La granja de George

A pesar del discurso por el libre mercado, los Estados Unidos aumentan los recursos para subvencionar a sus productores
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25 de agosto de 2001  

La situación no deja de ser pintoresca. Durante el mes de sus vacaciones, con el sombrero blanco de cowboy, el jean gastado y las omnipresentes botas tejanas, el presidente George W. Bush jugará a ser un ranchero más mientras continúa manejando los destinos de gran parte del planeta.

Disfrutará a pleno de las delicias de una vida rural que se respalda en gran medida en miles de millones de dólares disponibles para programas de emergencia y ayudas directas destinados a los productores norteamericanos.

Las 650 hectáreas de Praire Chapel ubicadas a pocos kilómetros del pueblito de Crawford en el centro de Texas y adquiridas por Bush (h.) hace casi dos años, pueden producir, pese a sus temperaturas extremas de invierno y verano, trigo, maíz, criar terneros y recibir de paso a altos dignatarios extranjeros.

A pesar del personal del servicio secreto, responsable de la seguridad presidencial, del Marine One, el helicóptero listo para llevar en pocos minutos al presidente al aeropuerto de Waco, este rancho texano no escapa a las generales de la ley. Y lo mismo ocurre con su dueño.

Como buena parte de los productores norteamericanos, George W. Bush es un farmer part time. Sea porque la escala de su explotación le impide una dedicación a tiempo completo o porque la administración en Washington le quita demasiado tiempo, la cuestión es que forma parte de una estadística en crecimiento.

Sirva como ejemplo lo que ocurre con la ganadería: el 91% de los establecimientos tiene menos de 100 vacas y según los análisis económicos sólo se solventa la dedicación exclusiva de los dueños con un mínimo de 200 vientres.

Esto explica en parte la cantidad de tranqueras con candados que se observa al transitar las rutas interiores del medio oeste norteamericano.

También en cuanto a la edad, Bush (h.) está en consonancia con sus vecinos.

Los 55 años recién cumplidos del primer mandatario de los Estados Unidos no son demasiada diferencia con los 60 años que llevan a cuestas el promedio de los productores tejanos. Este dato revela que la juventud no está ansiosa por buscar oportunidades en el agro y apurar los recambios generacionales.

Y al igual que otros ranchos, esta Texas White House, como muchos ya denominan a la propiedad del presidente Bush, comienza a tener un valor de esparcimiento superior al meramente productivo.

Aunque el centro de Texas no sea exactamente un paraíso visual, siempre se encontrarán atractivos para los jóvenes profesionales urbanos con alto poder adquisitivo como la tranquilidad, el canto de los pájaros o hasta el clima seco si es necesario argumentar una venta complicada.

Esta tendencia es la que permite, por ejemplo, que un rodeo de vacas pastoreando una colina tenga para algunos de estos nuevos propietarios un valor escenográfico superior a cualquier razonabilidad económica.

Por supuesto que no hay forma de entender este fenómeno si no es por el creciente poder económico existente en las ciudades. Y los cambios en la vida rural se tornan inevitables cuando el hombre urbano sale de paseo por las autopistas y contrasta su virtualidad con las sencillas maravillas del mundo natural dejando escapar algunos dólares de sus bolsillos.

Alquilar predios para esparcimiento o lagos para pescar son operaciones cada vez más habituales a las que los productores comienzan a sacarle el jugo.

Estas anécdotas que comienzan a tomar cuerpo para transformarse en costumbre hablan de una realidad apenas oculta: el farmer se ha empobrecido con relación al resto de la sociedad norteamericana.

Guerra de subsidios

El remedio aplicado por los Estados Unidos a esta situación es el subsidio y toda la gama de herramientas que evitan la competencia franca.

Este sistema de protección, sostenido en parte por el esfuerzo de los "carpinteros y plomeros" norteamericanos, evita un desequilibrio mayor que termine por hacer desaparecer el estilo de vida rural, parte sustancial del espiritu del país del norte.

La hiperactividad del presidente Bush en el manejo de la motosierra con la que sale fotografiado por la prensa en estos días de granjero expresa el sentir de buena parte de la población.

Nunca, con la enormidad de los recursos de la economía norteamericana, se le soltará la mano al agro sometiéndolo a las libertades y penurias del mercado.

La red de seguridad que tienen los farmers está compuesta básicamente por créditos subsidiados a la exportación, programas de emergencia y en menor medida subsidios directos a la exportación.

Aunque para los norteamericanos los créditos subsidiados no se deben tomar como subsidios lo cierto es que son extraordinarias las facilidades de pago que otorgan a sus productos agrícolas exportables.

Este tipo de créditos tienen plazos que pueden llegar a los diez años, cuando lo usual en el caso de productos perecederos son 180 días, con una tasa de interés Libor o muy cercana en la que no se toma en cuenta el riesgo del país al que se exporta.

La Unión Europea intentará en las próximas negociaciones de la Organización Mundial del Comercio asimilar estos créditos garantizados de los Estados Unidos como subsidios a la exportación.

Pero conviene saber que la politica comercial agrícola de los Estados Unidos también incluye como elementos contaminantes del libre mercado a un férreo aunque solapado proteccionismo de su mercado interno.

El mismo se expresa mediante los laberintos de una burocracia armada de reglamentaciones que somete el ingreso de productos a años de peregrinaje. Y esto es tan literal como que cumplir todos los requisitos de un proceso de apertura del mercado norteamericano puede durar más de seis años.

En esto sobran los casos como el de los cítricos, leche, miel, maní, como para saber que más que fallas de un sistema se enfrenta un sistema perfectamente establecido.

En palabras de Gustavo Idígoras, director nacional de Mercados de la Secretaría de Agricultura, Ganadería, Pesca y Alimentación (Sagpya), "no se prohíbe el ingreso de productos, pero se los desalienta con trabas de todo tipo. A pesar de tener aranceles bajos de importación, en el orden del 9 por ciento, en la práctica efectúan una política más que restrictiva. Un trámite de ingreso de mercadería puede durar años y esta expuesto a todo tipo de lobbies".

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