La era Biden y la vuelta a la diplomacia internacional

Marcelo Elizondo
Marcelo Elizondo PARA LA NACION
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12 de noviembre de 2020  • 08:04

El presidente Donald J. Trump impactó ciertamente con sus políticas en el escenario del comercio internacional: la Guerra comercial con China, aranceles punitivos contra productos de la Unión Europea, amenazas de restricciones a México durante las disputas por la migraciones ilegales, la renegociación del Nafta, la salida de EE.UU, del TPP y el desprecio a la OMC son ejemplos de tamaña incidencia. ¿Qué supone ahora entonces un triunfo de Joseph R. Biden?

El demócrata es un tradicional moderado centrista. Es el presidente más viejo de la historia, proveniente de la nomenclatura tradicional partidaria, después de una carrera política de toda una vida y que ha ganado con la mayor cantidad de votos jamás obtenida a pesar de ser una figura con poco carisma y sin esas cualidades singulares que tuvieron Trump, Obama, Clinton o Reagan, lo que hace suponer que debe parte de ese récord a la reacción contraria al propio presidente derrotado, más que a sus propias propuestas.

Probablemente Biden proyecte todo eso en su agenda económica internacional.

Es de esperar que la disputa por el liderazgo con China se mantenga aunque la metodología de discusión se diplomatice (y que las diferencias relativas al marco legal de negocios chino -que EE.UU. considera opaco- no amaine sino que se racionalice). También que el rol de EE.UU. en la OMC se revitalice y ello permita recuperar al organismo. Hay que decir que está herido de antigüedad, porque está concebido como regulador de un "viejo" comercio entre países, cuando la globalización se complejizó y ahora está activada por cinco flujos diferentes complementarios: comercio de bienes, comercio de servicios, nuevos movimientos financiero-productivos, inversión extranjera directa encadenada y -el más relevante- intercambio suprafronterizo de información, conocimiento y datos.

Puede preverse que desaparezcan las amenazas permanentes y que EE.UU. recomponga relaciones con tradicionales aliados, desde Canadá hasta la Unión Europea. Y que el mundo sea menos tenso, menos friccional: Biden será probablemente un presidente de un solo mandato por razones etarias, deberá lidiar con un país dividido y un propio partido heterogeneizado -por lo que no es de imaginar una agenda transformadora sino normalizadora-: y ello podría transmitirse a la escena global.

Es probable el regreso de EE.UU.al Pacto de Paris (lo que nos lleva a preguntarnos si ello podría motivar a Brasil a adherir a ese tratado al perder un respaldo para la negativa, lo que -por propiedad transitiva- podría modificar la suerte del proceso negociatorio entre la Unión Europea y el Mercosur).

Una posible recuperación de un liderazgo institucionalista debería hacer pensar de nuevo a la Argentina: una OMC más activa podría objetar nuestro regreso a ciertas discutibles restricciones a las importaciones, del mismo modo que un FMI menos sometido a presiones personalistas puede llevar a la negociación pendiente entre nuestro país y esta entidad a someterse al rigor de las exigencias estatutarias y los requisitos fríos e impiadosos.

La economía internacional seguiría gozando de tasas de interés bajas y liquidez abundante porque la necesidad de impulso para enfrentar la pospandemia no tiene miradas partidarias, pero la Argentina está afuera de los mercados financieros.

Del mismo modo que si se confirmara que el Partido Republicano (conocido como Grand Old Party); que es una vieja fuerza política que -más allá de la reciente influyente aparición de Trump- es tradicionalmente proempresa y partidario de la preeminencia de la iniciativa privada; mantiene el liderazgo en el Senado -además de estar cómodo con una generosa mayoría conservadora en la Corte Suprema y contar con mas gobernadores propios que el partido demócrata de Biden- ello podría consolidar ciertos legados de Trump: no afectar demasiado la reducción de impuestos a las empresas (de 35% a 21%), ni los incentivos al retorno de inversiones de estadounidenses al origen, ni la generosa desregulación que moderniza la economía (todo lo que permitió una reacción rápida tras la dura caída ocurrida por el Covid-19).

Ahora bien: en un ejercicio de perspectiva podemos decir que la Argentina debería observar ahora un escenario externo de 5 grandes cualidades.

Primero: una vuelta a un mundo global menos accidentado políticamente (en el que las tensiones estratégicas se mantienen vivas pero las formas se apaciguan), y una exigencia de más vigencia de convenciones internacionales ante una reducción de vértigo personalista.

Segundo: un previsible ambiente menos obstruccionista de (nuevos) tratados económicos internacionales.

Tercero: una consolidación de la cuarta globalización impulsada por una tremenda revolución tecnológica que impone cambios y que hace crecer la "economía de los intangibles" (que ha llevado -por ejemplo- a un reciente acuerdo internacional de integración de las economías digitales entre Chile, Singapur y Nueva Zelanda).

Cuarto: el mantenimiento de una geopolítica compleja que influye crecientemente en los negocios. Son ejemplos de ello las recientes disputas comerciales de Australia con China por la discusión en la OMS sobre el origen de la pandemia, los incentivos aprobados por Japón para diversificar proveedores en las cadenas internacionales en las que participan sus empresas, la apertura de negociaciones económicas nuevas de Israel como efecto de sus pactos de paz con vecinos árabes y las discusiones sobre el 5G y China.

Quinto: la consolidación de la tendencia a mayores exigencias de estándares y adecuaciones cualitativas para las empresas que compiten internacionalmente. Eel mayor consenso en la discusión ambiental será un ejemplo, pero también lo serán mayores requisitos de cumplimientos técnicos tanto por países como por empresas..

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