Maradona o la palabra mágica

Daniel Arcucci
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4 de diciembre de 2001  

"¡Marradoná!" No había llegado a internarse en la Ciudad Prohibida ni siquiera unos pasos cuando escuchó su nombre, reconocible aún en la pronunciación china. Cualquier leve intento por pasar inadvertido -anteojos negros, buzo encima de la remera deportiva, gorra hasta las orejas- había sido inútil.

Mientras seguíamos caminando por el corazón de Pekín, la capital de China, rodeados de esa gente que de pronto había perdido su timidez y le revoloteaba alrededor para verlo de cerca, para tocarlo, le pregunté a Diego Armando Maradona qué sentía, qué pasaba por la cabeza de un hombre al sentirse reconocido exactamente en la otra punta del mundo donde él había nacido. "No soy yo; es el fútbol, es el fútbol", contestó, conciente de su mentira.

Es que no existe en su ambiente un fenómeno igual de trascendencia, simplemente porque él lo ha traspasado. Y, en esto, ni siquiera Pelé entra en la comparación, quizás por su postura políticamente correcta permanente. Para bien o para mal, guste o no guste, en acuerdo o en desacuerdo, lo único inconcebible ante Maradona es la indiferencia. Y algo más: no hay posibilidad de confusión en cuanto a su origen, para nada globalizado; en el mundo, Maradona es la Argentina.

Cuando se habla del mundo, es posible animarse a la totalidad: no hay sitio donde no se lo conozca.

Así, uno puede ingresar por la severísima aduana de Arabia Saudita sin siquiera abrir la valija -mientras al alemán de adelante le hacen quitar los zapatos para revisarle las medias y al brasileño que viene detrás le quitarán las revistas con páginas de publicidad de ropa interior femenina-, sólo por mostrar un pasaporte "¿aryentino? ¡Maradoná!". Estaba por empezar allí el Mundial Juvenil de 1989 y él no lo jugaba, claro, aunque estaba... presente, como siempre, cada vez que la palabra "Argentina" es pronunciada.

A más de uno le ha servido solamente mencionarlo para que funcione como salvoconducto, como aquel hombre que, no hace más de un año, justificó su neutral nacionalidad en la conflictiva Franja de Gaza mostrando y regalando una foto "del Diez" con la camiseta albiceleste a soldados israelíes nada amigables.

Pero nada es comparable, por supuesto, a presenciar las escenas de reconocimiento: aquella imagen de China -por la lejanía, la más simbólica- se puede reproducir en sitios tan disímiles como Seul, Oxford o La Habana.

Donde sea que esté, habrá multitudes a su alrededor, perdiendo su compostura para verlo, para tocarlo, para tener algo de él. Qué les atrae a todos de Maradona, si se trata sólo de su talento futbolístico o hay algo más es algo que podrá discutirse por siempre. Y las respuestas serán diferentes de acuerdo con el origen. Lo único innegable es la acción de su nombre como una marca registrada. Argentina, para más datos.

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