El nacimiento de un dúo literario

Susana Boragno
(0)
14 de enero de 2017  

Vicente Casares, a los 18 años, funda la Estancia San Martín, época que se debía ser gaucho entre los gauchos. La estancia, ubicada en el partido de Cañuelas, fue visitada por las personalidades que llegaban al país. En octubre de 1900 fue invitado el presidente de Brasil, doctor Campos Salles.

El establecimiento fue adornado con banderas argentinas y brasileñas. Después del almuerzo, presenció carreras de sortijas, doma de potros, etcétera. Jules Huret, periodista francés del diario Le Figaró, visitó el país en el Centenario de 1810.

Sus crónicas fueron publicadas en 1911, en el libro Buenos Aires al Gran Chaco. Visitó La Martona, la empresa láctea de Casares. Contó que "la estancia mide 7500 has y cuenta con 12.500 toros, becerras y vacas, todas lecheras y de raza holandesa y suizas...300 hombres se ocupan de ordeñarlas desde las tres de la mañana...para la fábrica de manteca compra cotidianamente 300.000 litros a los tambos de la región..."

Huret destacaba el tratamiento higiénico del establecimiento y lo comparó con la gran lechería Bolle de Berlín, "que no llega a superar a la del Sr. Casares" y donde se elabora "la lactobacilina que prepara la leche cuajada, según los procedimientos del doctor Metchikoff (sic)".

El notable biólogo ruso Metchnikoff, observó la longevidad de los habitantes en una zona de Bulgaria. Era por sus costumbres alimentarias y fue quien le dio al yogur el aval científico. Sus descubrimientos le valieron en 1908 compartir con Paul Eherlich el Premio Nobel de Fisiología y Medicina. Los primeros yogures se vendían en farmacias con receta médica. La palabra deriva del turco yogurut (larga vida).

Contaba el escritor Adolfo Bioy Casares: "Mi tío Miguel, tal vez para ayudarme...y en ese sentido acercarme a la lechería de la familia, me pidió que escribiera en 1935 un folleto con tono científico sobre el invento del yogur...mérito de un alimento búlgaro. Me lo iba a pagar 16 pesos, que era bastante para la época...Me dio bibliografía de los libros de Pasteur...Lo invité a Borges, le costaba mucho salir de Buenos Aires...pero un día se animó. Fuimos al campo Rincón Viejo de los Bioy en Pardo...Lo escribimos en un estilo que ahora resulta un poco pomposo...significó para mí un valioso aprendizaje...al lado de una chimenea donde crepitaban llamas de eucaliptos y tomando tazas de cacao una tras otra escribimos el folleto..."

Era un cuadernillo de 16 páginas con recetas y en la cubierta tenía un dibujo de Silvina Ocampo. Fue la primera colaboración entre ambos escritores. Luego siguieron con el seudónimo Bustos Domecq, apellidos del abuelo de Borges y de la abuela de Bioy, respectivamente. Un corpus de relatos que son "satíricas historias porteñas", como lo definió Ernesto Schoó.

Fue una dupla literaria de las más celebradas del siglo XX. Compartieron una amistad que se tornó en leyenda, una camaradería de muchachos que envejecieron juntos y compartieron anécdotas, confidencias, trabajo y diversión. Parte de esta historia, quien suscribe, pudo contarlas y mostrar imágenes del campo y los carritos de La Martona, entre otros, en el homenaje internacional a Jorge Luis Borges que se celebró en la ciudad de Atenas, en noviembre pasado.

ADEMÁS

MÁS LEÍDAS DE Comunidad de negocios

ENVÍA TU COMENTARIO

Ver legales

Los comentarios publicados son de exclusiva responsabilidad de sus autores y las consecuencias derivadas de ellos pueden ser pasibles de sanciones legales. Aquel usuario que incluya en sus mensajes algún comentario violatorio del reglamento será eliminado e inhabilitado para volver a comentar. Enviar un comentario implica la aceptación del Reglamento.

Para poder comentar tenés que ingresar con tu usuario de LA NACION.

Descargá la aplicación de LA NACION. Es rápida y liviana.