Carlos Zarazaga: "La Argentina tiene un problema crónico de credibilidad; hay miedo a invertir"

Carlos Zarazaga
Carlos Zarazaga
Sofía Diamante
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15 de septiembre de 2019  

ARGENTINOS EN EL MUNDO

Estudió economía en la Universidad de Buenos Aires (UBA) y después de adquirir experiencia en el Banco Central viajó a la Universidad de Minnesota a estudiar el doctorado; recibido, ingresó en la Reserva Federal de Filadelfia en 1994 y, al poco tiempo, una vez que se implementó el tratado de libre comercio con México y Canadá, pasó a la filial de Dallas, donde vive desde entonces

Carlos Zarazaga es el mayor de nueve hermanos: son siete varones y dos mujeres. El menor de ellos es Rodrigo Zarazaga, el analista político y sacerdote jesuita. Carlos, economista, vive hace 34 años en Estados Unidos y trabaja en la Reserva Federal de Dallas. "Por razones históricas, la creación del banco central en Estados Unidos estaba sujeta a muchas controversias, y los banqueros privados querían tener control de la emisión monetaria. El compromiso fue que se crearan bancos regionales, que son entidades cuasi gubernamentales manejadas por directorios con representación del estado, del sector privado y de organizaciones sin fines de lucro. A su vez, están coordinados por el directorio en Washington, que es una agencia federal", explica Zarazaga. Esta semana se reunirán los siete gobernadores de Washington junto con los doce titulares de las entidades regionales, para emitir el comunicado de política monetaria.

Zarazaga, además de especializarse en los asuntos económicos de América Latina, está escribiendo un paper sobre la Argentina con el economista y Premio Nobel Finn Kydland y el checoslovaco Marek Kapicka. En el escrito, se revisa la historia económica del país desde 1980.

-¿Qué conclusión sacaron hasta ahora en el paper?

-Que la Argentina tiene un problema crónico de credibilidad. Tanto los inversores extranjeros como los domésticos tienen miedo a invertir sus ahorros en el país por el temor de que se los confisquen, ya sea con inflación, con corralito o con cuotas de retiro, que es lo que ha pasado en los últimos días. Pasó también con el gobierno de Fernando De la Rúa y con el de Carlos Menem, que tuvo que hacer el plan Bonex. La Argentina tiene una larga historia de falta de credibilidad, que se debe a que cada vez que hay un problema fiscal se resuelve confiscando los activos a inversores extranjeros y domésticos. La inflación está determinada por la política fiscal, es decir, por la capacidad del Estado de respaldar la moneda que emite. Si el Estado no tiene suficiente superávit, la gente se da cuenta de que las cuentas se pagarán con mayor emisión y se forma la bola de nieve de más emisión, más inflación... y terminamos en estas corridas crónicas, que no son exclusivas de ninguna administración. De esto deberíamos sacar como conclusión que todas esas corridas tienen un denominador común: el problema de la Argentina es fiscal y será muy complicado resolverlo.

-¿Qué alternativas tiene el próximo presidente para financiar las diferencias entre ingresos y gastos, si el mercado sigue cerrado y no se puede emitir más?

-Si la administración actual continúa en el mandato, habría un retorno a la confianza, pero todo el mundo es consciente de que la Argentina tiene un problema fiscal. Entonces, cualquiera sea la administración que venga, tendrá que decir cómo se resuelve ese problema, porque sino nadie le va a prestar. Ni los inversores locales, que ya sufrieron quitas con las postergaciones de pago de deuda, ni los inversores extranjeros, que ya han sido defraudados. La próxima administración tendrá la situación inusual de que habrá que vivir "con lo nuestro". No habrá ningún préstamo que permita cerrar las cuentas y ahí viene el problema. Será necesario un debate nacional sobre cómo crear los incentivos para no tener un gasto público que es la mitad del producto bruto, algo insostenible para un país como la Argentina.

-Si no baja el gasto, ¿acudir a la emisión monetaria podría derivar en una hiperinflación?

-Si la gente pierde confianza en la moneda, empezamos con la hiperinflación: la gente empieza a gastar porque tiene miedo de que la inflación sea más alta. Esto hace que la inflación sea más elevada y entramos en un círculo vicioso que termina en hiperinflación. Si llega a haber una corrida, el Estado debería tener suficientes reservas como para recomprar toda esa moneda por los dólares que quieran. Pero esto requiere un superávit fiscal importante y una reversión de algo histórico de la Argentina, en cuanto a seguir pagando las cuentas emitiendo monedas. Para resolver esto, hay que hacer reformas institucionales importantes que hasta ahora fueron ignoradas y que son políticamente muy difíciles de implementar.

-¿Cree que si finalmente asume Alberto Fernández tendrá mayor apoyo político para concretar estas reformas?

-Una reforma que sería fundamental es la del sistema de coparticipación de la Argentina. A Estados Unidos le va bien porque no existe el concepto de coparticipación. El estado federal recauda los impuestos que usa para financiar los gastos de defensa, seguridad y justicia, pero todos los demás gastos, como educación e infraestructura, quedan en mano de los estados. Y estos recaudan y gastan de acuerdo a su propios criterios. No hay manera de que el estado federal los rescate si tienen un problema fiscal. En la Argentina, las provincias tendrían que tener una situación parecida, pero esto requiere una gran reforma impositiva que implique una gran baja de los impuestos federales, para trasladar a las provincias la responsabilidad de gastar y de poner impuestos como quieran. Pero para hacer esas reformas hace falta unanimidad en el Senado y, entonces, aunque las próximas administraciones quieran implementarlo, no sé cómo harán. Son problemas que hay que poner sobre la mesa, porque de lo contrario se cae en el voluntarismo de que queremos bajar el gasto público. Si no ponemos los incentivos para que cada participante político entienda que no puede gastar más de lo que ingresa, seguirá siempre el problema.

-Alberto Fernández dice que en caso de asumir arreglaría un pacto social para fijar los precios y los salarios por seis meses. ¿Este método funciona para bajar la inflación?

-Depende de lo que venga después. Estos pactos sociales ya los hemos visto; tenemos el plan Gelbard en los años 70, que terminó en el Rodrigazo. La práctica de hablar con la gente y pedir que pongan el precio que les gusta, es algo que no funciona en una sociedad que tiene que tomar decisiones de inversión y de consumo y que sabe el precio. Puede ser que haya un acuerdo por seis meses para apagar la inercia inflacionaria, pero si los empresarios y los hogares empiezan a percibir que esto es una repetición, a los seis meses todo empezará a explotar como lo hizo antes. No pondría énfasis en el pacto social, sino en cómo vamos a resolver el problema fiscal de la Argentina.

-El Gobierno eligió el método de metas de inflación al inicio de la gestión, y ahora se habla de la descoordinación que hubo entre lo fiscal y lo monetario. ¿Coincide en que esto fue el comienzo de la crisis económica?

-Coincido en la falta de coordinación de las políticas monetaria y fiscal. Al poner objetivos de inflación cuando no había una política fiscal acorde con esas metas, estábamos destinados al fracaso. Lamentablemente, la política fiscal es siempre la que domina el juego. También hay que tener en cuenta que el Banco Central en la Argentina no es una entidad independiente: un presidente puede asumir un día y lo sacan al siguiente, lo cual es también un problema institucional muy serio. Hay que encontrar una combinación de políticas fiscal y monetaria que sea mutuamente consistente.

-¿Cree que fue la mejor opción poner metas de inflación?

-Le voy a poner de ejemplo el caso de la hiperinflación alemana en el período de entreguerras, que se resolvió con una política monetaria tajante. Básicamente, el Estado decidió que iba a dar como garantía de la moneda tierras fiscales que tenían un determinado valor; con eso bajó la hiperinflación de forma inmediata. En la Argentina no tenemos todavía una estructura institucional que garantice que la política fiscal se cumplirá. De hecho, tenemos una ley de equilibrio fiscal que no se cumple, porque no hay incentivos en todos los protagonistas para no gastar tanto y para usar los impuestos de manera eficiente.

-¿Cómo cree que el próximo gobierno buscará bajar el gasto público y la inflación?

-Todas las administraciones dicen que van a resolver el problema con crecimiento, que de esta forma el gasto público como fracción del producto bajará y así no habrá que hacer ajuste. Lamentablemente, esta es la "solución mágica" que no sé si es la que apostará la próxima administración; la actual ya se ha desencantado de eso. Me preocupa escuchar que se hable de estimular el consumo, porque la pregunta es de dónde saldrá la plata. No se estimula el consumo si la gente sospecha que vamos hacia una inflación sostenida del 55% anual.

-¿Estamos cerca de entrar en una hiperinflación?

-No, no sé si estamos cerca pero una inflación anual del 55% ya es alta: ningún inversor extranjero o local apostará plata en un país que tiene esa inflación, porque ve que hay problemas fiscales serios. Y cuando esto ocurre, los gobiernos meten la mano en el bolsillo de vaya a saber quién, así que el inversor opta por quedar afuera. Solamente especuladores pueden meterse en esta situación. Otro gran problema que tiene la Argentina es el empleo informal, que no paga impuestos y no tiene ningún control.

-¿Qué se espera de las tasas de interés en Estados Unidos?

-Hay una reunión de política monetaria esta semana que comienza; depende de los 12 bancos regionales y de los 7 gobernadores: hay 19 personas que se reúnen y evalúan si subir o bajar la tasa. La tendencia igual es pensar a largo plazo. Aquí el problema central no es la política monetaria, sino la política comercial. La guerra comercial con China está teniendo efectos negativos en la inversión y eso repercute en el nivel de actividad, que a su vez es algo que tiene que tener en cuenta el Banco Central cuando fija su tasa de interés. El problema es que no está claro cómo terminará la guerra comercial con China.

-Se habla también del déficit fiscal que tiene Estados Unidos. ¿Cómo están las cuentas comparadas con las de años previos?

-Efectivamente, Estados Unidos tiene un problema de déficit fiscal muy alto. Tiene la ventaja de que a lo largo de los años construyó una credibilidad que convierte al país en un imán para inversiones desde el resto del mundo. Pero si esta política de altos déficit fiscales y deuda pública -que llegará al 120% del PBI en una década- no se reduce, no sé muy bien qué puede pasar. Podríamos volver a la inflación del 15% anual que había en los años 80. La política fiscal en este momento no es determinante, porque hay un factor suerte: Estados Unidos crece más que el resto del mundo, pero la suerte siempre se acaba.

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