Brasil arremete contra los subsidios agrícolas

Emilio Cárdenas
Emilio Cárdenas PARA LA NACION
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28 de febrero de 2004  

Ann Arbor, Michigan. La imagen global de Brasil ha crecido enormemente durante la gestión de Luiz Inacio Lula da Silva. Al revés de la nuestra. Esto ha sido así, entre otras razones, por el liderazgo que nuestro vecino asumió, con decisión, inteligencia y coraje, en la lucha contra los subsidios agrícolas del mundo industrializado.

Unos 600 millones de dólares, en Europa, Japón y los Estados Unidos, alimentan cada año el bienestar de los agricultores del Norte, a costa de la cada vez más extendida miseria de los agricultores del Sur, que -despojados de sus mercados- tienen que resignarse a contemplar cómo, además, los precios de sus productos agrícolas se deprimen en función de la sobreproducción estimulada por los subsidios.

Brasil ha tomado ciertamente el liderazgo en las negociaciones comerciales multilaterales. Allí trabaja junto a otros, codo con codo, como la India, Sudáfrica y China. Hasta ahora, con buen diálogo. Nosotros estamos desteñidos, "en algún lugar de la fila". Como nos ha sido habitual en los últimos tiempos.

Resolución de conflictos

Brasil está marcando también el rumbo en la utilización de los mecanismos jurisdiccionales para la resolución de conflictos, que provee la estructura normativa que gobierna el comercio internacional.

En uno de los casos promovidos, está demandando a los Estados Unidos Unidos -en Ginebra- con relación a los subsidios que ese país paga a sus productores de algodón. Hablamos de unos 1,54 billones de dólares anuales que los Estados Unidos dedican a subsidiar a sus productores de algodón, desde hace ya un cuarto de siglo.

Cabe recordar que los Estados Unidos son, lejos, el más grande exportador de algodón crudo del mundo. Con 2,6 millones de toneladas, conforman el 40% de las exportaciones mundiales de algodón y superan largamente (por más de tres veces) a Uzbekistán, Australia, Grecia y China, que, en ese orden, los siguen.

La presentación brasileña ha sido realmente impactante. En efecto, se basa solamente en cifras oficiales norteamericanas, difíciles de negar. Para peor, Brasil ha contratado como asesor a Daniel A. Sumner, hoy profesor de economía agrícola en la Universidad de California, que alguna vez fue subsecretario de Agricultura en el gabinete del presidente Bush (padre).

Con su ayuda, Brasil ha presentado un modelo que demuestra que los subsidios norteamericanos derivaron en una mayor producción y, consiguientemente, en exportaciones en alza, las que, a su vez, deprimieron los precios internacionales del algodón.

Sin los subsidios, sostiene Sumner, el volumen de las exportaciones norteamericanas hubiera sido un 41% inferior y los precios internacionales, en cambio, un 12,6% superiores. Un panel de tres árbitros debe decidir ahora la cuestión, lo que probablemente ocurrirá hacia mayo de este año.

Los norteamericanos han invocado, en su defensa, entre otras cosas como cabía esperar, la llamada "cláusula de paz", que hasta hace poco prohibió las acciones legales en contra de los subsidios agrícolas en el seno de la OMC.

Al haber ella fenecido, los países en desarrollo, que han estado durante muchas décadas siendo despiadadamente perjudicados por los subsidios agrícolas, pueden ahora reclamar las compensaciones del caso. En todos los frentes que tienen que ver con el agro.

Un arma importantísima es el arsenal de opciones para la defensa de sus derechos, que hasta ahora había sido hábilmente neutralizada por los países industrializados. A la que de ningún modo cabe renunciar. Ni siquiera parcial o provisoriamente.

Si el panel arbitral que está examinando el caso del algodón fallara en contra de los Estados Unidos, ese país se vería obligado a revisar, urgentemente, su política agrícola subsidiadora toda. Más allá del tema específico del algodón, ciertamente.

Ojalá sea así. Porque nadie puede oponerse a que los países industrializados subsidien a quienes quieran. Lo inaceptable es que la factura la termine pagando el mundo en desarrollo, con postergación y miseria. Es hora ya de que la tan declamada libertad comercial llegue también al sector agrícola, que podría actuar de dínamo para el crecimiento de países como la Argentina y Brasil, con claro potencial agrícola exportador.

El autor es profesor visitante, Universidad de Michigan.

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