el mapa.

Lo hizo de nuevo. Asumió la responsabilidad y dejó a resguardo la cómoda clasificación para los octavos de final. El funcionamiento colectivo entregó algunos síntomas de mejoría desde el crecimiento de la dinámica, pero en realidad Messi ejerció un liderazgo futbolístico tan abarcador que cubrió a la selección con su manto protector. Dueño y alma. Es un capitán diferente, de esos que elevan la moral cuando desenfunda la zurda. Un día antes cumplió 27 años, pero los regalos los trajo él.

"Me dijo que me iba a sacar… y me sacó nomás", bromeó Messi sobre la decisión de Sabella de sustituirlo por Ricky Álvarez. Por un instante la incredulidad invadió el estadio porque apenas se jugaban 17 minutos de la segunda etapa. Porque él estaba en plenitud y porque él detesta salir. Pero estaba acordado con el entrenador y sólo se trató de un cambio por precaución. Sabella ya no sabe bien cómo definirlo… "Podría decir que me sorprende... y que no. Es tan grande que uno piensa que en cualquier momento puede hacer algo que nadie espera", explicó. ¿Hizo bien en reemplazarlo? Se apresuró. El partido ya iba 3-2, pero no estaba cerrado. El equipo sintió la pérdida de su guía en la media hora final; se distrajo y extravió la profundidad, tanto que sólo merodeó el arco nigeriano dos veces más con remates de Lavezzi y Di María. Si la selección es messidependiente por su influencia, su ausencia dispara una aterradora añoranza. Por cuidarlo a Leo, Sabella descuidó al equipo.

Con Pep Guardiola observándolo en el Beira-Rio, sin dudas el DT que mejor lo entendió, por tercera ocasión la FIFA lo eligió como el jugador del partido. Tres de tres. "Les aconsejo que no le pongáis a prueba", advirtió más de una vez Pep… Y ayer lo realmente trascendente fue la nueva muestra de carácter de Messi. El margen de reproches que lo acuciaba fue dejándolo en paz. Los miles de argentinos que invadieron Brasil hacen un culto de su imagen. ¿Que todavía no ganó nada? Ese simplismo aburre. Otra vez está intentándolo. Es ingrato reducir las culpas a él, cuando desde hace casi una década intenta maquillar un conjunto generalmente mal estructurado por conducciones incapaces. Al menos, ahora encuentra en Sabella a un entrenador esforzado y permeable a las necesidades del crack. Hasta discuten noblemente.

No será en Brasil 2014, pero está lanzado en la caza de Batistuta en la cima de los goleadores históricos, porque los 56 del Matador de Reconquista ya no parecen estratoféricos. Será cuestión de tiempo. Con Messi se atropellan las estadísticas… Por segunda vez un argentino convirtió consecutivamente en los tres primeros partidos de un Mundial (como Orestes Omar Corbatta en 1958). La Pulga marcó el gol más rápido de los 42 que encadena en la selección. La Argentina volvió a festejar de tiro libre desde Daniel Pasarella, a Italia, en España 82… Y se pegó a la espalda de Guillermo Stábile, el único criollo que celebró en cuatro cotejos seguidos en una Copa. Messi es tan fascinante que amenaza marcas que están protegidas por casi un siglo.

Está enfocado. En Porto Alegre recuperó la vivacidad para descubrir atajos, para asistir a sus compañeros que aún no sintonizan la misma frecuencia. No se engaña: "A partir de ahora no te podés equivocar". Pero sueña: "Vamos a ir por más todavía". Contagia ilusión escucharlo saludablemente arrogante en su tercera estación brasileña, la que también decoró con goles. Vaya si el arquero nigeriano Vincent Enyeama le amargó el debut en Sudáfrica 2010, y ayer en apenas un puñado de minutos vengó aquel vía crucis. Y por duplicado, como en la final del Mundial Sub 20 2005, cuando también Nigeria sufrió sus bombardeos a la red.

"No es de este planeta, no señor… Quizá sea de Marte o de Júpiter..., pero de acá no es", fue el ocurrente tributo de Stephen Khesi, el entrenador nigeriano. Messi es el eslabón perdido. Reina en un deporte que está sellado en la piel de los argentinos. Fue el solista del filarmónico Barcelona y disimula los desafinados acordes de la selección. La actual y la de ayer. Como en tantas oportunidades, Messi subsanó casi todo lo que estuvo a su alcance. Lo consiguió muchas más veces de las que se le reconoce. Es la Pulga la que mantiene viva la esperanza de un tiempo mejor que quizás esté por arribar. Hace años que Messi trabaja para sostener a la Argentina en el escenario mundial. Ayer dejó por un instante el cincel y se dedicó a contemplar su obra. En Brasil ya no tendrá descanso porque la selección se entrega a su don restaurador.

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