El rostro humano de la economía de 2010

Historias de vida diversas en un país que crece 7,5%, con 25% de inflación y 9% de desempleo, según las consultoras
Carlos Manzoni
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26 de diciembre de 2010  

Mónica Cóceres hace un esfuerzo inútil para contener las lágrimas. La Navidad la sorprendió a ella y a su familia en una casa prestada, con poco más que migajas para llevar a la mesa y con la certeza de que esta vez Papá Noel no los visitará. "Los chicos le escribieron su cartita, pero yo les expliqué que él andaba muy ocupado y que esta vez no iba a poder pasar", cuenta, casi en penumbras, en medio de un calor pegajoso.

Marcos Abrigo no puede ocultar su alegría y no le alcanzan las palabras para explicar que éstas serán las últimas Fiestas que él, su mujer y su hijo pasarán en casa de sus padres. El mes que viene se muda al nido propio, que empezó a construir hace tres años, no mucho después de haber conseguido su primer "buen" trabajo en una pujante fábrica de automóviles.

La desocupada de La Matanza, que cobra salteado la Asignación Universal por Hijo, y el joven santafecino, que suelda carrocerías en la planta que General Motors (GM), son dos pinceladas de un mismo cuadro, que refleja cómo les fue a los argentinos en 2010.

En una economía que creció este año a un ritmo de 9%, según el Gobierno, o de 7,5%, de acuerdo con los cálculos de la consultora privada Orlando Ferreres y Asociados, la realidad no es igual para todos. Mientras que la pobreza, que en tiempos de hiperinflación llegó al 42% y en la posdevaluación a 56%, sigue por encima del 30%, el crecimiento industrial es de 11%, respecto de 2009, y el aumento de las exportaciones es de 25%, tanto en volumen como en precios.

Una porción de estas exportaciones se produce en el campo de Carlos Urioste, a la altura del kilómetro 265,5 de la ruta 226, cerca de Azul. En el establecimiento Santa Clara Yuperí, el hombre sigue con una tradición familiar que se transmite por generaciones desde hace 140 años: la agricultura. "Este año va a ser mejor que otros, porque tendremos muy buenos rindes y porque los precios, aunque no alcancen los valores récord de 2007 y 2008, seguirán altos", comenta a La Nacion.

Aunque la sequía aleja el sueño de superar los 54 millones de toneladas de soja en esta cosecha (se calcula que serán 48 millones), quienes viven de la oleaginosa más sembrada en los últimos años no tienen de qué quejarse. Urioste cuenta que el productor maneja márgenes de 30%, con $ 1200 de ganancia por hectárea en zonas intermedias y con rendimientos de 3000 kilos por hectárea (llegan a 4500, en los mejores campos).

"Son buenos tiempos", dice el hombre, mientras desgrana su historia en el campo, que empezó con la soja a gran escala en la década del ochenta. "Antes, se hacía trigo, maíz y un poco de ganadería", recuerda. Hoy administra 2000 hectáreas, entre tierra propia y alquilada, pero todavía sufre cuando habla de la "época brava de los noventa", cuanto 60.000 productores fueron expulsados del sector. "Aguantamos como pudimos, pero con rentabilidades muy bajas", comenta. Y agrega: "El gran cambio se vino en 2002, con la devaluación, donde los precios se multiplicaron por $ 3,50 y los costos se amesetaron. Desde ahí, hemos tenido años buenos y regulares, pero siempre con ganancia".

Ganancia que, como lamenta, sufre el recorte infligido por las retenciones de 37% sobre el grano de soja, que le parecen "un poco altas". Según el analista de granos Gustavo López, en la campaña 2010/11 se exportarán 30 millones de toneladas de soja, que dejarán al fisco US$ 3573 millones (US$ 1168 más que en la campaña anterior).

Parte de estos ingresos alientan un gasto público que en el gobierno de Néstor Kirchner arrancó con US$ 28.000 millones y ahora, con Cristina Kirchner, ya está en US$ 160.000 millones, lo que en términos de PBI significa que se pasó de 28 a 46 por ciento. Entre otros destinos, una porción de esa erogación corresponde al dinero que se deriva a los 3,4 millones de niños y adolescentes beneficiarios de la asignación familiar por hijo. Una asignación que no siempre llega y que no siempre alcanza.

Una displasia pulmonar arrojó a Mónica Cóceres, su esposo y sus seis hijos al hacinamiento en Rafael Castillo. Hace tres años llegó de su Pergamino natal hasta este rincón de La Matanza, en el corazón del conurbano bonaerense, donde, según Agustín Salvia, economista de la Universidad Católica Argentina, un quinto de la población vive en la marginalidad. Ella está desempleada, su marido hace changas y dos de sus hijas mayores "se tuvieron que casar porque no tenían lugar ni comida en la casa".

El calor asfixia en el cuarto de cinco metros por tres que le prestaron para vivir y el olor a fritura impregna todo el lugar. En un rincón, con el torso desnudo y la cabeza gacha, Luis, su esposo, come en silencio una hamburguesa. "A veces nosotros dos tomamos solo mate cocido a la noche, para dejarle algo a los chicos", se lamenta Mónica. Igual, alimentarlos se les hace difícil. "Hay días que no tenemos los $ 8 pesos para el pan, entonces yo hago bocaditos para suplantarlo. Leche y fruta no podemos comprar, son un lujo", acota. Y mira el techo, pensativa.

La inflación la castiga más que a nadie. Mientras el Indec informa que es de 11%, un análisis privado de Econviews estima que llega a 25 por ciento. Pero en los alimentos básicos, los que más consumen las clases de menores ingresos, alcanza el 41 por ciento.

"No vivís, subsistís", afirma la mujer, que debería cobrar $ 180 por cuatro de sus hijos, pero que nunca vio esa suma total ni las cuatro asignaciones juntas. "Un mes cobrás, otro no. Y tenés que hacer cola desde las cuatro de la mañana en Anses para reclamar", se queja. Desde que se instrumentó el beneficio, hace un año, el Estado le destinó a ese fin $ 630 millones por mes. Mientras, Mónica reza para que las changas de Luis no se corten y para que nadie más, aparte de ella, se enferme en su familia.

En tanto, aunque la industria cerrará el año con un nivel de crecimiento de 11%, según Orlando Ferreres, no todos los sectores tendrán el mismo ánimo festivo. El que seguro brindará con gusto será el automotriz, que, con expansiones que promedian un 40% interanual, es la estrella del año industrial. Asociadas a esto, las fábricas metalmecánicas y siderúrgicas también mostraron alto crecimiento (entre 10 y 30%, según la actividad específica y la medición), aunque en su mayoría se trató de la recuperación del terreno perdido luego de 2008.

Manuel Abrigo, se siente parte de ese boom que este año tendrá ventas superiores a los 650.000 vehículos. Cada dos minutos, suelda y deja lista una carrocería del nuevo modelo Agile, de Chevrolet. "Entrar acá hace cinco años me cambió la vida", dice este joven de 31 años, con pinta de futbolista. Y a juzgar por lo que cuenta luego, su frase es literal. En 2005 ya estaba en pareja con Stella, a quien conocía desde los 17 años, y su hijo, Eric, cumplía siete. No tenía trabajo y, de vez en cuando, atendía en una remisería, donde cobraba $ 70 por semana.

"Estaba desesperado, porque no podía darle las cosas básicas a mi hijo. Por ese tiempo me enteré de que GM iba a tomar gente porque los autos andaban bien y empecé a dejar currículum", recuerda. Varias entrevistas después, quedó contratado a prueba y empezó con la capacitación.

Su contrato era por ocho meses, pero al mes de estar en planta, lo llamaron. "Fue acá, en el mismo lugar que estamos ahora", dice, en referencia a las oficinas de GM, dentro mismo del complejo que hoy fabrica 31 autos por hora y tiene una capacidad para 115.000 anuales. Allí le anunciaron que quedaba efectivo, con un sueldo de $ 2500. "Casi me pongo a llorar", recuerda. A partir de ahí, pasó algunos chubascos, como la crisis de las automotrices en Estados Unidos, en 2008, aunque jura que acá no se sintió, y vio como GM pasaba de 1500 a 3500 empleados. También festejó cuando la casa matriz asignó la fabricación del Agile a la filial argentina. "Fue un golazo", grafica.

Empezó armando puertas. Ahora es líder de equipo (por lo que gana 10% más), tiene 12 horas de capacitación anual, ascendió de categoría (a "terminación 2") y gana un básico de $ 4900, que los premios y extras llevan a $ 6000. Hace tres años se compró un terreno en Arroyo Seco y el mes que viene termina su casa propia. "Simple, dos habitaciones, una cocina y un baño. Ah, también le dejé un patiecito verde", describe. Apenas despunte 2011 se despedirá de la casa de sus padres, donde vive con Stella y Eric.

Una sonrisa constante muestra que está feliz. Tan feliz como cuando "se comía la cancha" jugando de "8" en Sol Naciente, el mismo club donde tres años después apareció Ezequiel Lavezzi. El no llegó al Nápoli, de Italia, ni gana millones de euros, como el "Pocho", pero igual siente que le gambeteó a la pobreza y que ya triunfó.

Victoria Baldo, no juega al fútbol, pero se puede decir que le gambetea desde chica al desempleo (que hoy es de 9,6%, según Ecolatina, pero que en los 90 llegó al 25%). "Trabajo desde que tengo memoria", dice esta morocha, de 34 años y ojos seductores. El aumento de 8,7% del consumo en 2010 le da una mano grande. Ella vende indumentaria femenina en Sweet, en los locales de los shopping Alto Palermo y Abasto, y jura que sus ventas crecieron un 20% en términos reales. "Cumplí los objetivos que me propuse hace justo un año: llegué a vender un millón de pesos por mes", relata.

Su vida no fue fácil. Con seis hermanos y un padre siempre enfermo, en José León Suárez, apenas terminó la primaria, empezó a trabajar para una granja. "Se me dormían las manos de tanto cortar pollos congelados", recuerda. Llegó a trabajar en un almacén cerca de una villa y una remisería al mismo tiempo, mientras cursaba el secundario. Aprendió a hacer lo que ama: vender. Descubrió que es lo mismo vender a la gente que tiene justo para comer y trae "la plata echa un bollito en la mano" que a la que entra en el shopping con una tarjeta dorada. "Siempre podés inventar una venta a la medida del cliente", afirma. Y es fácil creerle.

Su padre, Idelfonso, murió hace 11 años. Tres meses después la contrató Sweet, donde hoy es encargada y cobra un porcentaje de las ventas. La firma también creció y, ya con seis locales, pasó de 10 a 24 empleados. Dice que la gente siempre quiere comprar, pero que lo que ayudó desde hace dos años es la aparición de las cuotas y las promociones. "En los días de «promos» se vende 60% más", confía. "Ya se creó toda una cultura con las rebajas y las tarjetas. No las podés cortar porque si la gente no las encuentra, entra y se va".

Esta morocha ahora vive en el Abasto y junta dinero para comprar un departamento. Sabe que en un país donde el crédito del sector privado representa sólo 12% del PBI (vs. 50 o más de otros países de la región), comprar una propiedad con un préstamo es imposible, si no se cuenta "con un fondito en el colchón". Sólo así dejará de ser parte del 15% que alquila, para pasar al 70% que es dueño.

De pronto, sus ojos se ponen más brillantes. Es cuando recuerda de donde salió y hasta donde llegó. "Vivía en una zona donde es más fácil echarse a perder que progresar", analiza. No todos recorren los mismos senderos en un país que crece al 7,5%, pero aún tiene cuatro millones de habitantes en la indigencia y ocho millones en la pobreza.

El día que Juan Lafitte llegó a Praga, en la aún Checoslovaquia, no imaginaba que su visión sería tan acertada y que la Argentina importaría alguna vez 600.000 motos, como ocurre hoy. Estaba allí, hace 20 años, para cerrar un acuerdo de importación de vehículos "checos". Pasó de todo en el medio, pero sigue en el negocio, sólo que hoy importa de China. "En un país donde el medio de transporte es ineficiente y donde muchas personas morirán sin poder tener un auto, la moto es buena opción", reflexiona.

El país importó en 2010 por US$ 69.500 millones, 40% más que en 2009. Las motos, que, como muchos otros bienes, requieren licencia no automática, tuvieron que ver. "Ahora te controlan más que cuando empecé", dice Lafitte. "Y se alienta, con créditos blandos y baja de aranceles, a los que deciden armar acá", agrega. "Yo aún no puedo armar acá, pero confío en que el negocio va a seguir bien", agrega.

600.000

Son las motos que se importaron en 2010, lo que representó un crecimiento del 41% respecto del año anterior.

30%

Es el margen de ganancias que maneja el productor sojero, que obtiene una renta promedio de $ 1200 por hectárea.

40%

Fue lo que creció la industria automotriz este año, sobre todo por la demanda de Brasil.

3,4

Son los millones de niños y adolescentes que reciben la asignación universal por hijo.

60%

Es lo que aumentan las ventas de indumentaria en los días de promociones. El consumo en general subió 8,7% en 2010.

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