Control de cambios: no quedaban demasiadas opciones

Diego Cabot
Diego Cabot LA NACION
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1 de septiembre de 2019  • 15:24

No quedaban demasiadas opciones. El dólar estaba con una demanda tan grande que no había oferta que pudiese cubrir la ansiedad por hacerse de los billetes.

Es algo que los argentinos conocen a la perfección, casi tanto como el folklore del fútbol en una tarde "superclásica". Con algunos ribetes, y todavía para grandes operaciones, de la mano de una edición dominical del Boletín Oficial, llegó el control de cambios.

Si todos los habitantes del país quisieran comprar caramelos idénticos en el mismo momento los kioskeros podrían venderlos a precios exorbitantes. El precio podría acumular tantos ceros como compradores dispuestos a pagarlos. En algún momento llegará uno y dirá: "A este valor, no compro". Y el mercado empezaría a convivir con ese precio, inalcanzable para muchos, del caramelo. Entonces, otros sustitutos aparecerán en las góndolas o habrá una nueva dieta que los excluirá hasta que vuelvan a un precio que más gente los pueda comprar.

El problema es cuando el caramelo es el dólar. Ese bien no tiene sustituto en la argentina. Como dice Alejandro Katz en una nota de hoy en LA NACION. "El futuro es, para todos los que carecen de riquezas, un territorio de amenazas antes que de esperanzas, de temores antes que de ilusiones. Quienes pueden ahorrar lo hacen en otra moneda. Y ya que el ahorro es el modo de protegerse de las incertidumbres del futuro, lo que dicen es que para ese futuro confían más en otros, en los que acuñan y cuidan esa moneda, que en los propios: quienes pueden viven su presente aquí, pero lo hacen extrayendo recursos para que su futuro no dependa de lo que aquí ocurra".

La indefinición de un futuro cercano, de no más de cuatro meses, llevó a que el presidente Mauricio Macri firme un decreto de necesidad de urgencia firmado por todos los ministros. Mercado cambiario - Deuda pública, se denominó la norma. "Establécese que, hasta el 31 de diciembre de 2019, el contravalor de la exportación de bienes y servicios deberá ingresarse al país en divisas y/o negociarse en el mercado de cambios en las condiciones y plazos que establezca el Banco Central de la República Argentina". En otras palabras, todas las operaciones compra y venta de dólares de instituciones y empresas tendrán que pedir autorización al Banco Central para el acceso a la divisa, tanto para comprar moneda extranjera como para realizar transferencias al exterior.

La medida, que se empezó a delinear en la semana, apunta a proteger a pequeños y medianos ahorristas. Para ellos, según el texto, nada ha cambiado. Hasta ahora, cualquier tenedor de dólares bancarios los podrá retirar. Y aquel que tenga pesos, los podrá convertir a moneda extranjera. No hay ninguna restricción para este universo.

Además, el decreto completa las medidas de la semana pasada de cambio en la fecha de pago de algunos bonos. Los tenedores de algunos títulos de la deuda pública con vencimiento reprogramado podrán entregarlos para cancelar obligaciones de la seguridad social, como aportes y contribuciones, vencidas y exigibles al 31 de julio de 2019. Se tomarán, claro está, a valor nominal.

La Argentina jamás se pudo dar el lujo de dejar flotar en dólar. No es posible dejar que un bien escaso como es la moneda que los habitantes del país consideran el único resguardo a los yerros políticos sucesivos se ajuste por precio. Ese valor derrama a toda la economía y la inflación se escapa. El futuro será solo para los que se puedan escindir del peso. Es jugar con fuego. Y la clase política, que ni siquiera es capaz de entregar un gesto de diálogo en medio del naufragio, lo sabe como nadie.

Desde hace minutos, cada gran empresa que se quiera acercar al dólar tendrá que saltar la valla del Central. La pregunta es qué tan férrea será y cuánto tardarán los cerebros de las finanzas corporativas en poder saltarla sin rasguñarse. Como lo hicieron siempre.

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