La vida de los remates feria

Héctor Manuel Bordagaray
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17 de septiembre de 2016  

Hace ya muchos años que quería escribir algo para recordar a alguien que fue un actor importantísimo, casi diría que fundamental, para la economía de los pueblos y las ciudades del interior, sobre todo en la Provincia de Buenos Aires: el consignatario de hacienda, popularmente conocido como "el feriero". Por aquello de los remates feria que organizaba todos los meses.

En la mayoría de los casos, las instalaciones feria, eran propiedad de la Sociedad Rural del lugar, que la alquilaba. Pero también había lugares con dos y hasta tres ferias debido a que algunas casas martilleras, a lo largo de los años, llegaron a dar remates en sus "Instalaciones propias", tal como anunciaba el cartel de publicidad del evento, en donde resaltaba el nombre del consignatario, la fecha del remate y la cantidad y tipo de hacienda a subastar.

Cada casa, daba un remate mensual, por pequeño que fuera el pueblito, y cada dos o tres meses, un importante remate especial de invernada. Cada feria tenía entre 120 y 200 corrales, hoy muchos de ellos desarmados o destruidos.

El encierre empezaba en el corral número 1, con vacas gordas, para terminar con vacas de conserva y los toros desechados que se vendían al kilo vivo. Luego se comercializaba la invernada, para finalizar con la hacienda de cría. Era común que al final, hubiese capones, ovejas, corderos y caballos de andar o para el "tacho" es decir para faenarlos.

Mientras se vendía la invernada, un empleado, con la ayuda de peones a caballo, pasaba por la balanza todo lo vendido al peso. Al comprador, por cada lote, se le entregaba una boleta que se hacía por triplicado y tenía un papel carbónico rojo o verde, cuya impronta se quedaba pegada en los dedos o en la ropa, por varios días. Por último se confeccionaban las guías que amparaban la hacienda que salía del partido y para las que quedaban dentro, se hacía un certificado de venta, donde al igual que en la guía de traslado se dibujaban las marcas y se ponía la cantidad y el destino.

Mientras alguno controlaba la carga de los camiones y la salida de las vacas, los demás se iban al escritorio. Allí, mientras uno pasaba los kilos a los frigoríficos, otros tres o cuatro terminaban de liquidar los números del remate. Al otro día, bien temprano, se confeccionaban las facturas, que eran copiadas en el copiador de los trapos húmedos y la prensa. Posteriormente, en la tarde temprano, mientras el pueblo siesteaba, el cadete ensobraba, estampillaba y las llevaba en bicicleta, al correo.

La figura preponderante y más solicitada de una firma martillera era precisamente, el martillero. Era la persona de consulta y éste, atendía de la misma manera al estanciero de dos mil hectáreas de campo que al que tenía 15 vacas arrendadas en una chacra.

Cuando alguna escuela organizaba una rifa, al primer lugar que iban a vender era a las casas de remates y seguro que, al menos, un par de talonarios vendían. La función social se extendía a que en diversos casos, muchos chicos y jóvenes de los pueblos y del campo circundante, pudieron estudiar gracias a las becas que desinteresadamente otorgaba el "feriero".

Valen estas palabras para todo ese gran número de personas que forjaron con su trabajo una realidad que se cristalizaba en todos y cada uno de las ciudades y pequeños pueblos del interior en donde hubiera una casa de remates feria. Ésta era un auténtico pilar de una sociedad que todavía apostaba en serio por los desarrollos regionales y por la identidad de nuestro campo.

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