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En su espalda, el 21 que llevó Andrea Pirlo. En sus pies y cabeza, también 21, los goles que anotó este año. Figura en Europa, estrella de un club legendario, dicen en España que el Real Madrid y el Barcelona lo tienen en la mira. ¿Cien millones de euros? Eso es lo que su agente dice que vale Paulo Dybala. Como mínimo. Diez millones más que lo que habrían ofrecido los dos grandes de España.
Si en menos de un año difuminó el recuerdo de Carlos Tevez para ser decisivo en los dos títulos de la Vecchia Signora, si en su rush de goles y golazos le puso presión a un Gerardo Martino que demora su entrada por la puerta grande a la selección, casi cualquiera hubiera comprendido que al cordobés de 22 años se le subieran los humos a la cabeza para hacerse valer. El tema es que Dybala tendrá 22, pero hablando con él transmite el aplomo de alguien de 40. ¿Será porque viene de la Pampa Gringa, esa zona de Córdoba que no deja de entregar futbolistas que en su mayoría rinden sin crear problemas? ¿Será porque la suya es una familia fría, como él dice?
Perderse le hubiera sido "muy fácil", admite. Sobran el dinero, la fama y el tiempo libre. Pero está en Italia con su madre y su novia, porque él es así. Es el mismo que decidió no salir por las noches y renunciar al viaje a Bariloche, yendo a contramano de sus amigos. Es el mismo que perdió al padre con 15 años, se dio cuenta de que estaba "un poco a la deriva" y decidió dejar Laguna Larga para instalarse en la pensión de Instituto. Es el que, como Leo Messi, no sabe lo que es jugar en la Primera División de su país. Es el que sufrió, y mucho, por no ser convocado para la Copa América. Es el que le dijo "no" a las selecciones de Italia y Polonia. Es el que vuela alto y volará más alto aún. Es una paradoja viviente: es el que vuela con los pies sobre la tierra.




