Cerrar grietas ayudará a reactivar la economía

Néstor O. Scibona
Néstor O. Scibona LA NACION
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14 de diciembre de 2019  

Es difícil no adherir a la convocatoria por la unidad de los argentinos formulada por el presidente Alberto Fernández en su mensaje inaugural ante la Asamblea Legislativa. Sobre todo, porque incluye a quienes no lo votaron al haber aclarado que no implica unanimidad ni uniformidad y marcado la diferencia entre tolerancia y respeto por quienes piensan distinto.

Desde el plano de las palabras éste es un buen punto de partida, por más que el de llegada estará más cerca o más lejos según la suma de actitudes individuales o colectivas de la sociedad y su dirigencia en sentido amplio. Por lo pronto, a 36 años de su retorno, la democracia acaba de lograr otro avance con el primer presidente no peronista que concluye en término su mandato, aun con el marco de mayor recesión, inflación, pobreza, desempleo y deuda al borde de otro default.

Si consiguiera trasladarse a los hechos, el discurso presidencial "antigrieta" podría marcar un saludable punto de inflexión para la Argentina. De lo contrario, el país volverá a la puerta giratoria de siempre con mayor deterioro de su calidad institucional.

Sin ir más lejos, van tres décadas de creciente división político-ideológica, incluso dentro del peronismo, alimentada en uno y otro lado con dosis similares de amnesia selectiva. En la economía, la grieta produjo movimientos pendulares extremos que desembocaron en maxidevaluaciones, crisis recurrentes y altos costos endosados al siguiente gobierno. A tal punto se acentuó la polarización que, en las últimas elecciones, hubo un 48% de voto socioeconómico, ante el inocultable fracaso de Mauricio Macri en este terreno, y otro 41% de voto institucional a favor del sistema republicano (división de poderes, libertad de expresión, independencia de la Justicia, intolerancia a la corrupción), ante el temor de una reedición del "vamos por todo" de Cristina Kirchner. Con tres días de diferencia, la Plaza de Mayo fue esta semana escenario de dos masivas movilizaciones para respaldar una y otra postura.

Un escenario ideal sería articular y no confrontar esas dos grandes demandas de la sociedad, para que la Argentina se convierta en el "país normal" tantas veces prometido y no cumplido debido a la ausencia de acuerdos básicos para definir políticas de Estado. Pero este desafío aparece lejano y utópico.

Por un lado, la unificación funcional del peronismo apunta a reeditar su hegemonía en el Congreso, aunque su rol será acotado por el Poder Ejecutivo con la próxima sanción de la ley ómnibus de emergencia (económica, social y sanitaria). Aun así, sería deseable que fije un plazo taxativo -la última rigió durante 15 años- y sus eventuales prórrogas requieran mayoría especial. También que se reequilibre el peso del Poder Legislativo en el Consejo de la Magistratura, que condiciona la designación y remoción de jueces.

Por otro lado, el Frente de Todos deberá resolver sus propias grietas ideológicas. Con sus actitudes, discursos y designaciones de estos primeros días en el poder, CFK y Axel Kicillof parecen no haber tomado nota del mensaje moderado de Alberto F. y reabren las dudas acerca de un doble comando con visiones diferentes sobre las actuales restricciones económicas y financieras.

Incluso el diagnóstico de "tierra arrasada" -políticamente impactante y título de una película del ministro de Cultura, Tristán Bauer- no- solo estuvo ausente del discurso presidencial, sino que obligaría a pensar en un aumentativo para caracterizar la gravísima crisis de 2001/2002. Sin embargo, este potencial conflicto dentro del nuevo oficialismo no redime al macrismo de su costosa herencia económica, en la que sus principales activos (fin del déficit energético y superávit comercial) son intangibles para buena parte de la sociedad y no alcanzan para un proceso de crecimiento.

Sin ahorrar críticas a la política de endeudamiento y altas tasas de interés de Macri, la primera presentación pública del ministro de Economía, Martín Guzmán, estuvo lejos de plantear las "soluciones mágicas" típicas de la era K, al desalentar la expectativa de una emisión monetaria descontrolada y reconocer que la inflación es un mal a combatir, aunque llevará tiempo bajarla a un dígito anual.

Como prioridades inmediatas estableció frenar la caída de la actividad económica y negociar la reestructuración de la deuda con el FMI y los acreedores externos, para que "puedan cobrar" cuando la economía vuelva a crecer y recupere capacidad de pago.

En el primer caso, el instrumento clave será la ley de "Solidaridad y Reactivación Productiva", cuyo título encierra un eufemismo. La solidaridad debe leerse como aumentos de impuestos (al patrimonio y las exportaciones) de magnitud aún incierta y la reactivación como el aprovechamiento de la capacidad ociosa (que en la industria promedió 38% en octubre). La vía será impulsar el consumo con más pesos en el bolsillo de los sectores sociales de bajos ingresos (jubilados, asalariados y beneficiarios de planes sociales), a través de aumentos de suma fija. También prevé mantener el IVA cero para un nuevo conjunto de alimentos básicos, pero redireccionar este beneficio sólo hacia los titulares de la tarjeta Alimentar, de recarga automática (similar a la SUBE) con fondos públicos. Estas medidas serían simultáneas con el acuerdo social para desindexar precios, tarifas y salarios (en este caso con un bono a cuenta de paritarias), que además incluirá en enero la reformulación del programa Precios Cuidados, con el reemplazo de algunos productos alimenticios por otros más saludables y nutritivos. Y una revisión de precios de los medicamentos que probablemente retrotraiga los últimos aumentos.

En cuanto a la reestructuración de la deuda soberana, tema de la especialización académica de Guzmán en la Universidad de Columbia, el ministro presidirá una unidad ad hoc y contará con un Comité Asesor integrado por exsecretarios de Finanzas de anteriores gobiernos. El economista Juan Carlos de Pablo diría que esta razonable decisión implica convocar a casados para hablar del matrimonio. El único anticipo ministerial fue que ya negocia con el FMI y que en 2020 la Argentina no podrá mostrar un superávit fiscal primario (sin intereses de la deuda). Pero, en sentido estricto, esta afirmación debe entenderse como que el Fondo aceptaría que se mantenga un déficit de -0,5% del PBI, a cambio de un sendero de mejora de 0,5% del PBI por año para llegar a un superávit de 1% al finalizar 2023. Este esquema permitiría extender los plazos de vencimiento del crédito stand-by que se concentran en 2022 y 2023 (casi US$40.000 millones) y negociar con los acreedores privados un canje por bonos con cupón cero durante dos años y tasa de interés más baja en los siguientes; en principio, sin quita de capital.

No obstante, el dato más llamativo de su debut ministerial fue haber introducido un léxico macroeconómico rara vez utilizado por otros gobiernos peronistas. Sin aportar números, anunció un plan económico integral (PEI) para atacar los desequilibrios fiscal y externo, como lo viene recomendando desde hace dos años la mayoría de los consultores privados, ortodoxos o heterodoxos. También habló de consistencia entre las políticas fiscal, monetaria y cambiaria y de la necesidad de trazar un sendero de superávit primario y superávit comercial consistente con la futura estructura de la deuda renegociada. Con una mochila mucho más pesada por la acumulación de problemas de arrastre, esta intención del nuevo ministro -por ahora teórica- pone una vara muy alta.

Por cierto, ese objetivo dependerá en gran medida del respaldo político del presidente Fernández y la cohesión que pueda lograr dentro de un gabinete tan numeroso como heterogéneo, mayormente demandante de más gasto público. Y donde no está a la vista ninguna señal de austeridad frente a la "solidaridad" impositiva que se le pide al sector privado, donde la alta presión tributaria retrae la inversión.

Cuanto menores sean estas grietas políticas y económicas, habrá más posibilidades de generar confianza y reactivar la economía. Que hoy está pendiente del día a día, con una parte de la sociedad sobredolarizada que posterga consumos a la espera de un mayor horizonte. Y otra -mucho mayor- con necesidades insatisfechas a la espera de mejorar sus ingresos en pesos, carcomidos por las devaluaciones y el impuesto inflacionario.

nestorscibona@gmail.com

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