Un jardín de tulipanes en la cordillera

Cuando una loca idea se convierte en atractivo negocio para la zona andina
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4 de diciembre de 1999  

TREVELIN, Chubut.- ¿Quién hubiera imaginado que aquí un enorme jardín de tulipanes provocaría reminiscencias de Holanda? Sólo faltan los molinos de viento para imaginarse en plena Europa.

Más allá de los sueños, esta producción muestra la diversidad de actividades que pueden concretarse en la Patagonia, cuando el manejo técnico y la estrategia comercial sostienen las iniciativas. La imagen, que hubiera merecido una pintura de Van Gogh, refleja también lo que puede lograrse cuando la relación entre el gobierno y los productores está bien articulada.

Aquí es palpable que los proyectos de reconversión necesitan de la contención de políticas activas que aporten capacitación técnica y empresarial, ejes fundamentales para conquistar mercados y sostenerse aun frente a eventuales emergencias.

En 1996, la Corporación de Fomento Agropecuario (Corfo) adquirió bulbos de tulipanes holandeses para engordarlos en zonas cordilleranas de la provincia y luego exportarlos a su tierra de origen.

De obtener los rendimientos esperados y contar con el interés de la gente, la entidad financiaría la compra de la materia prima, otorgaría créditos de campaña y ofrecería asesoramiento técnico especializado.

Y así fue. En esta ciudad, El Maitén y Sarmiento grupos de productores apostaron a la alternativa.

"La zona es ideal porque los bulbos necesitan muchas horas de frío y muchas horas de luz. Por otra parte, la calidad del agua y la fertilidad de los suelos le aseguran sanidad, pues se trata de un producto muy delicado", explica Norma Scandelari, gerente comercial de Productos Patagonia Andina.

La empresa está compuesta por ocho productores que decidieron unirse para apostar a la bulbicultura y generar un ingreso extra. Juntos suman casi 3 ha cultivadas. Este año exportarán 700.000 bulbos a Holanda y esperan que el negocio les permita cubrir el 50 % de los gastos fijos de sus establecimientos.

"Esto empezó como una alternativa complementaria, pero como nos vamos afianzando en el manejo pensamos aumentar la escala para que se torne cada vez más importante en la economía particular", comenta Scandelari.

A primera vista, se trata de un negocio que mueve centavos. Un bulbo terminado y acondicionado cuesta $ 0,05, pero puesto en Holanda se cotiza a $ 0,12. Entonces, para que las ganancias tengan mayor peso, este grupo de productores duplicará la superficie cultivada el próximo año.

La inversión por hectárea alcanza los $ 33.000 e incluye desde la materia prima, la instalación del riego, las herramientas de trabajo y los equipos de fumigación hasta las bandejas de cosecha y secado.

A eso se agrega el costo operativo por ha, que asciende a $ 6000 y supone los agroquímicos, el alquiler de equipos de frío y el trabajo del productor más un operario.

"A medida que aumenta la magnitud de la chacra -acota Scandelari-, la inversión por ha es mayor porque es imprescindible mecanizar la producción. Se sabe que 12 ha, con un rinde promedio de 400.000 bulbos por ha, sería la escala ideal para vivir sólo de esta alternativa."

Lo que aquí empezó como una actividad artesanal, hoy se crece con carácter empresarial. Ahora, los productores proyectan expandir sus ventas a Brasil, Venezuela y Bolivia.

"El aprendizaje que surge de esta producción sirve de base para el trabajo con otras especies florales, que también puedan colocarse en el exterior", apunta Scandelari.

Moralejas:

1) Los proyectos de participación estatal y privada fortalecen la conciencia de diversificación, como estrategia necesaria para recuperar la rentabilidad de la tradicional empresa ganadera.

2) Deben ser los mismos productores los que manejen sus negocios, agrupándose para alcanzar la escala que les permita diferenciarse en la comercialización y disminuir la incidencia de los costos.

3) A partir del trabajo en equipo se evidencia que la reestructuración del establecimiento no es un objetivo imposible.

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