Dólar y salarios en el subibaja: un histórico conflicto de la Argentina

Fuente: Archivo
Con cada aumento del tipo de cambio real en las últimas décadas, cayó la participación del ingreso de los trabajadores en el PBI; cuáles son las causas de una situación recurrente y las posibles salidas
Silvia Stang
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8 de septiembre de 2019  

Por un camino imaginario que va de las casas de cambio a las casas de familia, la devaluación lleva consecuencias negativas en forma bastante ágil a los hogares. Es una dinámica nada novedosa: desde hace décadas, las subas del tipo de cambio real van acompañadas de un deterioro de la participación del ingreso de los asalariados en el producto bruto. Por el contrario, en los períodos de dólar más bajo, con un valor muchas veces considerado retrasado, el ingreso de los trabajadores ganó peso. A esas conclusiones se llega a partir de los datos elaborados por el economista Martín Rapetti, director de la maestría en Economía de la UBA. La secuencia histórica da cuenta de un conflicto estructural de la Argentina, que requiere de soluciones de fondo más allá de las medidas que puedan actuar sobre la situación actual.

En el subibaja descripto entran en juego dos factores. Uno es el tipo de cambio real: como en el estudio mencionado ese indicador está referido al dólar, se trata de un valor que surge de tomar un conjunto de bienes y servicios y comparar su precio en Estados Unidos con su precio local. Entonces, cuantos más pesos cueste comprar aquí un dólar, más alto estará el tipo de cambio real, porque será más cara la canasta de bienes de afuera. Esa situación lleva a que el país gane competitividad, un factor que ayuda a las exportaciones.

La otra variable citada, que avanza o decrece según baje o suba el tipo de cambio, es la participación de los salarios en el PBI, tal como puede verse -para el caso de algunos años seleccionados- en el gráfico que acompaña a esta nota. El dato surge de la llamada "distribución funcional del ingreso", un indicador que, según define el economista Javier Lindenboim, muestra en qué medida los componentes de la producción, capital y trabajo, se apropian de la riqueza generada en el país. El director del Centro de Estudios sobre Producción, Empleo y Desarrollo de la UBA considera que una situación ideal sería una en la cual la masa salarial garantice un nivel de vida digno para la población, a la vez que la ganancia empresaria resulte tal que, con inversiones, se pueda ampliar y mejorar la capacidad productiva.

Esos conceptos presentan sus "peros" en la vida real. El nivel de vida aceptable para una población es algo en algún punto subjetivo, aunque bien podría identificarse (para el caso de los bienes materiales), como el hecho de recibir un ingreso suficiente para no ser pobre (aun admitiendo esa definición, se puede estar de acuerdo o no con el concepto de pobreza que se considera en un país y en un momento dados). En cuanto al factor del capital, Lindenboim advierte que, en la práctica y en amplios períodos, los excedentes no se tradujeron en un aumento de la tasa de inversión que permitiera llevar a un crecimiento y sostenerlo.

De la serie estadística elaborada por Rapetti surge que hacia 1945 comenzó a avanzar la participación de los salarios, a la par de una caída del tipo de cambio real. En 1954 la porción de los ingresos sobre el PBI rozó el 50% y eso se repitió en 1974, replicando casi el fifty fifty al que se refirió el entonces presidente, Juan Domingo Perón. Esos niveles no fueron sostenibles y, así, se fueron alternando períodos con una más o menos alta participación de los salarios con otros en los que, a fuerza de los problemas en la economía, en la política y los niveles de confianza y en las cuentas fiscales y externas, el tipo de cambio real subió, dejando nuevamente pérdidas en los salarios, que tardaban en recuperarse.

Los números permiten identificar los momentos de fuertes devaluaciones: en los años con esos eventos o en los siguientes hubo bajos índices de la participación de los ingresos. En 1959 esa variable cayó a 36,8%, desde el 43,4% en 1958. Entre 1975 y 1976 pasó de 48,2% a 30,9%. Y entre 2001 y 2003 bajó de 40,0% a 29,3%. En 2014, 2016 y 2018 hubo caídas del porcentaje, aunque menos pronunciadas que las antes citadas. Para 2018 el índice se estimó en 41,2%. También hubo etapas, como la segunda mitad de los 90, en las que con un tipo de cambio real bajo, la caída del empleo explicó en gran medida la pérdida de protagonismo de los salarios.

El conflicto es estructural y tiene que ver, según los economistas, con el rasgo argentino de "pensar en dólares". Entre sus derivaciones, eso lleva a que el pase a precios de una devaluación sea intenso, por encima muchas veces de lo que se justifica por costos. Entonces, hay alta inflación que, además de hacer perder poder adquisitivo, se va llevando las ventajas ganadas para la competitividad. Además, el factor histórico y cultural lleva a que, ante la inestabilidad, crezca la demanda de divisas, profundizando la devaluación.

"En otros países de la región el salario en dólares puede variar sin que se afecte el poder de compra", dice el economista Daniel Heymann, investigador y docente en la UBA, quien señala que en nuestro país se da también una dinámica histórica de "espejo" en la relación entre el tipo de cambio real y el salario real promedio. Heymann afirma que la relación de los argentinos con el dólar "no es un fenómeno natural que no pueda cambiarse". Coincide Rapetti, quien agrega que un cambio llevaría mucho tiempo y debería incluir políticas para mejorar la productividad de la economía y las exportaciones.

"Hoy miramos el hora a hora y se necesita poder planificar a mediano plazo, pero cuando se disipe el escenario, al tipo de cambio más alto va a haber más oportunidades", analiza Heymann, respecto de los sectores exportadores. A la vez, advierte que son y serán necesarias más medidas de carácter social. La distribución funcional del ingreso toma en cuenta los salarios (los empleados dependientes son el 75% de los ocupados), pero entre los cuentapropistas, donde lo informal le gana a lo formal, los efectos de la recesión y la inflación son más fuertes. Y cada devaluación es un golpe más.

Fuente: LA NACION

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