El euro cumple 20 años y enfrenta grandes desafíos

En el período hubo varios errores de tecnócratas; qué crisis se atravesaron y cuáles son las tareas por hacer para reparar la moneda
En enero de 1999, miles de personas se reunieron en un parque de Frankfurt, alrededor del signo del euro
En enero de 1999, miles de personas se reunieron en un parque de Frankfurt, alrededor del signo del euro Fuente: AP
En el período hubo varios errores de tecnócratas; qué crisis se atravesaron y cuáles son las tareas por hacer para reparar la moneda
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20 de enero de 2019  

LONDRES (The Economist).- El nacimiento del euro, el 1º de enero de 1999, fue al mismo tiempo unificador y divisivo. Unió a los líderes de Europa que saludaron una nueva era de mayor integración, comercio facilitado y crecimiento más acelerado, creyendo que estaban creando una divisa que rivalizaría con el dólar.

Pero el euro dividió a los economistas, algunos de los cuales alertaron respecto de que atar las diversas economías europeas a una política monetaria única era un acto de locura histórica. Prefirieron una comparación con los mercados emergentes, cuya dependencia de bancos centrales prohíja frecuentes crisis. Milton Friedman predijo que una caída de la economía global podría dividir la nueva divisa.

Durante años, la crisis de deuda soberana que dominó a Europa luego de 2010 pareció acercarse a cumplir la predicción de Friedman. Pero el euro no colapsó. Siguió adelante a los tropezones, a menudo gracias a soluciones de último minuto de líderes que, aunque profundamente divididos, mostraron una firme decisión de salvar la moneda única. El apoyo público por el proyecto sigue siendo fuerte. Más de tres de cada cinco residentes de la euro-zona dicen que la divisa única es buena para su país. Y tres de cada cuatro consideran que es buena para la Unión Europea.

Pero ese apoyo, sin embargo, no refleja el éxito económico o de la política. Los países de la euro-zona nunca dieron la impresión de pertenecer a una unión monetaria, privados de políticas monetarias independientes y la capacidad de devaluar sus tipos de cambio. Los niveles de vida de Italia, de hecho, son apenas más altos que en 1999.

España e Irlanda han disfrutado recientemente de un buen nivel de crecimiento, luego de reformas estructurales laudables. Pero sus ajustes han sido largos y duros y siguen siendo incompletos. En España, la tasa de desempleo de la población joven es de 35%. El incremento de los salarios es lento en casi todas partes. La historia del euro está atestada de errores de tecnócratas. El peor fue no reconocer rápidamente en 2010 que las deudas de Grecia eran impagables y que los tenedores de bonos tendrían que soportar pérdidas. Grecia ha sufrido una depresión prolongada y su economía es casi un cuarto más pequeña que hace una década.

El Banco Central Europeo (BCE) tiene una historia ignominiosa de fijar una política monetaria que es demasiado restrictiva para la zona del euro de conjunto. Tardó en reaccionar ante la caída financiera de 2008, porque se la vio arrogantemente como un problema estadounidense. En 2011 ayudó a hundir a Europa nuevamente en la recesión, al elevar las tasas de interés demasiado pronto.

El mejor momento del BCE -la promesa de Mario Draghi en 2012 de "hacer lo que haga falta" para salvar al euro- fue un acto improvisado. Los líderes estarán comprometidos con el euro, pero no logran ponerse de acuerdo en cómo arreglarlo. La crisis expuso la profundidad de la división entre países acreedores y deudores: los votantes del norte simplemente no quieren pagar por la irresponsabilidad de otros.

El estancamiento económico ayudó a llegar al poder a populistas en Grecia e Italia. Debido a que la reforma ha sido lenta, la crisis podría reavivarse. Si fuera así, Europa tendrá que soportarla en un ambiente político mucho más dividido que en 2010. Técnicamente, el camino a un euro estable está claro. El primer paso es asegurar que los bancos y los tesoros tengan menos posibilidades de arrastrarse unos a otros hacia abajo en una crisis.

Los bancos europeos son parroquiales y prefieren tener la deuda soberana de sus propios países. Por el contrario, se los debería alentar a tener un nuevo activo seguro, compuesto de la deuda de muchos estados miembros. De otro modo, cuando un país tiene problemas con su deuda, sus bancos enfrentan una crisis simultánea, perjudicando a la economía.

De modo similar, los tesoros deben protegerse de las crisis bancarias. Ya se está fortaleciendo un fondo central para recapitalizar bancos en problemas, pero también debería compartirse el seguro de depósitos. Esto se ha acordado en principio, pero los países no tienen acuerdo sobre la velocidad de la transición. Otras reformas necesarias son aún más contenciosas.

Si las diversas economías de la zona del euro han de absorber shocks económicos locales, como burbujas inmobiliarias que estallan, necesitan reemplazar con algo su independencia monetaria perdida.

Si los países fueran ahorrativos en las alzas siguiendo la normativa de la UE, tendrían más margen para estímulos fiscales en las bajas. Pero ese consejo no les sirve a países como Italia, que están acorralados por deudas acumuladas a lo largo de décadas. No se puede esperar que los residentes de Estados endeudados soporten el estancamiento perpetuo. En cambio, la zona del euro debería tener una política fiscal contracíclica centralizada, como lo ha reclamado Emmanuel Macron, presidente de Francia.

Esto no significa permitir que los países dejen de implementar reformas; tampoco debería significar pagarles a sus acreedores por ellos. Pero puede incluir inversiones orientadas, por ejemplo, o un seguro de desempleo compartido, para proteger contra caídas profundas de la actividad económica.

El objetivo debe ser evitar una repetición de las contracciones fiscales que se dieron después de la última crisis y que agravaron las cosas. Este grado de riesgo compartido puede exigir más transferencias de lo que pueden soportar los votantes del norte.

Pero, sin ello, los próximos 20 años del euro serán poco mejores que los últimos 20. Y cuando venga la crisis, los líderes de Europa pueden encontrar que la voluntad política, por sustancial que fue la última vez, no es suficiente.

Traducción de Gabriel Zadunaisky

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