El Gobierno eligió la implosión para evitar la devaluación

Marcos Buscaglia
Marcos Buscaglia PARA LA NACION
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25 de octubre de 2020  • 00:00

Benjamin Franklin dijo alguna vez que "aquellos que sacrifican libertad por seguridad no merecen tener ninguna de las dos." En forma análoga, el Gobierno está sacrificando la vida económica del sector privado para mantener temporariamente la estabilidad del peso en el mercado oficial de cambios (y evitar hacer reformas). Y va a terminar perdiendo las dos. El elevado nivel de la brecha cambiaria y las restricciones a las importaciones están ahogando al sector privado. Para peor, este sacrificio no evitará una devaluación del peso. Será en vano.

La brecha entre el dólar oficial y el Contado con Liqui (CCL) o el blue supera el 130%. Para tener como referencia, durante el cepo que rigió entre fines de 2011 y fines de 2015 la brecha con el CCL fue, en promedio, del 41%. El nivel de la brecha actual es mayor que durante la crisis de la deuda de 1982 y que durante la hiperinflación de fines de los 80, y solo fue superado en la historia moderna en 1975, según datos que prepararon Roberto e Iván Cachanosky.

Dado que este nivel de brecha cambiaria desincentiva las exportaciones e incentiva las importaciones al tipo de cambio oficial, el Banco Central (BCRA) siguió perdiendo reservas internacionales. Desde inicios de septiembre hasta el 15 de octubre vendió 2268 millones de dólares. Las reservas líquidas, es decir las que quedan una vez que se restan deudas del BCRA en dólares, y las reservas que tienen algún costo reputacional para convertirse a dólares, como el oro, eran de -1500 millones el jueves 15 de octubre. Es día, el BCRA ajustó aún más las restricciones a las importaciones, llevándolas a niveles no vistos antes, y a partir de allí solo vendió unos pocos millones de dólares. El objetivo de estabilidad de las reservas se logró, temporalmente pero, ¿a qué costo?

Con estos niveles de brecha cambiaria y de restricción a las importaciones, sumados a los elevados impuestos y regulaciones, el sector privado no puede respirar en la Argentina. Se está muriendo, o está emigrando. Las razones las entiende cualquiera que maneje hasta un quiosco, con perdón de los dueños de quioscos, aunque les son esquivas al equipo que maneja la economía argentina. Con este nivel de brecha y de incertidumbre sobre la capacidad de importar, nadie quiere desprenderse de los bienes o insumos que tiene en su inventario, porque no sabe si los podrá reemplazar, o a qué precio los podrá reemplazar. Esto incluye a bienes producidos localmente, dado que estos también tienen un elevado porcentaje de componentes importados.

Las anécdotas de empresas que tuvieron que parar la producción por falta de insumos, el desabastecimiento de algunos productos en supermercados, o empresas y negocios que no quieren vender o cotizar ventas abundaron esta semana. Como muestra de esto, las búsquedas en Google de palabras como "desabastecimiento", "faltante" y "no entregan" volaron en los últimos días, hasta niveles solo vistos en el inicio de la cuarentena.

Así, las ventas y la actividad, que ya se vieron mucho más castigadas que en la mayoría de los países del mundo como consecuencia de una cuarentena mal implementada, sufrirán un golpe adicional. De hecho, la recuperación de la economía ya se ralentizó en julio y agosto. Según el Indec, la actividad se expandió solo el 1,7% mensual en julio y el 1,1% en agosto. Comparada con 2019, la economía argentina probablemente se haya contraído casi un 12% en el tercer trimestre, luego de caer cerca del 19% en el segundo. Otros países de la región están viviendo tasas de recuperación mucho más aceleradas en estos momentos. La economía de Brasil habría caído solamente entre 3 y 4% durante el tercer trimestre con respecto al tercer trimestre de 2019.

Esa distancia entre la Argentina y el resto del mundo seguramente se amplíe durante el cuarto trimestre, dado que aquí la brecha cambiaria y las restricciones a las importaciones están paralizando la recuperación. Esto muestra lo efímero de las medidas: con menor actividad, lo más probable es que caiga la recaudación de impuestos, lo que agravará el déficit fiscal, llevando a una mayor emisión de pesos por parte del BCRA para financiar al Gobierno y, por lo tanto, a más presión sobre la brecha y las reservas. Este exceso de pesos fue el que originó el problema de la brecha y la pérdida de reservas en primera instancia. Parecería que estamos envueltos en un loop infinito, pero no. Ahora hay menos reservas, menos confianza y más fatiga en las familias y las empresas argentinas. La implosión de la economía por las medidas tomadas llevará de todas maneras a una devaluación, a menos que haya un cambio drástico de rumbo.

Se necesitaba un plan económico claro e integral desde el inicio, y se necesita aún más ahora. Para entender a qué me refiero con la palabra integral, voy a repetir algunas palabras que escribí en esta misma columna el 19 de enero, en los albores de este Gobierno.

Expresé en ese momento: "Malcolm Gladwell, columnista de The New Yorker y autor del best seller Blink (Inteligencia Intuitiva. ¿Por qué sabemos la verdad en dos segundos?) argumenta que cada vez que las personas tienen que dar sentido a una situación complicada o manejar mucha información rápidamente, la simplifican al extremo para comprenderla en forma rápida. Según Gladwell, pensamos casi sin pensar, intuitivamente, simplificando todo. Lo mismo aplica a los programas económicos: rápidamente tratamos de catalogarlos como ortodoxos, heterodoxos, promercado, antimercado, etcétera."

Me refería en ese momento a que la primera impresión era que el Gobierno no tenía plan económico. Con el paso del tiempo, se puede aplicar a la dirección general de la gestión. Cuando vemos restricciones a la importación, tomas de tierras avaladas por funcionarios, debate sobre un impuesto confiscatorio a la riqueza, intento de estatización de Vicentin, defensa de este nivel ridículo de gasto público, ataques a la independencia judicial, y muchos otros actos y gestos diarios adicionales, nuestra cabeza procesa rápidamente que este Gobierno quiere llevarnos a convertirnos en una nueva Venezuela. No hay diálogo con los empresarios, como el periodismo reporta que el presidente Alberto Fernández tuvo en estos días, o suba de la tasa de interés por parte del BCRA, que nos convenza de lo contrario. Y cuando olemos riesgo, el ADN de los argentinos nos impulsa a comprar dólares, a cualquier precio.

Este análisis nos muestra lo difícil que será revertir las expectativas. No se trata solamente de medidas económicas. Tampoco alcanzaría con un recambio del equipo económico, aunque el actual claramente tiene que ser reemplazado. Ya pasó demasiada agua bajo el puente. Demasiados errores, demasiadas señales de radicalización por parte del gobierno. Para revertir las expectativas y recobrar la confianza, no solo en el peso sino en la economía argentina, se requieren al menos tres pasos.

En primer lugar, se necesita transmitir claramente que los ataques al sector privado y a las instituciones de la Constitución Nacional, como los que van dirigidos a la propiedad privada y a la división de poderes, van a cesar. Es decir, transmitir que el ala más radicalizada del Gobierno, esa que nos quiere llevar a ser una nueva Venezuela, va a perder poder. Esto se puede lograr con un acuerdo político con gobernadores, sindicalistas y la oposición. Pero, más allá de los gestos, este cambio tiene que plasmarse en acciones claras. Estas deberían incluir desde la partida de miembros de La Cámpora de puestos clave del Gobierno, hasta desistir del tratamiento del impuesto a la riqueza y la reforma judicial, solo por nombrar algunas de esas acciones necesarias.

En segundo lugar, hay que implementar cambios radicales en la conducción del Estado. Esta administración no solo se caracterizó por sus errores, sino también por su marcada ineficiencia, como se vio en el manejo de la pandemia del Covid-19. El presidente Alberto Fernández necesita urgentemente lo que fue Horacio Rodríguez Larreta para Mauricio Macri en el manejo de la ciudad de Buenos Aires: alguien que le dé gestión. También hay que contar con una conducción económica unificada, y un ordenamiento y una re-profesionalización de los ministerios.

Finalmente, se requiere un programa económico que marque un sendero de reducción de déficit fiscal y de la emisión de pesos, en el marco de un acuerdo con el Fondo Monetario Internacional (FMI). Para que la clase media y el sector productivo crean en ese plan, tiene que basarse en la reducción del gasto público. Cualquier otra alternativa será en vano, porque el sector productivo y los contribuyentes de la Argentina ya están desahuciados, y están cansados de financiar despilfarro y corrupción.

El autor es economista. PhD (Universidad de Pensilvania); fue economista jefe para América Latina de Bank of America Merrill Lynch. Coautor de ¿Por qué fracasan todos los gobiernos? c/S.Berensztein

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