
Para el Chaqueño Palavecino, su origen humilde en el chaco salteño no fue un impedimento para alcanzar su objetivo y convertirse en un referente del folklore nacional
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La relación que existe entre este cantor y el público no se extingue en el simple acto artístico, va más allá. Su origen humilde en el monte del chaco salteño, donde la vida es plena pero nada sencilla, no pasa inadvertido para quienes lo siguen. Tampoco resulta casual para ellos que conozca como pocos la verdadera implicancia de la palabra trabajo. Cosas en común, eso es lo que tienen el Chaqueño Palavecino y su público. Y son, justamente esas cosas en común, las que distinguen la particular comunión que se afianza entre ellos con el paso de los años y que trasciende los escenarios.
"Todo esto me sorprende; por venir de donde vengo y por estar donde hoy estoy. Cantar, poder expresarme ante el público, bien o mal; criticado o admirado, es una bendición de Dios. Yo digo que El me ha dado un mensaje y ha de ser por algo. Por ello disfruto cuando puedo alegrar a la gente, eso es muy lindo", cuenta a LA NACION Oscar Esperanza Palavecino, conocido popularmente como el Chaqueño.
La historia de vida de este cantor salteño comienza el 18 de diciembre de 1959, en el paraje Rancho El Ñato, departamento Rivadavia, cerca del límite entre la Argentina, Bolivia y Paraguay. Junto a Estela, su madre, y a tres hermanos eran parte de los criollos que convivían con las comunidades de aborígenes de las etnias wichi y chorote. En la espesura del monte sobresalían las pequeñas casitas de adobe, donde la humildad no le impidió vivir una infancia feliz.
El trabajo era causa común en la familia, del más chico al más grande. "Con 6 años acompañaba a mi hermano de 14 que iba a hachar quebrachos. Yo me encargaba de prepararle el mate cocido y de limpiar los quebrachos. La paga era poca pero uno era feliz igual", relata con añoranza. Combinado con la asistencia a una escuelita rural, donde, según cuenta, "la maestra, porteña, daba la vida por su vocación", ayudaba con los quehaceres del campo. "Teníamos algunas vaquitas y una huerta. Allí una de mis tareas era correr a los loros que se venían a comer los choclos que tanto nos costaba producir. Hacíamos cualquier cosa para espantarlos", dice.
Con 9 años parte hacia Tartagal por los problemas de salud de su madre que padecía cáncer. "A la ciudad llegamos con mi madre enferma; sin plata; con parientes pobres, y mis hermanos sin estudios, porque tenían que trabajar. Ahí agarré un cajoncito y comencé con el oficio de lustrabotas. Al mismo tiempo vendía empanadas casa por casa". Por la mañana asistía a la escuela y por la tarde trabajaba. Sus tareas se fueron sucediendo hasta que llegó a ser lavacopas. "Eso era un lujo, porque uno ya podía comer un sándwich de miga".
Luego de la muerte de su madre, cuando él tenía 17 años, dejó Tartagal y se fue para Salta capital a vivir en la casa de una tía. "Al segundo día, mi tía me dejó clarito como eran las cosas, me dijo: «Acá hay que trabajar». Ante la firmeza del mensaje conseguí trabajo como ayudante de camionero; hacíamos el reparto de garrafas. Así, de a poco fui aprendiendo el oficio de camionero", asegura. Al poco tiempo debió cumplir con el servicio militar y a su regreso logró ponerse al frente de un camión. "Ahí sí que me sentí un privilegiado, porque no cualquiera ascendía de ayudante a camionero", relata con orgullo.
Una vida con la música
La música siempre estuvo presente en su vida. "Desde la panza de mi madre traigo el gusto por la música. A los que venimos de aquella zona del monte salteño se nos llena el alma cuando escuchamos templar un violín. Nuestra música tiene una fuerte influencia de Santiago del Estero, por ello cantamos chacareras y coplas, con violín y bombo, nada más".
El Chaqueño cuenta que el deseo de convertirse en cantor empezó a latir en su interior cuando llegó a Salta capital, donde tomó contacto con las tradicionales guitarreadas y conoció las zambas de Los Chalchaleros y Los Fronterizos. Sin embargo, su espíritu inquieto lo llevó nuevamente a Tartagal, donde comenzó a trabajar de colectivero para la empresa Atahualpa, donde permaneció 10 años, desde 1983. En esos años formó parte del grupo Pilcomayo Tres, para luego pasar a Los del Pilcomayo.
Pronto se dio cuenta que era momento de largarse sólo al ruedo y comenzó a formar su propio conjunto. "Hice varios intentos pero costaba; es que no teníamos instrumentos, tocábamos con instrumentos prestados". Con absoluta sencillez recuerda que a la peña en la que cantaba iba el director de la cárcel local. "Este hombre se fue haciendo amigo y le conté que teníamos problemas con el violinero, que no tenía violín. Entonces él me ofreció un violín que era de uno de los presos. Lo sacábamos de la cárcel los viernes y lo devolvíamos el lunes".
De a poco, su nombre comenzó a volverse habitual en las peñas del norte salteño y en el chaco boliviano. En 1987 y 1989 grabó sus primeros cassettes ("Pa´mis abuelos esta zamba" y "Pal´tío Pala"). Sus presentaciones las combinaba con el trabajo de chofer que, a partir de 1993 cumplía en la empresa La Veloz del Norte. "Me bajaba de un escenario a las 4 de la mañana y ya estaba pensando en llegar a Salta porque tenía que salir con el micro. Me llevaba la ropa, me vestía en la terminal y salía para Buenos Aires. A veces mis compañeros me decían: «Deja que yo manejo, dormí vos». Todos me hacían la gamba y yo de eso no me voy a olvidar nunca. También había otros que protestaban, pero eran los menos".
En 1997, con su trabajo "Salteño Viejo" llegó el reconocimiento del público y, a su vez, terminó la vida de chofer. Enseguida llegarían el espaldarazo de Horacio Guarany, que lo presentó como su sucesor en el Festival de Jesús María y la consagración en Cosquín, todo en 1998. De ahí en más, el camino del cantor se ensanchó y los escenarios se multiplicaron. De igual modo que se acrecentó el afecto de su gente.
"Siempre digo que quien quiere dedicarse a algo debe buscar ese algo con sacrificio y trabajo. No hay que admirarse de la suerte, ella puede venir, pero hay que acompañarla muy mucho", aconseja.
Una vívida imagen del pago salteño
Su estampa sobre el escenario ya es una marca registrada. Buena parte de su repertorio está dedicado a la vida en el monte, con alegrías y tristezas, y a la mujer, como el clásico "Amor salvaje", del álbum "Salteño Viejo" que lo catapultó a los primeros planos del folklore argentino. Su voz conserva la rusticidad del monte que hizo carne en él. "Así se canta en mi pago", suele decir cuando le preguntan por su forma de entonar. Del Pilcomayo, río que lo vio nacer, asumió el carácter inquieto de sus aguas. El Chaqueño es, en suma, la vívida imagen de su pago salteño, agreste pero receptivo.
-Músicos de la talla de Horacio Guarany le han brindado su apoyo, ¿qué le genera eso?
-Alegría. Yo soy un seguidor de Guarany, el verdadero cantor popular. También del Chango Nieto, que es de mis pagos. De ellos tomé cosas, no el estilo. Por ejemplo del Chango Nieto tomé el bandoneón y de Guarany, las guitarras.
-¿Por qué mantiene el uso de las ropas de gaucho?
-Muchos sostenían que las pilchas gauchas ya no iban para cantar folklore. Ahí yo me puse el sombrero más adentro. A veces venía a Buenos Aires y me decían que cantar "disfrazado" de gaucho ya había pasado de moda. Eso para un criollo es una ofensa, pero a la vez nos daba más fuerza para seguir adelante, para llegar donde hoy estamos con mis músicos. Todo lo que he tenido que pasar ha sido una enseñanza de vida.
-¿Cómo define la relación que lo une con su público?
-Es como misteriosa. Recuerdo que en una ocasión una mujer, luego de un recital, me pedía llorando que le diera la bendición a su hijo. Yo le dije que no era cura para hacer eso, pero tal fue la insistencia de la mujer que tuve que acceder a su pedido, tras lo cual se fue tranquila. También me ha sucedido encontrarme con una mujer que me dijo: «Chaqueño, estoy muriendo, tengo cáncer y te he venido a ver por última vez». Cosas dolorosas, también para uno.
En junio y diciembre de cada año el Chaqueño organiza recitales en su pago para recaudar fondos para las escuelas rurales y los hospitales. "Hoy vivo de la música y me gustaría devolverle a la música lo que ella me ha dado ayudando a las escuelas y a los hospitales", asegura.
-¿Qué cosas le dan alegría?
-Abajo del escenario, juntarme con un gaucho y ensillar un caballo; la familia; estar con amigos, las cosas sencillas.





