
En el interior son innumerables los dichos inspirados en la entrañable relación del jinete con su pingo
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PINAMAR.- Tratar una vez más la relación del caballo con el hombre de campo suena a cosa repetida, acaso aburrida. No lo es, sin embargo, para los que persistimos en el cariño por esas cosas viejas, entre las que es característica esa amistad a rienda suelta entre el gaucho y su cabalgadura.
Inseparables desde los albores de la historia, fue tan fundamental la importancia que adquirió para el criollo ese entrañable compañero que se le metió en el lenguaje y contribuyó a dar claridad a conceptos que de otra forma ese hombre rústico no hubiese logrado expresar. Porque son innumerables las expresiones que están relacionadas directa o indirectamente con el caballo, su pelaje, el apero, etcétera.
Difícilmente, por ejemplo, encuentre mejor manera de describir la momentánea reacción violenta de alguien si no es diciendo que "hinchó el lomo". O la exagerada e imparable verborragia de otro sin traer a las mientes aquello de que "mordió la pata del freno". Una inesperada reacción es "patear el estribo". Si cuesta hacerlo callar es "duro e´ boca", y si su enojo excede los límites de la sensatez es que "perdió los estribos". A menudo se apoya el lenguaje criollo en el caballo para completar la descripción de un semejante, acaso medio "pasuco pa´ caminar" o si no medio "lunanco".
Si las dificultades ambulatorias del hombres son ya notorias se lo señala como "bichoco". Cuando uno encanece se vuelve primero "moro", después "tordillo". Si la mocita del pago genera alguna duda sobre su moral se dice que es "floja e´ cincha".
Como vemos, es siempre el caballo: el hombre de la llanura no podría precisar la profundidad de un río, de un arroyo o de una laguna si no contara con una referencia equina. Aunque el dato parezca ambiguo, una forma de describir la profundidad de un curso es según la siguiente escala: "al garrón", "a la barriga", "al encuentro", "al medio costillar" y "lavando el anca". Valido de ese código, el paisano tienen la certeza de que el criollo entendido ha quedado perfectamente informado de la cantidad de agua por vadear. Muy precisa es la mención al flanco o lado de un animal, o aun de ciertos objetos complementarios, cuando se habla "del lado de montar" o "del lado del lazo".
Modismos coloquiales
Las expresiones que usan al caballo y al apero para vestir el lenguaje y reforzar los conceptos son tan gráficas y claras que han trascendido las áreas rurales y aparecen en boca de gente de ciudad como aquello de "desensillar hasta que aclare", o "no cambiar de caballo en medio del río", especialmente adoptadas por los políticos, fascinados por las metáforas con sabor a pueblo, lujo idiomático al que los reticentes llaman demagogia. El caballo, su pelaje, el apero, nutrieron el vocabulario del pueblo, su folklore y su literatura: el poeta uruguayo Carlos López Terra describe el maravilloso fenómeno de lo cotidiano con la complicidad del pelaje figurado: "Alazán es el día, / rosilla el alba, / la oración azulejo; / la tarde es baya".
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