Bienvenidos a la oficina global

Eduardo Levy Yeyati
Eduardo Levy Yeyati PARA LA NACION
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14 de diciembre de 2016  

Hace unos días tuve un encuentro cercano con las "tecnologías de convergencia". Ausente en Cambridge para enseñar un caso sobre la crisis argentina que escribimos con tres colegas para la Escuela de Gobierno de Harvard, "dicté" mi parte por Skype. Como la segunda clase coincidió con reuniones fuera de la oficina, el dictado fue desde el celular, en el auto (convenientemente estacionado). No sobraron valores de producción estética y hubo algún rezago en la recepción (lo que obligó a hablar corto y claro, un plus) pero el ejercicio cumplió su objetivo, incluyendo un breve intercambio con los alumnos.

En su reciente libro La gran convergencia, el economista Richard Baldwin dice que la globalización se construyó secuencialmente en base a tres capacidades: mover cosas (que llevó del artesano local a la gran fábrica de distribución nacional), mover ideas (que hizo de la fábrica nacional una multinacional distribuida en países en desarrollo con menores costos de producción) y mover personas. Según Baldwin, esta última capacidad es esencial para entender la tercera globalización, la del trabajo, que hoy vemos de manera incipiente, y que desconoce las barreras al comercio con las que pretenden contenerla sus detractores.

La conectividad es el transporte del futuro, me dijo hace un tiempo Ignacio Peña. Ya hay quien trabaja en los Estados Unidos o en Inglaterra sin moverse de su barrio de Buenos Aires o La Quiaca. ¿Cuánto falta para que el trabajo virtual arbitre los salarios del mundo?

Así como mover ideas globalizó la fábrica, la tecnología aplicada a los servicios globaliza la oficina. Y las tecnologías de convergencia no sólo modifican el paisaje global, también cuestiona a las economías de aglomeración urbana. La misma lógica por la que la producción puede tercerizarse a varias empresas en lugares distantes, una empresa puede tercerizar su propia producción a trabajadores distantes.

Un estudio de McKinsey estima que cerca del 30% de los trabajadores de los Estados Unidos son cuentapropistas y, según el Parlamento británico, en lo que va del siglo, casi la totalidad de los nuevos empleos creados en el Reino Unido fueron freelancers. Donald Trump o Theresa May podrán demorar, pero no eludir la convergencia: mientras la producción física acorralada es automatizada, los trabajos virtuales atraviesan los muros de cemento.

Paradójicamente, las tecnologías de convergencia nos retrotraen a modalidades pre-industriales, al trabajo independiente realizado con capital propio y remunerado por pieza para múltiples clientes. Si bien las nuevas tecnologías permiten manejar la fábrica a control remoto, la diferencia radical con el pasado no está en el proceso sino en el producto: hoy el trabajo se concentra en servicios intensivos en capital humano y conocimiento, con una escala mínima de producción modesta, descomponibles en eslabones cortos que pueden ejecutarse casi en simultáneo.

Todo esto en principio es buena noticia para la Argentina. El intento de competir con los salarios industriales asiáticos nunca fue realista ni deseable (a la luz de la robotización china, tampoco lo sería para satélites como Indonesia o Vietnam). En cambio, integrarnos a la producción de servicios de alto valor ­­-muchos de ellos complementarios de las manufacturas- es más atractivo y, a juzgar por el incremento de nuestras exportaciones en este rubro, más factible.

Es cierto que no todo el trabajo es igual, y que estos nuevos trabajos exigen competencias que acá no abundan (por caso, el 70% de los cuentapropistas de los Estados Unidos y el 50% de los de Singapur son universitarios). De hecho, la principal barrera a la convergencia salarial no es la protección comercial sino la educación, campo donde rankeamos mal y gestionamos peor (y debatimos como si nos sobrara el tiempo). Pero, al menos en este frente, el resultado es alcanzable y depende de nosotros mismos. Ocupemos nuestro lugar en la oficina global.

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