
Comenzó como aprendiz en una empresa metalúrgica, de la que se marchó para poner su propio taller, que más tarde transformó en una de las fábricas de silos más importantes de la Argentina
1 minuto de lectura'

COLON.- Ejemplo es la palabra que mejor le sienta a don Angel Sansoni. Ejemplo para su esposa, María Isabel, que lo acompaña, incondicional, en todo lo que emprende. Ejemplo para su hijo, Roberto, y su nieto, Alejandro, que hoy tomaron su posta. Ejemplo para sus doscientos cincuenta empleados, que lo aprecian y respetan. Y ejemplo para Colón, la ciudad que lo vio edificar una empresa líder, empezando desde cero.
En este país golpeado por crisis recurrentes, este hombre de 93 años, que nunca pudo ir a la escuela, representa una clara muestra de lo que se puede lograr con trabajo, perseverancia y don de gente.
"Comencé a trabajar a los quince años, en la fábrica de Andrés Cestari, donde aprendí el oficio metalúrgico, mirando a los mayores. Al tiempo me retiré y, junto con cuatro parientes, abrí un tallercito", recuerda don Angel, sentado en una de las oficinas que están pegadas a lo que hoy es una de las empresas de producción e instalación de plantas de silos más importantes del país.
Dedicada a trabajos de herrería en general y a la construcción de galpones y silos, la firma Angel Sansoni Sacifia nació el 15 de agosto de 1933 y, a partir de ese momento, no dejó de crecer. Con el tiempo, los otros socios se retiraron y don Angel debió repartirse entre las múltiples actividades de la empresa.
Al principio, el pequeño taller estuvo ubicado en la misma ciudad de Colón, pero hoy, la moderna fábrica está cerca del acceso a la localidad, sobre el km 278,5 de la ruta 8.
Don Angel rescata que, aunque se incorporaron nuevas tecnologías, nunca dejó a sus empleados sin trabajo. "Ni siquiera en los tiempos en que escaseaban las obras se despidió personal. Yo les decía que vinieran igual y usaran las máquinas para hacer trabajos por su cuenta", dice orgulloso. Y agrega: "A pesar de eso, se les pagaba la totalidad de sus sueldos, puntualmente".
Al recorrer las instalaciones de su empresa, compuesta por dos grandes galpones -a los que pronto se sumará otro-, se advierte el clima de trabajo que ha acompañado a don Angel durante toda su vida. Cada uno en lo suyo, los obreros llevan adelante la fábrica y arman las piezas metálicas que, más tarde, se convertirán en enormes silos de metal. "Los empleados, lo adoran", comenta su nieto, con admiración.
Tal vez, la voz de todos esos trabajadores, que nunca se sintieron defraudados por don Angel, pueda sintetizarse en el testimonio de un solo hombre.
Ramón Morro tiene 70 años, hace 42 que trabaja con don Angel y continúa, como el primer día, dándole forma al metal. "Acá nunca nos faltó el empleo, ni tuvimos que esperar para cobrar el sueldo", afirma.
Aún recuerda cuando ingresó. "En Colón, don Angel era palabra mayor y ya se veía que tenía un gran futuro. Le pedí trabajo y enseguida me contrató", cuenta, feliz de formar parte de este engranaje. "No debe haber un patrón como él", concluye, categórico.
Capacidad y plazos cortos
Pero, ¿cuál es el secreto para mantener esta estructura, durante setenta años, en un país tan inestable? Don Angel lo explica con sencillez: "Trabajaba con plazos cortos, nunca me endeudaba demasiado y calculaba bien cuando debía sacar la plata del banco". Más de un argentino desearía tenerlo como asesor.
Más allá del aspecto meramente económico, demostró siempre una prodigiosa capacidad para captar conocimientos y aplicarlos en los trabajos mecánicos. Una anécdota confiada por su jefe de ventas, Eduardo Cuneo, lo pinta de cuerpo entero. "El primer pulmotor que tuvo Colón, lo construyó don Angel. Como no había dinero para comprarlo, él viajó a Buenos Aires, copió el modelo y, al poco tiempo, la ciudad contaba con el aparato."
No es el único aporte que ha hecho a esta ciudad, que el próximo 30 de octubre cumplirá 112 años. Además de brindar una buena fuente de trabajo a varias familias y contribuir a su crecimiento, fundó la escuela de Educación Técnica N° 1, para que los jóvenes tengan la oportunidad de estudiar que él no tuvo. "Parte de su cultura se debe a que, desde niño, siempre leyó LA NACION", explica su amigo, Bernardo Sheridan.
También fue maestro y transmitió su oficio a varios de los actuales empresarios metalúrgicos de Colón.
Todos a su alrededor quieren aportar un elogio o un dato que refleje la grandeza de don Angel. A él, lo único que le preocupa es que se muestre a sus empleados, "a los viejos y a los nuevos". A todos los que ayudaron para que la empresa alcanzara el éxito que hoy disfruta.
Actualmente, su hijo y su nieto conducen la firma y le han insuflado los aires tecnológicos del siglo XXI. "Siempre quieren agregarle algo más", dice, mientras observa cómo funcionan las máquinas de última generación, tan diferentes a las precarias herramientas con que contó en sus comienzos.
Se lo nota tranquilo a don Angel. Como aquel que sabe que alcanzó su meta, que tanto trabajo no fue en vano y que el fruto de su esfuerzo está más vivo que nunca. Rodeado de su gente, de sus empleados, del ruido del metal, del olor característico de las soldaduras, deja que su mirada se pierda y exclama, con satisfacción: "Ahora sí, ahora está como yo la soñaba".
1
2Baja de retenciones: de cara a la siembra, los productores de trigo y cebada están entre el alivio y la cautela
3Descartan la llegada de un súper El Niño y proyectan menos heladas para el otoño
- 4
“Tenía que ser ahora”: la trastienda de cómo definió el Gobierno la baja de las retenciones y el factor que precipitó el anuncio de Milei



