Ahora somos todos proteccionistas

Por Mark Weisbrot Para LA NACION
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29 de febrero de 2004  

El comercio internacional ha vuelto a convertirse en tema importante de la política presidencial. Nunca desde el tan ridiculizado alerta de Ross Perot en 1992 de un "gigantesco sonido de chupado" -para describir su predicción de los puestos de trabajo que se irían al Sur si se aprobaba el Nafta-, ha atraído tanto la atención la pérdida de puestos de trabajo relacionada con el intercambio.

La nueva palabra clave es "tercerización", es decir, empresas que mudan empleos, desde telemarketing de bajo nivel hasta el diseño de software de computación a lugares como India y China. Parece que la tercerización de empleos de salarios más altos ha provocado la oposición más destacada. "Dudas sobre el Libre Comercio" fue el título de un reciente editorial del The New York Times sobre el tema, uno de cuyos autores fue el senador de Nueva York Charles Shumer.

¿Pero no es esto lo que le viene sucediendo a la mayoría de la fuerza laboral de EE.UU. a lo largo de 30 años? Ahora que la competencia internacional está subiendo la escalera ocupacional, parece que tenemos un problema que es reconocible para gente en puestos elevados.

Más vale tarde que nunca. Pero esto debería ayudarnos a ver lo mal que se ha representado toda la cuestión de cómo nos manejamos con la "economía global" en los medios y los círculos políticos.

En un típico artículo o editorial de diario, a los políticos o sindicalistas que critican acuerdos tales como el Nafta o la OMC se los cataloga de "proteccionistas" u opuestos al "libre comercio". Los que apoyan tales acuerdos comerciales son llamados partidarios del "libre comercio".

Pero esto es completamente equivocado. Los proponentes del "libre comercio" sólo están en favor de la competencia internacional que hace bajar los salarios de trabajadores comunes. No apoyan medidas similares para reducir los salarios de los médicos por ejemplo. Todo lo contrario. De hecho, las leyes actuales dificultan a profesionales extranjeros practicar en los Estados Unidos y el gobierno ha limitado la cantidad de residentes extranjeros en las escuelas de medicina para no deprimir los salarios de los médicos.

Como resultado de esta aplicación selectiva del "libre comercio", un cardiólogo que gana US$ 500.000 al año puede ir al Wal-Mart local y conseguir un equipo de DVD fabricado en Malasia por menos de US$ 100. Ha ganado tanto con el "libre comercio" como con la tercerización de nuestro sector manufacturero.

El partidario del "libre comercio" responderá: sí, pero también el portero, el guardia de seguridad y todos los demás. Pero si sumamos sus ganancias en la forma de artículos de consumo más baratos y restamos lo que han perdido debido a la presión a la baja sobre sus salarios, la mayoría de los trabajadores ha sufrido una pérdida neta con el experimento económico global de Estados Unidos de los últimos 30 años.

Los profesionales en mejor situación -médicos, abogados, economistas- tienen toda la protección que necesitan de competidores externos. Ni la inmigración ni la tercerización puede bajar el costo de sus servicios.

El cuadro cambia drásticamente cuando buceamos por debajo del 27% de estadounidenses que tienen título universitario. Los profesionales protegidos que escriben las reglas del comercio global han estado ansiosos por exponer toda la gente por debajo de ellos a los rigores de la competencia internacional.

Resultado paradojal

El resultado ha contribuido de modo significativo a la más masiva redistribución hacia arriba de ingresos en la historia de los Estados Unidos. Si bien el ingreso per cápita ha subido más de 65% en los últimos 30 años, el salario medio ha subido sólo alrededor de siete por ciento.

Unas cuantas cosas para tener en cuenta: primero, la caída o estancamiento del salario real sufrido por la mayoría de los trabajadores americanos ha sido el objetivo deliberado de quienes promueven el "libre comercio" en mercadería. Es también el resultado lógico de la competencia, según la teoría económica estándar.

Segundo, si el objetivo de nuestros acuerdos comerciales fuera primordialmente aumentar la eficiencia económica (beneficiando así a los consumidores) hay mucho más por ganar introduciendo competencia internacional en la cima de la escalera de la distribución de ingresos. El ahorro potencial para los consumidores producto de tal competencia entre profesionales es enorme: unas 60 a 90 veces el ahorro producido por la eliminación de los aranceles impuestos al acero en 2002.

La ganancia del libre comercio internacional en productos farmacéuticos también es inmensa, pero nuestros acuerdos más importantes de "libre comercio", tales como los de la OMC, han aumentado sustancialmente el proteccionismo (en la forma de protección de patentes) en este área.

Tercero, a la mayoría de nuestros profesionales en buena situación le vas bien no sólo porque tienen capacidad o trabajan mucho, se puede decir lo mismo de los mecánicos, carpinteros o trabajadores de fábrica con oficio. La principal diferencia es que estos profesionales se benefician del proteccionismo que impide que sus salarios sean bajados por la competencia internacional.

Parafraseando a Richard Nixon ("Ahora todos somos keynesianos") se podría decir que ahora somos todos proteccionistas. Es sólo cuestión de quién es el ingreso que tratamos de proteger.

El autor es economista y codirector del Center for Economic and Policy Research en Washington DC.

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