Doce días de negociaciones, idas y venidas marcaron la intimidad de un acuerdo clave

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26 de agosto de 2001  

WASHINGTON.- Era un sábado a la noche en el Departamento del Tesoro, y el edificio antiguo de tres pisos con escaleras de mármol estaba semivacío.

Sólo había gente en el despacho de John Taylor, el encargado de Asuntos Internacionales, que había suspendido un viaje con su mujer a Palo Alto, California, para discutir, una vez más, la crisis argentina con Daniel Marx.

La reunión en la oficina de Taylor, que tiene un escritorio con varias pantallas de computadora en un salón amplio, con una mesa de madera en el centro, se extendió durante más de tres horas, y terminó cerca de las diez de la noche.

A lo largo de los doce días que demandó la negociación con el Fondo Monetario Internacional (FMI), Marx visitó con frecuencia a Taylor en el Departamento del Tesoro, que se conecta con la Casa Blanca con un túnel subterráneo que a veces utiliza el secretario Paul O´ Neill para visitar al presidente George W. Bush.

Los negociadores argentinos también recibieron a funcionarios del equipo de O´ Neill en las oficinas del representante argentino ante el FMI, Guillermo Zocalli, que fueron la base principal para el trabajo de Marx en Washington.

Los Estados Unidos, que siempre tienen un papel decisivo en las grandes decisiones que toma el FMI, tuvieron en el caso de la Argentina un rol muy potenciado por la insistencia del secretario del Tesoro en encontrar una salida no tradicional a la crisis.

Por las demanadas de O´Neill de encontrar una solución centrada en una reestructuración de la deuda argentina se había suspendido un anuncio que el FMI tenía previsto hacer el viernes 17 de agosto, sobre un acuerdo que sólo contemplaba nuevos fondos para fortalecer las reservas.

Desde ese momento, y hasta el último martes a las nueve y media de la noche, cuando Marx bajó con cara de agotado al lobby del FMI para anunciar que había cerrado el nuevo acuerdo, los negociadores argentinos pasaron por sus días más agónicos.

La reunión del sábado a la noche en el Tesoro fue una instancia clave para negociar el paquete que al final se impuso, una mezcla de US$ 5000 millones para las reservas y otros US$ 3000 millones para incentivar una reestructuración voluntaria de la deuda pública.

Mientras Marx intercambiaba papeles y números con Taylor, el ministro Domingo Cavallo intentaba ablandar, con llamadas telefónicas, a O´Neill.

El embajador Guillermo González seguía las directivas del canciller Adalberto Rodríguez Giavarini fatigando a los funcionarios políticos de la administración Bush para pedir comprensión y una solución rápida, con la intervención del presidente, que pasa un mes de vacaciones en su rancho de Crawford, Texas.

Marx y otros funcionarios del equipo económico habían aterrizado en esta capital el viernes 10 de agosto, tan confiados en que alcanzarían un par de días para cerrar un acuerdo que trajeron poca ropa y una reserva de pasajes para volver al día siguiente a Buenos Aires.

Sólo retornaron dos días después el asesor externo de Economía, Horacio Liendo, y el jefe de asesores, Guillermo Mondino, quienes luego volvieron a esta capital en el fin de semana del "cierre" de las negociaciones.

Estada forzada

Pero, en cambio, a medida que la situación se complicaba, el viceministro Daniel Marx extendía su estada en un hotel ubicado dentro del complejo Watergate, que saltó a la fama primero como la escena del crimen de espionaje político que le costó la presidencia a Richard Nixon y más tarde por haber sido el lugar de residencia de la becaria más famosa, Monica Lewinsky, durante su affaire con el presidente Bill Clinton.

La negociación se alargó tanto que Marx tuvo que faltar al casamiento de su hermano.

Uno de los factores que produjeron demoras imprevistas fue la pelea que estalló entre O´Neill y la cúpula del FMI, a cargo de Horst Koehler, por la resistencia del organismo a organizar como parte del paquete para la Argentina un programa de reestructuración de la deuda.

Dentro del FMI, el principal interlocutor de Marx fue Stanley Fischer, que pasa sus últimos días como número dos del organismo.

Complicado reemplazo

Fischer, que fue el hacedor de los grandes paquetes de ayuda criticados por O´Neill, se retirará a fines de septiembre y tomará su lugar Anne Krueger, una economista más identificada con la administración Bush.

Krueger también participó de las principales reuniones que precedieron el anuncio sobre el acuerdo entre el FMI y la Argentina, pero Fischer pasó largas noches con Marx en la sede del FMI, que está enfrentada con la del Banco Mundial y a pocas cuadras de la Casa Blanca.

Koehler y el directorio del FMI estaban en el medio de un receso de dos semanas cuando Cavallo decidió mandar a su equipo para apurar los tiempos.

El chofer de la embajada argentina en Washington también estaba de vacaciones.

Marx, siempre acompañado por Noemí Lagrecca, la representante financiera de la Argentina en esta capital, se movió la mayor parte del tiempo en taxi o caminando, porque no era mucha la distancia para recorrer en esta ciudad, que en agosto tiene muchos más turistas que funcionarios.

El primer debate sobre el caso argentino se produjo cuando el directorio regresó de vacaciones y se encontró con que habían sido convocados con un mensaje de correo electrónico por Koehler a una reunión bastante reservada.

Para evitar filtraciones, fue invitado sólo un representante por cada una de las 24 sillas.

Por lo tanto, sólo ingresaron los directores titulares y quedaron afuera los alternos.

Los directores, según contó uno de ellos a LA NACION, se sorprendieron al descubrir que el equipo técnico les presentaba un menú de opciones, que no estuvo acompañado por una recomendación, como suele ser la norma.

El tironeo entre el FMI y los Estados Unidos hizo aún más difícil el consenso, y después de tres horas de debate, Koehler resolvió pasar a un cuarto intermedio hasta el día siguiente para abrir un período de consultas con el grupo de los siete países más industrializados.

Por teléfono

De regreso a su oficina, Zocalli informó a Marx sobre el resultado de la reunión, y el viceministro llamó a la residencia de Olivos para entregarle un parte al presidente Fernando de la Rúa, que lo escuchó con Cavallo y el jefe de Gabinete, Chrystian Colombo.

La delegación argentina era bastante optimista, pero quiso guardar la cautela.

Por ello Marx salió por el estacionamiento para evitar al grupo de periodistas que todas las noches lo esperaba en el lobby, en los únicos sillones que son accesibles al público.

El FMI no acredita prensa de manera permanente, precisamente para evitar que los acreditados tengan libre circulación dentro del edificio.

Al día siguiente, Koehler produjo muchos nervios entre los miembros de la delegación de argentinos, porque se demoró hasta las 16 en convocar otra vez a la reunión de directorio.

Al final, fue el primero en insinuar la noticia en un marco más que informal.

Pasadas las nueve de la noche, cuando ya la reunión de directorio parecía interminable, salió de la sala para ir a un baño que se encuentra en la planta baja del edificio.

Fue en ese trayecto cuando escuchó los gritos de los periodistas, ansiosos por la falta de novedades.

Entonces se detuvo y anticipó que había novedades en camino.

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