Diversidad, la tendencia que se impone en los tambos

Cada país adopta el sistema pastoril o de confinamiento según su conveniencia
Carlos González Crende
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2 de junio de 2012  

¿Hay lugares en el mundo donde los tambos se vuelven pastoriles? Sí. ¿Hay lugares que tienden hacia el confinamiento? Sí. En países donde los tambos están en confinamiento. ¿Hay tambos pastoriles? También. Entonces.. ¿hacia dónde vamos? Por suerte o por desgracia, los argentinos sólo seguimos a la moda en la parte que corresponde al bolsillo, aunque no siempre.

Un reciente viaje por Inglaterra e Irlanda realizado con el apoyo de De Laval, Gapp y el Movimiento CREA, me permitió percibir el giro hacia el confinamiento que estaban viviendo los ingleses y el vuelco al sistema neozelandés que guió los últimos años a los tamberos irlandeses.

Cuatro años atrás, en California, veía tambos completamente encerrados, donde el suelo era sólo espacio para que se muevan y ordeñen las vacas.

Parece ser -y esto es sólo una conjetura - que el hecho de mandar a las vacas al potrero a proveerse de su propio alimento implica tener la parición estacionada a principios de la primavera, y podría ser que lo que impulsa esta actitud es gozar de la seguridad que brinda tener bajos costos.

¿Por qué esta obsesión de mantener los costos bajo el cepo vigilante de un sistema que limita la producción? Tanto en el caso de Nueva Zelanda como en el nuevo sistema irlandés, lo dominante es la exportación. Ambos países exportan entre el 80 y el 90% de lo que producen y las variaciones de los precios internacionales han dejado una profunda huella en su manera de pensar.

Los ingleses, que consumen más de un 60% de lo que producen, han logrado transmitir suficiente tranquilidad a sus productores para que tengan vacas de alta producción trayéndoles la comida al comedero. Saben que esto conlleva que se agranden los tambos y se achique la cantidad de ellos. De cualquier forma, la cuota de la Unión Europea les bajó el tope de 17 mil millones a 14 mil millones de litros anuales. La diferencia en producción individual entre un país y otro es de casi el doble. Los irlandeses producen 17 litros por VO-día y los ingleses, entre 25 y 30.

A los argentinos nos gusta saber dónde estamos parados. A muchos también les gusta saber cuál es la tendencia para anticiparse a ella. El resultado es que la desprotección de la producción genera alto nivel de anticuerpos en los tamberos. Seguimos pastoreando, pero usamos silo de maíz, cada vez suplementamos más y discutimos inútilmente respecto al significado de la carga.

La arbitrariedad en la relación insumo producto, sumada a la volatilidad de los mercados y sobre todo la falta de una política lechera, ha aguzado la destreza de nuestros productores a punto tal que, en materia de modelos, tenemos de todo y finamente argumentado. Exportamos poco y no tenemos ninguna cuota ni ningún subsidio.

Las instalaciones inglesas van hacia mejores establos y tambos calesita, los irlandeses se preocupan por el pasto tanto que experimentan el robot, pero la vaca que se ordeña viene de pastorear y va a pastorear.

En la Universidad de Reading recibimos tres clases. Una de ellas resulta en que el confinamiento permite alimentar a la vaca con el objetivo de tener una mejor calidad de leche. La segunda se refirió al problema de la tuberculosis, considerando que el confinamiento evita el contagio con un populoso "badger" que está protegido por los ambientalistas. La tercera, también de toque ambiental, tenía que ver con la mayor o menor producción de metano que producen los distintos alimentos. Es más fácil producir menos metano con la facilidad para el suministro de distintos concentrados en confinamiento.

En el Moorepark Research Center nos presentaron tres proyectos. Fue interesante ver que todos tenían su flujo de fondos, donde el período de repago era el lenguaje con el cual transmitir la ventaja o desventaja de cada inversión.

Los californianos, hace cuatro años, tenían el eje en el confort de la vaca y en su situación, el calor, era el exponente más significativo. Aprendimos en la Universidad de Davis mucho respecto a los efectos del mismo y los paliativos para mitigarlos. En pocos lugares de la Argentina nuestras vacas sufren tan acaloradamente.

Me quedó claro que estamos desprotegidos, pero no solos ni desamparados. Tenemos la comunicación fluida entre los productores, asesores y universidades, para discutir nuestro modelo flexible, que aprovecha al máximo el potencial productivo de nuestro clima y suelo, y nos resguarda de las variadas "tormentas" que se ciernen sobre nuestras empresas.

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