Con la carne hay que animarse a crecer

Cristian Feldkamp
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27 de octubre de 2012  

La ganadería argentina se caracteriza por ciclos de bonanza breves, épocas malas y prolongados períodos de resultados regulares. Este comportamiento no es una cuestión de los últimos años, sino que viene ocurriendo por décadas.

Los resultados económicos oscilantes tienen un correlato en las decisiones de retener o liquidar hembras potencialmente útiles como reproductoras. Por esa razón, desde hace 40 años, el stock bovino de la Argentina se mantiene con crecimiento nulo, solamente oscilando entre años de retención y otros de liquidación.

Cuando se registra un patrón como este no es por el antojo de algún participante, sino por la estructura propia del sistema interno que no deja salir del círculo vicioso. Así, el Departamento de Agricultura de los Estados Unidos y la OCDE-FAO pronostican un estancamiento en la exportación argentina de carne bovina en los próximos 10 años. El supuesto detrás de esas estimaciones es que la Argentina va a continuar con los mismos ciclos ganaderos de los últimos 40 años: va a recomponer el stock perdido de 2007 a 2010 hasta 2016 o 2018 y luego probablemente vuelva a liquidar por no tener una política ganadera previsible.

Sin embargo, no todo permanece igual en los últimos años. Al mismo tiempo que nuestra ganadería sigue encerrada en este círculo, el mundo produjo cambios mayoritariamente positivos para el sector de la carne bovina. Más allá de la crisis europea actual, la OCDE-FAO pronostica un sostenido incremento en el comercio mundial de carne bovina para los próximos diez años, principalmente asociado a la demanda de los países emergentes.

Paralelamente, se estima que el ritmo de crecimiento de la producción de carne en los principales proveedores es cada vez más difícil de sostener. La alta demanda de carne, unida a la intensificación del comercio mundial dada por la globalización, llevó a la caída de un paradigma que en la Argentina padecimos por muchos años: pertenecer al club de los países con aftosa, lo que jibarizaba el precio de nuestras carnes exportadas. Esto se evidencia con la reducción en la diferencia pagada por la hacienda en los diferentes países: la brecha entre el precio del novillo en Estados Unidos y el Mercosur cayó a la mitad de 1995 a 2012.

De los países relevantes para el comercio de carnes, la Argentina es un país excelentemente posicionado para poder crecer en su oferta de carne bovina porque: 1) tiene los recursos naturales para sus vientres; 2) produce enormes cantidades de granos forrajeros que pueden ser transformados en proteína animal de alta calidad; 3) tiene los empresarios para hacerlo, ya que la producción ganadera es parte de la cultura argentina; 4) el salto productivo se puede generar con la adopción de tecnologías ya desarrolladas y de costo muy bajo para el productor y 5) el mundo nos ve como el país con la mejor carne del mundo, algo de incalculable valor de marketing.

El Estado es quien debe tomar la iniciativa para cambiar todos estos años de frustraciones, porque es el que debe proveer el marco institucional que garantice el cumplimiento de los acuerdos entre la producción, la comercialización, la industria y el propio Estado.

El gobierno actual tiene una oportunidad única: puede generar las condiciones de un crecimiento y desarrollo de la cadena de valor de la carne bovina por los próximos 15 o20 años sin pagar ningún costo. Los beneficios de esta opción son enormes: mejores ingresos en toda la cadena de valor, más trabajo formal con mejores condiciones, mayor arraigo en las zonas rurales, mayores ingresos de dólares para el país, aumento en la cantidad de carne y mejor precio para el mercado interno. El Estado solamente tiene que generar las condiciones para torcer los pronósticos y permitir llevar, sin nuevas equivocaciones, mayor bienestar a toda la sociedad argentina.

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