El imperio de la discrecionalidad

Martín Redrado
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18 de marzo de 2012  

El concepto de "sintonía fina" es sólo un eufemismo discursivo. Es sabido que este gobierno no es proclive a asumir algunos errores como propios (y menos, los costos asociados); por lo cual está encarando los dilemas que se presentan de manera desordenada y, sobre todo, discrecional. En los últimos meses, se adueñó de los dólares comerciales del sector privado, afectó las decisiones de ahorro de las familias y se entrometió en la operatividad diaria de las empresas con múltiples restricciones. Como corolario, incrementó su dependencia de los recursos de la autoridad monetaria, profundizando una tendencia iniciada en 2010: la de utilizar al Banco Central como ventanilla para financiar todos sus deseos.

Este esquema de crecimiento orientado a expandir el mercado interno necesita de un tipo de cambio competitivo y de superávits fiscal y externo. Los tres se han esfumado. Sin estos resortes, la estrategia expansiva encuentra su limitación. Por eso se buscan cajas adicionales en dólares y en pesos. Estos atajos no son gratis, traen inflación. El último ejemplo es el BCRA, que va a terminar aportando los dólares y pesos que sean necesarios, a costa de un balance debilitado, donde la exposición al sector público representa la mitad del activo y su peso en términos de las reservas se triplicó (de un 40% promedio entre 2005/2009, a 130% en 2012). Asimismo, el BCRA estaría transfiriendo este año al Tesoro recursos por 4,5% del PBI ($ 110.000 millones) si sumamos la asistencia vía reservas y la ampliación del margen para otorgar adelantos transitorios (sin tener en cuenta lo que se haga con el Club de París).

Cuando a mediados de 2005 quedaba claro que la Argentina no podía tener un programa con el FMI, Néstor Kirchner nos pidió alternativas. En consulta con Alberto Fernández y Roberto Lavagna, el equipo del Central elaboró una pieza legislativa, que no generaba ningún aumento en la impresión de billetes. El texto establecía no sólo que las reservas excedentes eran aquellas que estuvieran por encima de todo el dinero circulante, sino que, además, se utilizaba al sólo efecto de cancelar deuda en dólares con los organismos financieros internacionales (FMI, el BID, el BM). Más aún, para no dejar ninguna grieta, establecimos que el pago debía tener "efecto monetario neutro", es decir, no generar emisión de dinero. A Kirchner le gustó la idea de poner límites y por eso cuando en Brasil Lula decidió pagarle al FMI, tres horas después me llamó, y me dijo: "Venite con los papeles que escribiste".

Esta concepción es la que se abandona en la actualidad, la ausencia de toda regla. El nivel óptimo de reservas debe tener relación con algún parámetro definido. Si no es respecto de la base monetaria, que lo sea sobre otra variable, pero debe poder ser cuantificable, objetivo, no una prerrogativa hacia un grupo de personas y sujetas a ningún tipo de control. Lo que se pretende modificar es una Carta Orgánica que permitió durante 2003-2010 contribuir al crecimiento del país, pero que estaba sujeta por ley a ciertas limitaciones, incorporadas atendiendo a la historia argentina y sus procesos hiperinflacionarios. Con esta reforma se consolida el concepto de un BCRA cuya función primordial es financiar al sector público. Esto profundizará un mercado que ya está roto: no hay equilibrio posible entre una oferta y demanda de dinero que no tienen relación alguna entre sí.

Con este enfoque discrecional para lidiar con distorsiones, sólo se logra profundizar uno de los principales problemas de la Argentina: la discrepancia entre las tasas de inflación y devaluación.

Si bien los indicadores reales vienen con rezago, ya hay indicios de desaceleración en el consumo, en industrias como la automotriz y en el sector de la construcción. De este modo, el normal desarrollo productivo no puede permanecer inmune. Las empresas ya cuentan con márgenes de maniobra acotados para atravesar esta coyuntura, sobre todo por la presión en términos de costos y precios finales, en un marco de capacidades instaladas sectoriales a tope. En el corto plazo, esta intervención personalizada sobre las cadenas productivas puede parecer efectiva, pero tenemos antecedentes de que con el tiempo terminaron revelando enormes costos, sobre todo, en términos de insuficiencia inversora. ¿Es posible que un solo hombre conozca la actividad de cada sector en profundidad? En el mercado de la carne y el trigo se registraron descensos en la producción, aumento de precios, caída de exportaciones y pérdida de mercados externos (y de divisas ahora necesarias), y en el energético, estamos importando más (para compensar la caída en la producción de gas y petróleo) y más caro.

Así las cosas, 2012 será un año complejo para los sectores productivos, donde las decisiones de inversión serán tomadas en función de un objetivo oficial (no siempre claro), y no de una decisión estratégica empresaria. No se puede obligar a invertir eternamente. Para hacerlo sostenible en el tiempo, hay que brindar incentivos adecuados al sector privado y eso requiere de un horizonte, mayor estabilidad en las reglas. Muy a mi pesar, el creciente grado de discrecionalidad al que estamos siendo sometidos genera como respuesta una enorme desconfianza a nivel interno y externo. Resulta paradójico que estemos atravesando por una situación de estas características, cuando la coyuntura mundial nos ofrece condiciones ventajosas como hace tiempo no lo hacía y la potencialidad del país en el mediano plazo sigue intacta.

Al optar por "morenizar" la economía, en contraposición a generar un programa integral que ponga el acento en la inversión y la inserción productiva en el mundo, las consecuencias se verán más temprano que tarde. En tanto permanezca la miopía de gobernar concentrado sólo en los próximos meses y con la creencia de que el futuro acontece como por arte de magia, nuestro país continuará siendo terreno fértil para la discrecionalidad. El largo plazo se construye todos los días.

El autor es ex presidente del BCRA y socio de MR Servicios Financieros.

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