
Situación de trabajo y hecho social en la que los hombres dan lo mejor de sí y las familias disfrutan del espectáculo
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Han pasado algunos años desde que vendimos el campo en el norte de Córdoba, cerca de Cruz del Eje, que se llamaba "Los Charcos".
El nombre nos pareció curioso en una zona tan árida como esa, tiempo después descubrimos que los monzones del verano traían formidables lluvias que formaban, en depresiones a la entrada del campo, los charcos.
Eso me alentó a pintar ranitas en la tranquera que encantaban a los vecinos. Recuerdo ese campo con nostalgia y a veces vienen a mí hechos que sucedieron allí como rodeos y yerras que implicaban la movilización de todos los elementos de la estancia.
Creo, sin dudar, que el rodeo y la yerra eran los principales momentos que se vivían en Los Charcos.
Ese día se reunía una gran cantidad de gente (vecinos, amigos, curiosos), para presenciar la yerra. Se contrataba el servicio de algunos peones especializados, y también venía el veterinario para vacunar a las reses.
Marcar las crías de ganado se hacía todos los años en otoño; podía hacerse en rodeo o en corral. En Los Charcos se hacía en el corral, allí se reunían a las reses y se las iban pasando una a una por la manga, y de la manga pasaban a la playa o terreno plano donde se iba a marcar.
Una vez que salía el animal de la manga, un hombre los pialaba y maneaba, mientras otro apretaba al ternero para presentar la pata izquierda donde se iba a aplicar la marca. El fogón donde se calentaban las marcas era atendido por el fogonero, y las marcas de hierro salían al rojo vivo, para ser aplicadas sobre la pata del animal, produciendo una cicatriz profunda. Esa será la marca que los distinguirá de otros ganados. Para que el animal llegara al corral previamente se había hecho el rodeo, para el cual se preparaban las cabalgaduras y los lazos. El rodeo era un verdadero torneo de valor y de fuerza, de habilidad y de elegancia.
La destreza del hombre, la baquía para el trabajo, el vigor, el pulso, la vista, la preparación del caballo, el estado de la hacienda, todo esto era valorado y medido para el inicio del rodeo. El caballo tiene un valor infinito para los hombres de campo de todas las regiones.
Es el caballo medio de vida, elemento de trabajo, causa de orgullo, exponente de técnica, cuando no aviso de peligro o de cambios climáticos. También el caballo es el destinatario de la artesanía mas primorosa que enorgullece a sus dueños, que en estas fiestas de rodeo y yerra, hacen ostentación de monturas, lazos, cabestros, rebenques, además de las prendas personales del gaucho como rastras, ponchos, facones, y otros detalles como pañuelo al cuello, sortija para sujetarlo, sombreros aludos y lo que cada región imprima a la vestimenta gaucha.
La cría, la doma y el trato cotidiano, la manera de llamarlo y hasta los premios de palmadas cargados de afectividad hacen del caballo el inseparable compañero del hombre de campo.
La yerra o marcación de ganado además de ser una fiesta de baquía y entrenamiento tiene un sentido social. Para ella se reúnen actores y espectadores que se relacionan entre sí observando y comentando el suceso.
No es extraño al día de la yerra que se acompañe al medio día de un buen asado con vino de la región, o unas humeantes empanadas horneadas en el horno de barro de la casa principal.
Tampoco sorprendería que algún visitante desenfundara una guitarra para tocar un valsecito, un gato o un chamamé, y la fiesta de la yerra culminaría quizá al anochecer, hora en que los participantes regresarían a sus casas con el corazón henchido de felicidad.
En todos los casos el rodeo y la yerra se destacan como verdaderos torneos de valor y de fuerza, de habilidad y de elegancia; cada tiro certero del lazo, cada pial feliz, no valen para los observadores experimentados solo por el acto en sí, sino por la coordinación armoniosa de una serie de factores.
También recuerdo de los tiempos que pasé en Los Charcos las fiestas y ferias locales. Las fiestas eran religiosas, la semana santa o el bautismo de los nacidos en ese año. Eso implicaba abrir la pequeña capilla, adornarla y esperar la llegada del sacerdote que venía dos veces a1 año a la zona. El día señalado aparecían docenas de sulkys con matrimonios e hijos trayendo al último de ellos para el bautizo. Y después de las ceremonias la gente socializaba y se entretenía con juegos de sortijas, tabas, bochas, cuando no carreras cuadreras.
Alrededor de la Capilla había mujeres vendiendo rosquillas, empanadillas de dulce, turrones o quejadillas. Otras ofrecían velas o estampas religiosas. Esos eran días recordables para los pobladores de la zona.
Diversiones limpias, para gente sana, alegre, laboriosa, inocentes entonces. Buena gente de campo.






