La alfalfa sembró un mojón en la historia agrícola

Fue el centro de la transformación argentina a partir del siglo XIX
Susana Boragno
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30 de marzo de 2013  

Los propietarios del siglo XIX carecían de los medios técnicos para explotar debidamente sus tierras. El país se caracterizaba por tener grandes latifundios. La alfalfa cumplió entonces un rol muy importante dentro de la economía agrícola y sirvió para impulsar la ganadería. Una vez inventada la refrigeración para el transporte marítimo se creó la necesidad de tener, en forma continua, buenas carnes para la exportación. Había que mejorar las razas y se necesitaban praderas artificiales, porque los pastos naturales eran duros y no bien asimilables para los animales mejorados. Se despierta un frenético interés por los alfalfares.

La exigencia de campos enfalfados enfrenta entonces a los ganaderos a solucionar el problema, que se resuelve de una manera muy interesante. La tierra era entregada a inmigrantes que recibían semilla y en alguna oportunidad útiles de labranzas. Cultivaban cereales y pagaban el alquiler con una parte de la cosecha. En el último año del contrato sembraban alfalfa conjuntamente con otros granos. Terminada la recolección, el propietario disponía de una tierra que había sido arada repetidas veces y estaba preparada para recibir el ganado. El afluente inmigratorio facilitó el proceso y ayudó a la convivencia entre la agricultura y la ganadería.

El ejemplo fue tomado del hacendado Benigno del Carril, quien en sus campos de Rojas, había mejorado su ganado con poquísimo dinero. Dividió la tierra en potreros alambrados de 1600 a 2000 Has. Luego la subdividió en lotes amojonados y numerados de 200 hectáreas, sin alambrado intermedio que arrendó a chacareros italianos, a $ 4 la hectárea por el término de tres años, con obligación de dejar el terreno sembrado con alfalfa al finalizar el contrato. Del Carril obtuvo 1700 hectáreas de alfalfares, al ínfimo costo de diez pesos por cuadra. Esto adquiere el nombre de sistema por mediero y es adoptado al pie de la letra, por todos los ganaderos. Estos cultivos combinados refinaron masivamente los rodeos de vacunos, haciéndolos apetitosos al paladar europeo.

Se comprobó con asombro, que también se daba en zonas arenosas. Los alfalfares se desarrollaron en el oeste de la provincia de Buenos Aires y el sur de Córdoba. Se sembraron mares de trigo y de alfalfa. Dos términos estaban asociados: cultivar y enfalfar.

La zona se extendía, pero se contaba con el ferrocarril, para el traslado de la hacienda gorda. El Ferrocarril Sud, tenía una estación que se llamaba lo mismo que el pueblo: Alfalfa. Estaba entre las estaciones Dufaur y Pigüé. El lugar se caracterizaba por buenos pastos y abundante agua. A partir de 1896, pasó a llamarse Estación Saavedra. Sólo un arroyo que cruza la zona, mantiene el nombre de Alfalfa.

El presidente Julio A. Roca, que estaba al tanto de lo que ocurría en el país y en el mundo decía: "Alfalfa sí, todo lo que se pueda". En 1881 se había convertido en estanciero, cuando la Legislatura bonaerense, después de su exitosa campaña al desierto, le donó la estancia La Larga de 20 leguas, hoy Partido de Daireaux. Era militar, presidente y ahora hacendado.

A Jules Huret, periodista destacado del diario Le Figaró, de Francia, se le comisionó para visitar el país en el año 1910. Destaca enfáticamente la importancia de la alfalfa. De sus crónicas se extrae que Manuel Cobos poseía 90.000 ha de alfalfares para engorde de su ganado. Los campos sembrados de alfalfa incrementaban de 10 a 15 veces su valor... "todos los días se forman compañías y sociedades para emprender... explotaciones análogas..."

Hoy la alfalfa no ha perdido ese rol articulador entre la agricultura y ganadería. La tecnología en forrajes está en su apogeo y la calidad es un elemento clave, para lograr una mayor productividad. La historia permite rescatar su desarrollo, en este importante proceso de transformación.

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