Demasiadas energías puestas al servicio de lo gestual

Francisco Olivera
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22 de julio de 2012  

Cuatro inspecciones de la AFIP sorprendieron en estos días al mundo del juego. Dos cayeron en los casinos que la firma Boldt tiene en Tandil y en Tigre. Las otras, en la sede de la empresa y entre miembros de la familia del dueño, Antonio Tabanelli. La ironía de este negocio es que ninguno de sus participantes cree en el azar: casi simultáneamente, la compañía recibió en sus oficinas integrales de la Agencia de Recaudación de la Provincia de Buenos Aires (ARBA).

Tabanelli es el hombre a quien Amado Boudou acusó, en aquel Jueves Santo explosivo y revelador, de haberle enviado emisarios con propuestas de sobornos para arreglar el caso Ciccone. No hay dudas de que la defensa del vicepresidente fue exitosa. Incluso ante compañeros que lo ubican ya en la periferia de las preferencias de Cristina Kirchner, él y su entorno han podido minimizar hasta ahora cualquier embestida judicial o política. Sin ir más lejos: Ignacio Danuzzo Iturraspe, el abogado que comparte sociedades con José María Núñez Carmona –amigo y socio de Boudou– y que dio a conocer sus conversaciones por What’s App con el juez Rafecas, estaba el jueves pasado en la Casa Rosada. Sentado en la última fila, aplaudía las palabras de la Presidenta y la puesta en escena de la tregua con Scioli.

Las coincidencias existen, pero en política no son frecuentes. Boldt viene de presentar una impugnación contra la provincia de Buenos Aires. Cuestiona el decreto que aprobó los pliegos de licitación del sistema de apuestas de quiniela online y acusa al Estado de favorecer a Tecno Acción, firma vinculada con el empresario Cristóbal López. Ahora analiza denunciar penalmente a funcionarios de Lotería Nacional.

El problema que tiene la clase dirigente argentina es que ha perdido credibilidad. ¿Cómo saber, en un asunto tan sensible como la pelea contra la evasión y el lavado, si las inspecciones en Boldt son genuinas, después de que la Presidenta reconociera, no en un desliz privado, sino por cadena nacional, que le había pedido al jefe de la AFIP husmear en los movimientos de Toselli horas después de que el dueño de la inmobiliaria hablara de una caída en la actividad?

Del trasfondo de la discusión bulle un planteo grave, aunque nos tenga acostumbrados: un posible divorcio entre las atribuciones y las acciones de cada organismo que contribuye, a veces de manera imperceptible, a un vaciamiento de la política. La sola sospecha de que un ente recaudador pueda operar arbitrariamente es ya una desgracia en sí misma. Pero si se confirma, su función y su existencia pierden sentido.

No es casual que el discurso gubernamental o partidario sea, cada vez más, un rejunte de lugares comunes escindidos del mundo real. La mayor preocupación de los bonaerenses, la inseguridad, es un fracaso para el que nadie se toma ya siquiera el trabajo de fingir una propuesta. La Argentina convivirá probablemente con ese trauma durante años: ¿por qué un ministro o senador que se mueve con custodia las 24 horas no debería definirla como una sensación?

La novedad de los últimos años es que esta preferencia por lo banal se ha extendido al sector privado. Sobran ejemplos. El Grupo de los Seis (G-6), conformado para defender intereses empresariales, abandonó sus almuerzos quincenales y sus reclamos por temor a la irritación que provocaba en la Casa Rosada. El enojo no provenía tanto de los temas planteados como de la exposición que adquirían. Resultado: el G-6 no se reunió nunca este año. ¿Tenía nomás posturas impublicables?

La semana pasada, el dueño de una fábrica se extrañaba ante este diario de que la Asociación de Empresarios de la Argentina no tuviera un jefe de Prensa. "Hoy, es más importante eso que cualquier otra cosa", dijo. Pero AEA tampoco quiere ofuscar al Gobierno. Sus inquietudes emergen, por lo tanto, como murmullos detrás de la puerta. Ocurrió el jueves en el hotel Four Seasons, en una reunión que se volvió catarsis empresarial. Estaban Héctor Magnetto, Paolo Rocca, Luis Pagani, Sebastián Bagó, Cristiano Rattazzi, Alejandro Estrada y Alberto Grimoldi, entre otros, y la preocupación principal fue una posible reforma constitucional que barriera con las instituciones. Se habló de economía. Pagani, por ejemplo, dijo que vislumbraba signos de mejora para el próximo semestre. Rocca acotó que todavía no los percibía. Grimoldi agregó que, incluso con una política fiscal prudente, la inflación podría complicarse por la velocidad de circulación de la moneda: los argentinos, sostuvo, buscan desprenderse de los pesos. Estrada apuntaló esta tesis con un recuerdo: la hiperinflación del principio del gobierno de Menem, con Javier González Fraga en el Banco Central.

El Gobierno y sus propagandistas suelen machacar con lo que juzgan un nuevo paradigma. Por primera vez, afirman, la economía sigue los lineamientos de la política. Algunos empresarios pueden estar de acuerdo en el postulado, pero el 100% de ellos proyecta para los próximos meses lo contrario: una vez más, la economía sostendrá o corroerá el destino y las decisiones gubernamentales.

Cabría preguntarse, de todos modos, si el repunte que algunas corporaciones proyectan para fines de año gracias a la mejora en Brasil y precio de la soja cambiará algo en el Gobierno o en la oposición. ¿O, por el contrario, la reactivación sólo fogoneará las campañas electorales de unos y la desilusión de los otros? ¿Cuántas veces más se anunciarán aquí el Gasoducto del Nordeste, el soterramiento del ferrocarril Sarmiento o los planes de créditos hipotecarios? Después de 10 años de crecimiento asiático, la tasa de préstamos al sector privado sobre el PBI mejoró en el país levemente, para ubicarse en 2011 en 14,9% según la consultora Econviews. Era de 23% antes de 2001, en la década maldita. Brasil llega casi a 45%; Chile, a 72%; Colombia, a 32%; Paraguay, a 31%; Perú, a 26%, y Ecuador, a 20%. Sólo México está peor que la Argentina en la región. El empleo mejoró aquí significativamente en los últimos años, pero la pobreza alcanza el 21,9% según la medición de la UCA. Muy lejos del 16,1% que mostraba el Indec, todavía creíble, en mayo de 1994, la medición más baja de los últimos 25 años.

Son las consecuencias a que podría volver a exponernos una política vacua. Incluso con efectos sobre quienes la ejecutan. Cuando eso ocurre, por ejemplo, los leales aventajan a los buenos. Y cualquier dirigente, del frente que fuere, navegará entonces según los antojos de quienes mandan. Podrían explicarlo las autoridades de la Bolsa, a quienes la Presidenta les acaba de postergar por tercera vez el festejo del aniversario a que fue invitada. Era el 25 de julio y se pasó al 28. Tampoco podrá ser: habrá otra oportunidad el 2 de agosto.

¿No lo acaba de experimentar Gustavo Marconato, celoso asistente a los partidos de fútbol que Néstor Kirchner organizaba en Olivos? Tiempo después de la muerte del líder, Cristina lo convocó un día a la residencia y le pidió que se sumara a Aerolíneas Argentinas. Designado vicepresidente del grupo por decreto, Marconato se reunió entonces con el N° 1, Mariano Recalde, que le transmitió el rechazo que su llegada suscitaba en el plantel. Cumplo órdenes, contestó el ex diputado. No hubo caso. Cinco meses después, cansado del desgaste, presentó la renuncia.

Es lo que ocurre cuando, socavada de su foco, la política siembra las mismas dudas que el juego: si no es discrecional, en el mejor de los casos resulta azarosa.

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