La sustentabilidad desafía a la región

Además de mejorar en términos medioambientales, América latina debe contemplar en su agenda los procesos de inclusión social; el papel de las commodities
Juliana Peixoto Batista
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12 de febrero de 2013  

El verde está de moda. En todos los rincones de las ciencias económicas, sociales, naturales, en el mundo de las corporaciones, del sector público, privado y de la sociedad civil se habla de lo sustentable, del medio ambiente, de "lo verde". Si bien es cierto que no hay una sola receta, más o menos todos estamos de acuerdo con dos dimensiones de lo verde: la sustentabilidad y la inclusión social, ambas traccionadas por el crecimiento económico. El reto entonces no es sólo crecer de forma sustentable en términos medioambientales, sino que es crecer de manera sustentable y mejorar los procesos de inclusión social.

Antes de importar recetas de cómo hacerlo, hay que considerar algunos rasgos estructurales y contextuales de América latina. Muchos países de la región consideran que una gran parte del tema de crecimiento verde es un intento de los países desarrollados para vender sus tecnologías verdes, para perpetuar las brechas del desarrollo o para adoptar las llamadas medidas verde de protección de sus mercados. A eso se suma la responsabilidad histórica por el cambio climático, en la que muchos países en desarrollo exigen que la deuda medioambiental sea saldada de manera proporcional por la comunidad internacional.

Otro factor que no se debe olvidar es que el motor del crecimiento económico –notadamente del Cono Sur– es justamente la explotación de los recursos naturales (cobre en Chile, oro en Perú, agricultura en el Mercosur). No son sólo los motores del crecimiento, sino que son la fuente de ingresos que permite grandes programas de distribución de la riqueza. Sin embargo, lo que propone el concepto verde son modificaciones en la manera en que los recursos naturales (y no sólo ellos) son extraídos, producidos, comercializados y consumidos. Por caso, en agricultura, un uso más eficiente del agua, más controles sobre los organismos genéticamente modificados. Es decir, el motor del crecimiento de los últimos años de América del Sur no sólo es un reto para la sustentabilidad en sí, sino que su reconfiguración es un reto también para la inclusión social. La sustentabilidad en estas condiciones puede entonces parecer un enorme costo político para los gobiernos.

En la dimensión de la inclusión social tampoco hay que pasar por alto la inequidad, otro desafío estructural de la región. La promoción de procesos más sustentables en la economía debe tener en cuenta que los países de la región no poseen un estado de bienestar (algunos menos que otros) como para reubicar a los excluidos en el camino, y tampoco gran capacidad de innovación tecnológica para absorber esos cambios con cadenas de valor alternativas.

Las recetas verdes también hablan de la necesidad de reforzar los marcos regulatorios. Eso tampoco es sencillo para la región. Como se sabe, en América latina ha sido mucho más fácil desregular y privatizar que construir marcos regulatorios eficientes que promovieran el bienestar de la población y evitaran grandes distorsiones del mercado. Ello no es decir que hay que quedar de brazos cruzados. Esos puntos de precaución son sólo un aviso ante las recetas rápidas de éxito garantizado donde todos serán felices, verdes e inclusivos. El camino más deseable entre los más realistas podría ser inspirarse en propuestas de otros países (quizá México, China, Sudáfrica, Corea), creando alternativas propias, de la mano de una mayor inversión en innovación.

Lo que es cierto es que el tema llegó para quedarse. Hacer de cuenta que no nos toca todavía –por deudas históricas de otros países o para no repensar de manera creativa el boom de las commodities– es sólo postergar algo que tarde o temprano, por las buenas o por las malas, nos obligará a actuar.

Menos co2

M aersk festeja un logro anticipado

Maersk Line, la mayor naviera del mundo, alcanzó su objetivo propuesto para 2020 de reducir en un 25% las emisiones de CO2 considerando los niveles producidos en 2007. "Estamos orgullosos de alcanzar este éxito 8 años antes de lo previsto. Es la confirmación de que vamos por el buen camino. Y aprovechando este impulso elevaremos la meta a un 40% de reducción de CO2 para 2020," dijo Morten Engelstoft, director de Operaciones. Se estima que el transporte marítimo mueve el 90% del comercio mundial, y aunque es la mejor manera de ahorrar energía para el transporte de mercancías en largas distancias, la contribución de CO2 a la atmósfera es de 3-4% del total anual mundial. "Conseguimos esto gracias a una combinación de eficiencia operativa, optimización de la red y sus desplazamientos, navegación a baja velocidad e innovación técnica. Alcanzaremos la meta del 40% con más de lo mismo", agregó Engelstoft.

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