Infatigable tropillero pampeano

Un campo de doma y jineteada lleva el nombre de Reinaldo Urrute, reconocido hombre de a caballo
(0)
22 de junio de 2002  

Desde 1973 se realiza en Ingeniero Luiggi, La Pampa, la Fiesta del Caballo, con jineteada y espectáculos folklóricos de jerarquía. El Club Costa Brava, que la organiza, le puso al campo de doma el nombre de uno de los mentores del encuentro inicial, Reinaldo Urrute.

Este hombre, nacido en Tapalqué, provincia de Buenos Aires, tuvo su primer caballo a los 5 años y lo apodó Arbolito. A los 12, con tercer grado aprobado, comenzó a trabajar en estancias del interior pampeano.

Encaró todo tipo de tareas rurales: matar y cuerear ovejas, salar y estaquear los cueros frescos, ordeñar, encerrar y atar los caballos... Después aprendió a jinetear.

Siguió los consejos de los paisanos con los que trabajaba, aprendió a usar el recado como cama y a pasar noches a la intemperie. Lo enviaron a hacer el servicio militar obligatorio a Neuquén. Fue soldado talabartero. Castigado, por aguantar al "bayo", se jugó la baja.

El joven Urrute ensilló con montura el caballo que, según recuerda "era muy bellaco", y usó un cabestro a modo de rebenque. Sin aflojar, se prendió al animal, que al cabo de varios minutos se entregó.

Desde entonces, la vida de este descendiente de vascos está ligada a los caballos. Había aprendido de su padre lo transmitido por un indio viejo: "Para amansar un potro, hay que tener paciencia y constancia.Y no pegarle por ninguna causa. Conversarle y acariciarlo por todas partes para que pierda las cosquillas, el miedo y la desconfianza".

De viaje en viaje

Urrute amansaba caballos y aprovechaba para hacer algún arreo en la provincia de Buenos Aires, en una época en que se debían trasladar los rodeos con mucha frecuencia por la gran sequía.

En un campo cercano a San Bernardo conoció a una mujer viuda con cuatro hijos, con la que se casó en 1952 y tuvo dos niñas. La primera de ellas falleció al nacer y la segunda, cuando tenía 7 años.

El hombre enfermó de angustia. En un viaje hacia La Pampa -que eligió para posar su mirada en otro horizonte- encontró, después de veinte años, ocho caballos overos que habían pertenecido a la tropilla de Iturralde y con la que había desfilado en fiestas gauchas.

Cuando cuenta la anécdota Urrute dice que le dio "una alegría bárbara verlos. Estaban muy viejos y bichocos; les pegué un chiflido, levantaron la cabeza, se dieron vuelta y de a poco fueron formando hasta que se quedaron mirando". En la estancia El 25 fue tractorista y sembrador, pero vio una yegua de pelaje gateado y la amansó.

Comenzó, entonces, a formar una tropilla. Con La Sureña recorrió toda La Pampa y varias provincias vecinas.

Pasión de toda la vida

Urrute confiesa que la tropilla fue para él una pasión, que nunca la tuvo para buscar rédito económico. "Yo la tenía porque me gustaban los caballos, me gustaba andar y conocer gente", dice.

Fallecida su esposa, Reinaldo Urrute mata las horas trenzando tientos. "No soy de salir de noche ni de ir a boliches. No tomo ni juego. He andado mucho y jamás he tenido una pelea. No entré en la comisaría más que para resolver algún trámite." Suele ir al campo con amigos porque no podría sobrellevar la vida sin caballos. "Para mí, el caballo es todo: el amigo, el compañero..." Piensa en voz alta: "De tropa en tropa, de jineteada en jineteada y tanto al paso como al galope, el caballo es una bella expresión de libertad".

La estampa de criollo de Reinaldo Urrute, hombre de coraje respetado por todos, está enraizada para siempre en tierra pampeana.

En el aire provinciano se cuela el sonido de un cencerro y en los ojos del paisano pasa rauda una tropilla. Es un destello y toda su vida queda resumida en la memoria.

Esta nota se encuentra cerrada a comentarios

Usa gratis la aplicación de LA NACION, ¿Querés descargala?