Una muy clara señal

Por Héctor Müller
Por Héctor Müller
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25 de marzo de 2000  

Osmildo Carignano, próximo a cumplir 70 años, y su hijo Iván, de 27, recorrieron las instalaciones de la reciente ExpoChacra y, en especial, estuvieron muy atentos a las demostraciones dinámicas.

Ambos -como se cita en la nota de tapa de este suplemento- son agricultores de la zona de Piamonte, Santa Fe. Padre e hijo son asiduos concurrentes a todas las muestras organizadas por la Editorial Atlántida y la revista Chacra. No realizan compras, pero saben que tienen que asistir e interiorizarse "a fondo" de las novedades que presentan las exposiciones. Para ellos, la capacitación es una herramienta fundamental para poder continuar en el sector.

En Piamonte trabajan en 150 hectáreas propias y en 250 hectáreas como contratistas. Según ellos, estas 400 hectáreas representan el mínimo para que pueda continuar viviendo dignamente una familia de tres integrantes (se le suma la esposa de Osmildo y madre de Iván).

Continuar en el campo

El joven de 27 años es técnico agrónomo y piensa seguir trabajando en el campo. Considera que nada ni nadie lo alejará de su labor, pero sabe que para que él y sus padres puedan seguir viviendo como hasta ahora, en ningún momento podrán disminuir, ni en una sola, las 400 hectáreas en las que vienen trabajando en siembra directa. Ese es el mínimo establecido para ellos por las variables económicas. De lo contrario, tendrán que alejarse de la actividad.

El ejemplo de los Carignano podría extrapolarse a muchos de los miles de productores que recorrieron la última ExpoChacra.

Es que, aparte del éxito de la muestra en cuanto a la presentación de tecnología, a la cantidad de asistentes y a que se logró un mayor número de ventas que las esperadas en un contexto de crisis, la exposición más grande de América latina en su tipo arrojó, también, una muy clara señal: la crisis dejará en el sector secuelas durísimas, traumáticas y aparentemente insalvables.

Según palabras de los propios asistentes a la muestra, si no se modifican las condiciones internas o internacionales y si el agro no recupera la rentabilidad perdida, el éxodo rural continuará.

Para ellos, lo peor es que el desánimo se apoderó de un gran número de productores tradicionales. En muchos aspectos, bajaron definitivamente los brazos.

Se estima que, hasta ahora, fueron expulsados de la actividad cerca de 150.000 productores, y se considera que en las condiciones actuales esa cifra podría llegar a duplicarse.

Nadie se atrevió a decir qué porción del sector sería el afectado, pero sí reconocieron que hay una franja de explotaciones que son "inviables". Aunque no lo señalaran, casi con seguridad todos habrán pensado que los que más están amenazados son los que tienen graves problemas de endeudamiento.

En una segunda instancia, hasta el mismo Iván admitió que, en el corto plazo, a los pequeños productores no les quedará otra salida que unirse en sus actividades bajo la figura de cooperativas o asociativismo, al estilo de lo que tan bien venía realizando Cambio Rural, el programa para pequeños productores que implementó la Secretaría de Agricultura con el invalorable apoyo técnico del Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria (INTA).

Los que por el momento no sienten un inminente peligro, y se defienden por una mayor superficie de explotación, igual consideran que, en general, el agro tocó fondo y que aún con producciones de cerca de 8000 hectáreas los números apenas "cierran".

"La crisis del campo es terminal", asegura Confederaciones Rurales Argentinas (CRA). Por esta razón, tanto esta entidad como la Sociedad Rural Argentina, Coninagro y la Federación Agraria, esperan con creciente ansiedad que sus representantes sean recibidos por el presidente Fernando de la Rúa. Según ellas, "el campo no puede esperar más".

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