El amor logra que la mente busque y encuentre soluciones

Juan Carlos de Pablo
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24 de noviembre de 2013  

La historia registra varios casos de personas que, tras recibir entrenamiento como médicos, hicieron aportes al análisis económico. El más famoso es el de François Quesnay, pero también cabe mencionar a Daniel Bernoulli, Clement Juglar, John Locke, Bernard Mandeville y William Petty. En las últimas décadas, algunos economistas se dedicaron a estudiar la economía de la salud, como Víctor Robert Fuchs y Philip Anthony Musgrove (este último falleció en un accidente, en las cataratas del Iguazú).

Al respecto conversé con el economista italiano Augusto Daniel Odone (1933-2013), porque protagonizó el caso inverso. Abandonó su carrera en el Banco Mundial, para luchar por la salud de Lorenzo, uno de sus hijos, y consiguió prolongarle la vida más de dos décadas por encima de lo que, sobre la base de la experiencia, le habían pronosticado los médicos. El caso inspiró una película, titulada Un milagro para Lorenzo, que en 1992 protagonizaron Susan Sarandon y Nick Nolte.

-¿Qué problema de salud tuvo su hijo?

-Lorenzo nació en 1978. Cuando tenía 5 años le diagnosticaron adrenoleucodistrofia [ALD], una enfermedad genética. Entonces, los médicos no le dieron más de 2 años de vida.

-¿Usted qué hizo ?

-No me iba a quedar cruzado de brazos. Dejé de trabajar en el Banco Mundial y me puse a estudiar medicina y bioquímica, para ver cómo podía ayudarlo.

-¿Cursó esas carreras como un alumno más?

-No. Porque como había recibido entrenamiento como economista, sabía aprender. Esto siempre ocurre. Quien completa una carrera universitaria aprende dos cosas: un campo de estudio [derecho, medicina, arquitectura, etcétera], pero también aprende a aprender. Por consiguiente, un graduado universitario puede "cursar otra carrera" en un par de años, no necesita cuatro. Esto explica por qué avancé rápidamente.

-¿Sólo eso?

-No, porque además -dada mi motivación- focalicé mi energía en diagnosticar correctamente y ver qué se podía hacer, respecto de dolencias específicas.

-En concreto...

-Le presté particular atención a la conexión que existía entre los ácidos grasos en la sangre y el daño en el cerebro. Organicé una conferencia, en la que me enteré de que a los animales a los que les habían administrado aceite de oliva habían reducido sus niveles de ácidos grasos en la sangre.

-Y entonces inventó el denominado "aceite de Lorenzo".

-Sí, pero no lo hice en soledad. Me prestó particular ayuda Don Suddaby, un científico británico. En 1989, con mi esposa Micaela, fundamos el Proyecto Myelin, para impulsar las investigaciones.

-¿Cuál fue el resultado?

-Aunque con grandes dificultades, gracias al aceite Lorenzo no falleció a los 7 años, como habían pronosticado los médicos, sino a los 30.

-¿Qué enseñanzas surgen de esta historia?

-La primera, que la desesperación focaliza la atención. No comparto la afirmación de que los laboratorios deliberadamente no comercializan productos medicinales cuyas propiedades curativas ya se conocen, porque persiguen propósitos inconfesables. Pero Lorenzo no podía esperar que a alguien se le ocurriera algo, por lo cual yo, como padre, le presté particular atención. Es sabido que la cirugía tiene un fuerte componente ingenieril, por eso existen varios casos de ingenieros que, a raíz del desafío planteado por familiares con distintos tipos de problemas de salud, colaboraron con cirujanos en el diseño de instrumental. No conozco los detalles, pero parece claro que el marcapasos no es sólo producto de los médicos.

-¿Está usted diciendo que los padres de los enfermos serán los futuros creadores de remedios?

-No exageremos. Por empezar, porque como dije, al aceite de Lorenzo no llegué sólo, sino con ayuda técnica. Además, como economista, estaba entrenado para analizar los hechos, plantear el problema, explicarlo causalmente y sugerir vías de solución. Sería una tontería que me definiera como médico o bioquímico, pero mi caso mostró que, frente a un caso concreto, los aportes pueden provenir de varias fuentes.

- Don Augusto, muchas gracias .

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