Despachantes, portuarios y la mediocre dirigencia argentina

Emiliano Galli
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26 de noviembre de 2013  

En el juego de las indiferencias políticas, el bien mayor, esencia que no conoce impurezas, se desvanece. Y la culpa es de la pandémica mediocridad dirigencial.

La idea política (bélica) de que siempre hay costos (víctimas) en el logro de un bien mayor es pueril, y amputa el deber irrenunciable de lograr consensos. No hay mentiras piadosas porque no es piadoso mentir. No hay posibilidad de llegar a un bien mayor ultimando bienes menores o provocando males menores.

El derrumbe moral de las instituciones provocó la crisis dirigencial. Sin un marco institucional firme, la negociación de corto plazo –ese "reunionismo" efímero– es la herramienta que destronó al diálogo por sobre todas las cosas. Creer que se gana porque se respeta el deseo de las bases es el error más común del dirigente mediocre. Ganará votos. Perderá trascendencia como líder. Contará los árboles de su jardín. Nunca verá el bosque.

Quedan pocos líderes en la Argentina, lo suficientemente lúcidos para resistirse a tomar atajos si ello implica renunciar al bien común, al bien último. Dos hechos recientes prueban la mediocridad dirigencial.

El primero se da entre los despachantes de aduana, que renuevan autoridades este jueves. Gustavo López y Antonio Cairo van por la reelección. Cuando llegaron, hace tres años, eran la continuidad del entonces presidente Rubén Pérez. Ganaron. A las 48 horas de asumir, Pérez le dijo a López: "Hacé lo que yo te digo o te ponés al Centro de sombrero". López dijo que no. Pérez armó el grupo Despachantes Argentinos, opositor del oficialismo que gestó y de directivos que lo acompañaron en dos períodos de su gestión. "Un centro paralelo", definen en el CDA. Lo confirmaron en la Aduana, donde le frenaron a Pérez planteos de terceros, indicándole que debía realizar gestiones a través del CDA.

El modo de hacer política de la oposición fue denunciar el "uso político" de la colegiación de los despachantes para ganar la elección. Esto, en lugar de encolumnarse detrás del bien último.

El segundo tiene a estibadores y guincheros como protagonistas: cinco años de tregua para luchar por un bien común: el futuro, es decir, de 25 años más de trabajo. Una rencilla del pasado pulverizó la alianza que estos dos enemigos sellaron ante amenazas mayores: el desempleo y la irrupción de movimientos de izquierda. Inoportuna ruptura de lanzas que abre el frente al mal mayor: la división.

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