Debates que se perfilan como monólogos políticos

Néstor O. Scibona
Néstor O. Scibona LA NACION
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12 de octubre de 2019  

La estructura de los debates entre los seis candidatos presidenciales que disputarán la primera vuelta electoral -y tendrán lugar mañana por la noche en Santa Fe y el domingo siguiente en Buenos Aires- no deja demasiado margen para esperar novedades o precisiones que modifiquen sustancialmente la intención de voto en los próximos 15 días.

No solo porque individualmente dispondrán de un tiempo acotado (menos de tres minutos) para abordar por domingo cada uno de los cuatro ejes temáticos tan amplios como el arco ideológico que representan, sino porque las rondas de debate propiamente dicho entre ellos para preguntar, responder o rebatir los argumentos de los otros se contarán en segundos (no más de 60 por tema), al igual que para cada conclusión final. A falta de tiempo, ya se sabe que las frases de alto impacto emocional pesan mucho más sobre la audiencia que cualquier programa de gobierno, según indican los manuales de comunicación y marketing político.

Como ya ocurrió en el caso porteño, estos debates se perfilan como una sucesión de breves monólogos políticos, similares a spots de campaña en vivo, solo alterados por réplicas, acusaciones, exageraciones o chicanas cuidadosamente preparadas por sus equipos de coaching. En una demostración práctica del "teorema de Baglini", arriesgarán más con sus definiciones y propuestas quienes tienen menos chances de ganar la elección. A menos que alguno de los candidatos más votados en las PASO se aparte del libreto, recuerde que también el 27 de octubre se elegirá la mitad de la Cámara de Diputados y un tercio del Senado y proponga hipotéticos acuerdos políticos en el Congreso para facilitar la salida de la actual crisis económica.

Por ahora esa posibilidad no está a la vista, ya que cada candidato se arroga la capacidad de resolverla a tono con el hiperpresidencialismo argentino. En este marco, "todos" y "juntos" son apelativos genéricos para camuflar la grieta política, donde predomina el voto en contra (del oficialismo o del kirchnerismo) más que a favor y cada anuncio de una parte provoca escepticismo en la otra.

Desde siempre el economista Juan Carlos de Pablo sostiene que no hay que prestarles demasiada atención a las promesas de los candidatos, sino a las decisiones que adopta cada Presidente cuando debe enfrentar la realidad. La historia le da la razón.

Sin ir más lejos, Carlos Menem (que dejó la silla vacía en el debate con Eduardo Angeloz) no dijo en 1989 una sola palabra sobre la ola privatizadora que llevaría adelante; ni mucho menos sobre la convertibilidad del peso con el dólar que ocho años después endosó con un explosivo endeudamiento externo a su sucesor. Fernando de la Rúa ganó la elección con la promesa de mantener ese 1 a 1 que ya pintaba insostenible, pero no pudo evitar el estallido de la gravísima crisis que lo eyectó de la Casa Rosada, como antesala del bochornoso default de la deuda de fin de 2001.

Néstor Kirchner prometió "traje a rayas" para los evasores, pero no encarceló a ninguno durante su mandato. Un año más tarde su sucesora dispuso un blanqueo sospechosamente a medida de empresarios y testaferros vinculados con el poder K, reeditado en 2013 con otro que tuvo nueve prórrogas. Cristina Kirchner tampoco incluyó en sus dos campañas electorales las generosas moratorias previsionales, la Asignación Universal por Hijo, la estatización de las AFJP y de la imprenta Ciccone, ni la reestatización parcial de YPF, entre otras. Y Mauricio Macri no fue la excepción cuando prometió bajar la inflación a un dígito anual y la pobreza a cero. Cierra ahora su mandato con una suba acumulada de 250% en el IPC, 35% de pobres, tres años con el PBI en retroceso, desempleo superior a 10%, más endeudamiento externo y controles cambiarios, además de haber sumado en 2016 otro blanqueo con la excusa de la Reparación Histórica para jubilados mediante un ingreso extra por única vez.

Con estos antecedentes, la peculiaridad de la actual campaña electoral es que ni Macri ni Alberto Fernández se privaron de modificar sus discursos en las últimas semanas, aunque por motivos muy diferentes.

Las marchas por el "Sí se puede" encabezadas por el Presidente para dotar de una épica a la elección y recuperar votos perdidos, incluyen promesas de crecimiento, empleo y salarios incumplidas en su gestión. Más bien deberían focalizarse en la libertad de expresión, la lucha contra el narcotráfico y la necesidad de fortalecer las instituciones republicanas, cuya debilidad se percibe en los jueces que adaptan las causas por corrupción al calendario electoral.

Por su lado, Alberto F. alterna mensajes moderados con otros que buscan conformar al ala más populista de su heterogéneo frente interno. De ahí su intención de retirar a la Argentina del Grupo de Lima (que condena a la dictadura venezolana), o la aclaración de que cuando habló de una salida "a la uruguaya", no se refería a la renegociación sin quitas de la deuda, sino a otra suba del impuesto a los bienes personales. Para completar el cuadro, el PJ propone aumentar los impuestos inmobiliarios, que es como cazar dentro del zoológico (de contribuyentes) y frenar la vuelta al circuito económico de los miles de millones de dólares "encanutados" por desconfianza.

El plan para Vaca Muerta

Una incógnita que rodea a los debates presidenciales es si Alberto F. anticipará el contenido del régimen especial para blindar las futuras inversiones en Vaca Muerta, con la prioridad de convertir la exportación de petróleo y gas no convencional en una fuente de divisas capaz de superar la recurrente restricción externa que padece la economía. Desde meses antes de las PASO, Guillermo Nielsen viene trabajando en este proyecto de ley que reemplazará a numerosos decretos y resoluciones regulatorias, junto con Raúl Parisi, director de Asuntos Energéticos del CARI y otros especialistas.

Como punto de partida, Parisi propone fijar como precio de referencia el petróleo WTI (West Texas) en línea con la desregulación de 1989/90 y en reemplazo del Brent, aplicado en la liberación del mercado local desde fines de 2017. El argumento es que tras el boom de shale oil en los EE.UU., el WTI (hoy en US$53,5 por barril) cotiza 11% por debajo del Brent (US$60). También sostiene que si aumentan la producción petrolera local y los saldos exportables, el precio sin impuestos de los combustibles debería alinearse con su paridad de exportación, 40% más baja que la de importación.

Según sus cálculos, estos cambios permitirían que los precios de las naftas y del gasoil se reduzcan en 20% cuando venza a mediados de noviembre el congelamiento parcial dispuesto por Macri y que desaceleró el ritmo de inversiones en Vaca Muerta, aunque las tres principales petroleras (que concentran 90% de la oferta) resignarían ingresos equivalentes a US$1450 millones anuales a cambio de estabilidad legal en las reglas. Sin embargo, el régimen va mucho más allá. Según los trascendidos, contemplaría la reducción impositiva y amortización acelerada de nuevas inversiones; importación de equipos sin aranceles y exención de retenciones para la exportación incremental con base 2019, a fin de que los costos de producción converjan con los de la formación Permian, de Texas. También prevé que los dólares de exportación sean depositados en un fondo externo (probablemente en Nueva York), con libre disponibilidad para ser utilizados en inversiones en yacimientos e infraestructura asociada (gasoductos, plantas de licuefacción de gas, etc.) que las independicen de las variaciones del tipo de cambio; o bien como garantía para que empresas de capital local puedan acceder a financiamiento a menor costo. El esquema se completaría con la transformación en contratos de las concesiones en Vaca Muerta, para que las inversiones (y eventuales reclamos) queden protegidas en el marco del Ciadi.

La magnitud de estos cambios explicaría el sorpresivo viaje a Cuba de Miguel Galuccio (extitular de YPF y actual presidente de Vista Oil & Gas, con inversiones en Vaca Muerta), convocado por Cristina Kirchner para conocer su opinión. Algo ciertamente extraño para una candidata a vicepresidenta, salvo que se considere que es su hombre de confianza en temas petroleros y que el PJ acaba de plantear la pesificación de las tarifas de energía, incompatible con precios en dólares del crudo y el gas natural.

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