
Este texto mereció el primer premio en el concurso Rincón Gaucho en la Escuela, por el nivel secundario; el autor buscó testimonios y recorrió la antigua zona de desmonte
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El oficio del hachero en mi pago empezó cuando el doctor tucumano Américo Defilippi compró un campo arriba de la Villa de Alijilán, en el este de Catamarca. El trabajo era pesado, nuevo entre los pocos que se podía encontrar en esta zona yungana, un medio para ganar unos pesos allá por 1940. Familias tucumanas, santiagueñas, de nuestro pueblo y de otros cercanos, trabajaban entre la seca y espesa vegetación de quebracho, algarrobo, mistol y garabato en los montes de Ruminoque y La Cañada.
Los trabajadores golondrinas traían su familia y la herramienta -el hacha-, a los lugareños, en cambio, el patrón se la entregaba. Todos vivían en el monte. Para facilitar el trabajo algunos se asociaban en grupos de cinco y desempeñaban distintos papeles: el de picador, el de rodeador, que con una zorra tirada por el buey hacía un semicírculo con la leña que sería llevada al camión, y el que separaba la leña según su uso (garabato, quebracho blanco, mistol, para carbón; quebracho colorado, cebil, algarrobo, para durmiente y parqué, guayacán y quebracho para tabiques, que se utilizaban en la fabricación de ladrillos).
Hasta madera para la escuela que construyó Perón en Alijilán y la escuela de Manantiales se sacó de los montes. La leña era vendida en los ingenios tucumanos de Aguilares, Alberdi, La Trinidad, Concepción y Nuñorco, y en las panaderías.
Don Fidel recuerda algunos viajes en el camión de Manuel Gallo: "¡Qué tiempos aquéllos! ¿Y los mangos que nos pagaban? Ganábamos poco. Por día 4 pesos, 3 pesos por metro. Convenía trabajar por tanto, los que más hacían la guita eran los santiagueños, ¡aguerridos, duros como el quebracho para el hacha! Talábamos el árbol al atardecer, así el rocío humedecía la madera. A la mañana troceábamos los troncos y los quemábamos. No se talaba a la mañana para que la madera no se secara porque al quemarla se prendía rápidamente, haciéndose brazas y luego cenizas, con las pérdidas consecuentes".
Los hacheros vivían en ranchos de lona y troncos. Con éstos también fabricaban mesas y bancos. Trabajaban todo el día. La comida y el agua las llevaba el patrón a los que estaban solos; en el caso de los que tenían familia, sus hijos o su esposa les acercaban los alimentos.
Cuenta don Maza: "A la mañana tomábamos el mate cocido, al mediodía la comida y a la noche cocinábamos. En los días de mucho calor esperábamos en el montecito hasta que bajara el sol. Cuando nos enfermábamos, según la gravedad, nos llevaban a la Sala de Primeros Auxilios de Alijilán o al Hospital de Concepción, en Tucumán, a unos cien kilómetros. Llegamos a ser entre cincuenta y sesenta hacheros, según la extensión del desmonte".
Don Angel recuerda a su compañero artista, El Urbano Maza. Siempre andaba encontrándoles forma a los troncos. Tallaba con el hacha, mesas, bancos, bateas, morteros, hasta animales raros. Algunos se parecían a pájaros y caballos, los niños jugaban con ellos.
Decidí ir hacia el cerro por el desmonte para encontrar los restos del primer aserradero que hubo en mi pueblo. Aún está la casa a unos 50 metros del estanque. Según Don Chacho, "fue el gringo Eusebio Dupraz el primero que puso una carpintería. Trabajaba con sus hijos, Alérico, Raúl y El Cusa. Yo tenía catorce años cuando les mingue trabajo en el aserradero. Allí estuve con Segundo Arancibia".
Pienso y recuerdo lo que dijo Don Fidel: "Cuando descubrieron nuestros montes, mucha gente vino a trabajar y la changada del pueblo también. Ahí llegaron los franceses Dupraz, con su aserradero. Andá a la iglesia y fijate, hay bancos hechos por ellos; también hacían muebles, puertas, ventanas, baúles, hasta valijas de madera".
Necesario equilibrio
Desde el estanque miro los montes y aún escucho las palabras de don Maza, el artista hachero: "Cuando Ruminoque y La Cañada fueron vendidas, la tala desapareció. Si querés ver algo, metete en el monte y vas a encontrar árboles que volvieron a crecer. Nosotros, los hacheros, no éramos dañinos; en cambio, ahora desmotan para plantar cualquier cultivo, que ni siquiera probamos porque los venden vaya a saber dónde [alude, quizás, al arándano]. Nosotros los cortábamos y dejábamos una porción para que volvieran a crecer, así el monte nunca desaparecía y teníamos asegurado el pan".
¡Es verdad! El monte creció de nuevo. Ahí están los árboles que dieron trabajo hace más de cincuenta años a esta parte de la Villa. Los hacheros marcaron un tiempo en la historia de los pueblos del este de mi Catamarca. La mayoría de ellos fueron olvidados porque no eran de la zona o porque surgieron otros trabajos, pero algunos todavía viven. Fidel Arias -de 79 años-, Urbano Maza -de 78 años-, Angel Guzmán -de 67 años-, entre otros. Quisiera reunirlos en una mateada para que cuenten historias de este oficio. Yo sé que ellos aún sienten el hacha entre sus manos porque cuando hablan les brillan los ojos y tratan de mostrarme sus callos... no se dan cuenta que todo es un recuerdo de su juventud en la yunga austral. Son un libro histórico, oral, que desde este rincón gaucho me permito rescatar.
El autor es alumno de segundo año en el Colegio Polimodal N° 25, de Alijilán, Catamarca
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