Coronavirus. Cuarentena sin plan de salida y cada vez más peligrosa

Willy Kohan
Willy Kohan PARA LA NACION

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29 de abril de 2020  • 21:42

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A medida que la cuarentena se prolonga sin fecha cierta de salida, va creciendo la inquietud y los temores respecto de los efectos del aislamiento, ya no solamente sobre la economía y el bolsillo, sino directamente sobre la salud de la población por los efectos devastadores de la parálisis casi total en el país desde mediados de marzo. No hay sector ni empresa que no colapse.

La preocupación se potencia en la medida en que no aparece con mediana claridad algún plan de salida para ir reabriendo la actividad, con los protocolos sanitarios que correspondan, tal como se observa en el resto del mundo. Europa, Chile, Uruguay, entre otros, todos están pensando o comenzando a salir.

Hay modelos que se están debatiendo y analizando para permitir, por ejemplo, que regresen a trabajar quienes tengan hasta 40 o 45 años, con turnos bien espaciados en días de trabajo presencial y en sus casas, para bajar al máximo las dotaciones y evitar contagios. No se conoce que alguien esté trabajando en ese sentido, ni en el Gobierno ni en las autoridades de los distritos más relevantes.

La determinación de anticiparse y cerrar todo evidentemente fue acertada frente a la precariedad en la que estaba y seguramente sigue estando el país en materia social y sanitaria. Pero mantener una cuarentena eterna con los hospitales y sanatorios vacíos, que además ahora están a punto de fundirse por falta de pacientes, no parece la estrategia más adecuada.

Ingresar a una cuarentena total sin plan B para ir saliendo cuanto antes repone el debate sobre qué puede terminar siendo peor, si el remedio o la enfermedad. Las muertes que habrá que lamentar por hambre, desempleo, depresión, suicidios, violencia, alcoholismo y drogadicción pueden tal vez superar al coronavirus, si el plan sanitario de salida gradual de la cuarentena no aparece y se prolonga la parálisis.

Prácticamente no se ha contagiado ningún cajero o cajera de supermercado en la Argentina. Tampoco en los bancos. ¿Por qué, entonces, no puede reabrir el comercio? O los estudios de abogados, arquitectos, psicólogos, consultorios y oficinas.

Parece razonable organizar un plan para que la gente con cuidado pueda salir a pasear, como se observó en la inquietud frustrada del Presidente al anunciar la última extensión del aislamiento. Pero lo relevante también es pensar en la gente sana y joven, que no pone en riesgo al sistema sanitario, y que debería ir retomando la actividad en la nueva normalidad que parece venir.

Los temores por los efectos de la cuarentena eterna sobre todo se concentran en la debacle económica. Porque está claro que aún flexibilizando el aislamiento, los consumidores estarán aterrados y restringirán el gasto al extremo. Todos estarán temerosos por sus ingresos, el futuro de sus empleos o sus negocios. Cuanto más se tarde en reabrir, aún con restricciones, peor las consecuencias

Por no mencionar las penurias de la propia pandemia económica local que, como siempre, convierte una tormenta internacional en un drama mucho mayor para las empresas y las familias argentinas.

Ya van casi siete semanas con el país cerrado y prácticamente no se anunció ningún beneficio impositivo para nadie. Apenas una rebaja muy condicionada de aportes patronales, para empresas o comercios que ni siquiera pueden pagar los sueldos. Todos los trabajadores del sector privado aceptan bajarse los sueldos si se quedan en sus casas, para proteger el empleo. El Estado, intocable. Solo pretende seguir recaudando de negocios que están cerrados.

Todo el esquema de ayuda que anunció el Gobierno para las empresas resulta en la práctica un fracaso. Apenas 15% o menos de las compañías han podido acceder a los créditos bancarios, ya que el Gobierno, en lugar de garantizar con redescuentos a los bancos un descubierto automático de emergencia para las empresas e individuos, organizó un complejo y discrecional sistema de préstamos a través de la AFIP, con gravosas garantías oficiales y reducciones de encajes que trabaron el flujo de asistencia al sector privado.

Se están acumulando cada vez más cheques rechazados y contratos impagos, y crece la quiebra en la cadena comercial. Varias marcas de primer nivel se acercan a la cesación de pagos.

Se insiste con éxito relativo en tratar de contener al dólar por las malas, con medidas para prohibir la cobertura en dólares de los ahorristas en Fondos Comunes de Inversión, o amenazas de la CNV a las empresas y personas que actúan en la compraventa de dólares a través del arbitraje de bonos o acciones.

Recientemente el ministro Martín Guzmán anunció que hay que buscar herramientas para combatir la lógica de la dolarización. Debería aclarar el ministro si está pensando en herramientas voluntarias o compulsivas. Rumores de toda índole se publican y circulan, hasta los disparates más temerarios. Evitar a toda costa el default y contener el gasto improductivo no está en la agenda. Se triplicó en marzo el aporte del Estado a universidades, por mencionar algunos de los despilfarros que no se corrigen.

En materia económica, si se extrema la ideología y la cátedra académica por encima de las decisiones prácticas y la realidad, también se pueden alentar disparates temerarios. Como el delirio de la liberación de presos

Hay decisiones económicas y políticas que parecen tan disparatas y temerarias como el escándalo de los motines promovidos por funcionarios que negocian libertades con asesinos y violadores. Adquieren menor repercusión, por lógica, en la opinión pública.

Sin embargo, romper el Mercosur por Decreto de Necesidad y Urgencia para cerrarse al mundo, promover el default de la deuda, mantener un gasto en salarios y empresas públicas intocables cuando todo el país se ajusta brutalmente, o meterse con los ahorros de la gente que busca salvarse de la inflación puede ser tan temerario como liberar a los presos.

Sigue sin quedar muy claro el camino que adoptará el Presidente. Cabe esperar que, en materia sanitaria y económica, escuche otros consejos. Que no provengan de las mismas usinas de donde llegó la locura que lo presiona para abrir las cárceles.

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