El pasado solo sirve para no repetir errores

Néstor O. Scibona
Néstor O. Scibona LA NACION
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26 de octubre de 2019  

El dólar otra vez en alza a pura demanda (subió 44% desde las PASO) y su correlato de aumentos preventivos de precios pese a la persistente caída de ventas son una muestra de la incertidumbre política y económica con que la Argentina llega a las elecciones presidenciales de mañana.

No es la primera vez que ocurre. Salvo pocas excepciones, la polarización política hace que cada elección ponga en juego el rumbo del país, se traduzca en recurrentes movimientos pendulares de un extremo a otro y en un retroceso para el conjunto de la sociedad. En definitiva, todos los habitantes están en el mismo barco. Para más datos, Alberto Fernández y Cristina Kirchner cerraron la campaña con la promesa de cambiar el modelo económico, después de que el candidato presidencial afirmara que ambos "somos lo mismo". Y con un cero en autocrítica.

El refugio preelectoral en el dólar pasó a ser una constante en un país sin moneda, donde solo en los últimos 18 meses el peso perdió 61% de su valor. Y quienes no pueden comprar dólares en un país con casi 40% de pobreza buscan refugiarse en el pasado ante la imposibilidad de vislumbrar un futuro mejor.

Las nostalgias del pasado reciente remiten a situaciones excepcionales (y difícilmente repetibles en un mundo tan convulsionado como el actual); o a épocas de alto endeudamiento y dólar barato, que en ambos casos le permitieron a la Argentina vivir solo transitoriamente por encima de sus posibilidades. Sin embargo, hay poco que rescatar de ese pasado, salvo las lecciones para no repetir errores cuyos resultados macroeconómicos fueron un horror.

El kirchnerismo utilizó los precios internacionales récord de las commodities (con la soja por encima de 500 dólares la tonelada) para imponer retenciones y aumentar el gasto público en más de 20 puntos del PBI, como base de su política populista de subsidios a granel, moratorias previsionales masivas y superabundancia de empleo estatal. Fue como ganar la lotería y despilfarrar el premio en consumo más que en inversión productiva. Cuando se cortó la racha, dejó como herencia una presión tributaria récord, además de múltiples déficits (fiscal, comercial, energético, estadístico), cepo cambiario y evaporación de reservas. Meses atrás, el exministro peronista Jorge Remes Lenicov (ejecutor del "trabajo sucio" posterior al estallido de la convertibilidad), calculó que entre 2004 y 2015 se pagaron casi US$700.000 millones más de impuestos que en los años 90. Un monto actualizado equivalente al Plan Marshall lanzado por los EE.UU. para reconstruir Europa tras la Segunda Guerra Mundial.

El macrismo optó por el abundante endeudamiento externo y el gradualismo para reducir los déficits "gemelos" heredados de la era K, con el argumento de apostar al futuro. Pero el fuerte ingreso de capitales especulativos generó atraso cambiario, déficit comercial y récords de turismo al exterior en 2016 y 2017. Cuando se cortó el crédito, debió recurrir al FMI, aplicar en poco más de un año el ajuste evitado en sus dos primeros años de gestión y arriar dos de sus banderas electorales: la reducción de impuestos y nuevas obras de infraestructura. El "cambio" económico quedó en la banquina. A tal punto que el ministro Dante Sica acaba de admitir que el Gobierno debió "hacer kirchnerismo" (aumentar gastos, congelar tarifas, combustibles y subir subsidios) tras su derrota en las PASO.

Como consecuencia de estas políticas pendulares, la Argentina cierra la segunda década de este siglo con un PBI per cápita equivalente al de 2011 (una torta más chica para más habitantes); baja inversión; nula creación de empleo privado; mayor desocupación; inflación en ascenso; mayor pobreza; elevado endeudamiento estatal, y una tasa de riesgo país en niveles de default (superior a 2100 puntos básicos), que impide renovar vencimientos de deuda o acceder al crédito externo a tasas bajas para financiar inversiones.

Con este escenario y sin margen para reeditar aquellas políticas, la tarea de salir de la actual crisis económica, refinanciar la deuda, bajar la inflación, la pobreza y crecer de forma sostenida será un camino cuesta arriba para el próximo gobierno, gane quien gane.

Aun así, los dos candidatos con mayor intención de voto ni delinearon -en los rígidos debates obligatorios- cómo piensan encarar estos problemas. Prevalecieron el voluntarismo y el tono "déjenmelos, que yo puedo resolverlos", como si fuera un Boca-River. Y hasta evitaron hablar del drama de la inflación crónica, que este año -con algo más de 50% anual- ubicará a la Argentina en el podio mundial, detrás de Venezuela y Zimbabwe.

En el último Coloquio de IDEA, tres economistas -Marina Dal Poggetto, Ricardo Arriazu y Rodolfo Santángelo- se ocuparon de sincerar la realidad. Por un lado, coincidieron en la necesidad de un programa integral para estabilizar la economía a corto plazo, incluso con el complemento de un acuerdo de precios y salarios, pero con consistencia entre las políticas fiscal, monetaria y cambiaria, así como extender los plazos de vencimiento de deuda más cercanos. Por otro, advirtieron sobre varios problemas ausentes de los discursos políticos. Santángelo sostuvo que la prioridad debería ser una reforma del sistema previsional, que está quebrado y que no se puede hablar de reforma tributaria sin reducir el gasto público. Arriazu, que empresarios y sindicalistas buscan ubicarse ahora en el mejor momento histórico de precios relativos, pero esas demandas suman tres veces el PBI. Dal Poggetto, que el gasto público indexado a la inflación pasada significará 2 puntos extras de PBI en 2020 y que también se presenta un trípode difícil de resolver con las tarifas, con el rebalanceo de inversiones, subsidios y ajustes; en este caso, con riesgo de reacciones sociales violentas como en Ecuador (y ahora en Chile).

La grieta política adquirió otra dimensión con las marchas del "Sí se puede", que mostraron a una parte de la sociedad defendiendo el sistema republicano, la división de poderes y la continuidad de los juicios contra la corrupción, en contraposición con el pensamiento único y las soluciones mágicas para los problemas económicos. Un acuerdo político básico, con políticas de Estado, podría ser un punto de partida para facilitar la salida de la crisis económica y restablecer la confianza, pero por ahora no está a la vista.

Desde otra óptica, el ensayista Alejandro Katz sostuvo en varios artículos publicados por la nacion (y ampliados en un reportaje con la Revista IDEA) que, a raíz de la polarización política, la Argentina dejó de existir como destino común para todos sus habitantes y en ella conviven dos países de características muy diferentes. Uno (extendido a lo ancho de la franja central del país), más integrado a la economía mundial, con productores agropecuarios e industrias tradicionales competitivas, industrias del conocimiento y proveedores de servicios, democracias más robustas, alternancia política, una amplia sociedad civil, profesionales y prensa independientes. Otro (al norte y al sur), más cerrado sobre sí mismo, con menor nivel educativo promedio, menor productividad, con democracias de muy baja intensidad y sin sociedad civil, porque básicamente el Estado ocupa todo el espacio profesional y de empleabilidad. En ambos crece la pobreza en los conurbanos de las grandes ciudades.

Polarización

A su juicio, esos países no dialogan entre sí. "La Argentina exportadora necesita un dólar alto, que es un salario bajo. La Argentina 'mercadointernista', un salario alto, que es un dólar bajo que impide exportar y generar las divisas necesarias para sostener el consumo interno. Y vemos una alternancia de políticas económicas que benefician a una u otra. Vamos hacia un lado y otro, pero estamos siempre peor, porque con cada crisis generamos más pobreza", afirma.

Para Katz, otra consecuencia de la polarización política es haber generado militantes que se alinean, no cuestionan y hablan con eslóganes, no con argumentos como lo hace el ciudadano y lo exige la democracia. Por eso propone un esfuerzo para recrear la convivencia (o amistad) cívica, "como marco para resolver el conflicto, pero con el otro y no a expensas del otro".

Todos votarán mañana para elegir presidente y la conformación del Congreso nacional; en este caso, con muchos candidatos que no compitieron para acceder a las listas y a los que ni siquiera conocen.

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