De cosechar aplausos a sembrar la huerta

Tras cuarenta años en los escenarios, Landriscina se despide del público para dedicarse a la vida de hogar
(0)
30 de abril de 2004  

Vive a pocas cuadras de la Capital Federal, pero dentro de su casa la ciudad parece lejana; se percibe un ambiente provinciano, como el de sus historias. Luis Landriscina, ese viajante de cuentos que ha recorrido el país, le puso fecha de vencimiento a la cosecha de aplausos porque quiere dedicarse a su familia y a ese entorno hogareño donde hace trabajos en madera y cultiva verduras y frutas. "Creo que estoy en edad de disfrutar algunas cosas que perdí con las giras. Perdí la infancia de mis hijos; no quiero perder la de mis nietos, y creo que hay cosas tan gratificantes como el aplauso: trabajar en mi huerta, echar la semilla y luego ver nacer las plantas."

Para Landriscina la huerta es un símbolo de valores muy profundos, es la posibilidad de retornar a la infancia de su Chaco natal. "Esto tiene que ver con la educación que me dieron en mi casa -dice con orgullo-, donde tener una huerta era una obligación. Acá, en Olivos, con un espacio muy reducido, tengo limones, una higuera, mandarinas, aloe vera, especias como tomillo, romero, laurel, y una parra de uvas blancas. Esto me conecta con la infancia y con ciertos placeres. Cuando vos necesitás algo vas y lo cortás, sabés que está ahí. Y saber que vos lo hiciste es una doble satisfacción", dice el humorista.

-¿Cómo será su despedida?

-He tomado la decisión de ir saliendo de a poco, por eso es que mi espectáculo lleva por título "Como d´entrando a salir". Cuando concluya este repertorio y recorra todo lo que tengo que recorrer del país y el exterior, se termina. Calculo que va a ser a mediados de 2005. Y me retiro porque ahora lo decido yo, cuando todavía están llenos los teatros.

-De estos cuarenta años de andar por el país, ¿qué cosas lo han marcado más intensamente?

-De los viajes, lo que más me conmovió es descubrir otros lugares, y entender maneras diferentes de ver la vida. Una vez fuimos a visitar a los parientes, españoles. Uno de ellos me dice: "Vosotros tenéis tierras en la Argentina?" -hacía poco yo había comprado una chacra en Entre Ríos-. Le dije: no..., no se puede decir tierras porque allá tener tierras es tener por lo menos quinientas hectáreas o mil, y yo tengo treinta y cuatro. Y me contestó: "¿Qué? Aquí usted junta las propiedades de todos los productores y no llegan a ese número". Ahí entendí la diferencia de lo que es ser un productor en uno u otro país.

Hay que conocer y asombrarse con el país que tenemos. Mucha gente que no entiende lo que le cuesta a un productor llegar a un producto terminado. Porque hasta que yo no conocí eso nunca valoré con respeto el esfuerzo ajeno. Un día estaba en una chacra en Río Colorado y a la madrugada empezaron a sonar las alarmas para que se levanten todos a prender estufas porque estaba cayendo la helada. Ese trabajo había que hacerlo periódicamente. Nunca había comprado manzanas con tanto respeto como después de esa experiencia. Y estas cosas te llevan a valorar y comprender la vida de la gente del campo. Por eso yo prefiero el tipo que vive en el campo y le apasiona. Lo que no se hace con pasión, no va. Las empresas grandes pueden tener maquinaria de última generación y aplicar mucha tecnología, pero esas empresas grandes a veces permiten que se deshabite el campo, y si vos no vivís el campo desde adentro... Nosotros nos quejamos de los subsidios de otros países, pero muchos lo hacen para mantener el cuerpo social agropecuario en el lugar, para que no vayan a inundar la periferia de las grandes ciudades y terminen viviendo donde no conocen para trabajar de lo que no saben.

-¿Ve diferencias entre los habitantes de pueblos o ciudades rurales y la gente que vive en el campo?

-Hay mucha gente que vive en los pueblos a la que no le interesa lo que pasa en el campo porque siente que la cosa del campo es para otros. Antes se hacían las fiestas rurales con las chicas del pueblo, y se elegía reina a la hija del agricultor, no porque caminara como modelo, sino porque era la hija del agricultor. Hoy hay gente en los pueblos que no sabe que está viviendo bien porque el campo anda bien. El campo deja de andar y el pueblo se muere. Los pueblos nuestros crecieron cuando había cosecheros que multiplicaban la economía local. En ese tiempo, las tiendas y los boliches de campo no daban abasto. Hoy no hay ni la mitad de esas tiendas.

-¿Piensa que antes la gente de campo vivía más feliz?

-Creo que sí. Porque no había este consumismo que nos hizo entrar en esa carrera del tener. Antes había un concepto más comunitario, vivíamos más integrados y éramos felices con poco sin estar lamentando no tener lo del vecino. Y esto no es conformismo estúpido, es reconocer que se puede ser rico de otra manera, no sólo materialmente.

MÁS LEÍDAS DE Comunidad de negocios

Esta nota se encuentra cerrada a comentarios

Descargá la aplicación de LA NACION. Es rápida y liviana.